
El silencio en el que se había sumido Sara Carbonero desde el pasado 13 de abril no era una ausencia de palabras, sino el tiempo necesario para encontrar las más difíciles de su vida. Tras dar el último adiós a su madre, Goyi Arévalo, en la intimidad de su localidad natal, Corral de Almaguer (Toledo), la periodista ha reaparecido en la esfera pública para compartir un homenaje que ha conmovido a propios y extraños. No es una publicación más; es una carta abierta donde el dolor y la honestidad se entrelazan para retratar el vacío abismal que deja una madre.
“Cuánto te echo de menos, cómo duele, mamá”, comienza escribiendo la exparja de Iker Casillas en un texto que ella misma define como “las palabras más difíciles” que ha tenido que redactar nunca. Acompañada de un carrusel de imágenes que recorren desde su propia infancia hasta estampas de Goyi en su papel de abuela entregada, la comunicadora se ha mostrado especialmente vulnerable al hablar de la ausencia de su progenitora.
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Para la que fuera presentadora de televisión, escribir ha sido siempre su refugio, pero esta vez el motor de su pluma es el recuerdo de quien más la alentaba a hacerlo. “Lo hago por ti, porque siempre me decías que escribiese más, que te encantaba leerme”, confiesa, dejando entrever que su carrera y su pasión por las letras siempre estuvieron bajo el ala protectora y orgullosa de su madre. Ese vínculo, lejos de enfriarse con la distancia o los años, se mantenía vivo en una cotidianidad que ahora se ha quebrado de forma abrupta.
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El vacío de Sara Carbonero tras la pérdida de su madre: “Como si el mundo se hubiese parado”
La rutina de las llamadas matinales es, quizás, lo que más pesa en el día a día de la comunicadora. “Aún no puedo creer que no vaya a sonar el teléfono cada mañana”, reconoce con una nostalgia punzante. Para Sara, la pérdida no es solo un evento pasado, sino una realidad que se choca contra el presente cada vez que intenta buscar un consejo o un refugio que ya no están. “Tampoco podré buscar refugio en ti ni escuchar tus consejos, esos que siempre me salvaban”, añade, retratando a Goyi no solo como madre, sino como la brújula moral que guiaba sus pasos en los momentos de tempestad.

Uno de los pasajes más desgarradores de la carta es aquel en el que la periodista describe la desconexión que siente con el mundo exterior. Mientras el resto de la humanidad sigue su curso, para ella el tiempo se ha congelado en aquel fatídico mes de abril. “Lo que peor llevo es que la vida siga como si nada, porque para mí es como si el mundo se hubiese parado”, escribe con una honestidad que ha resonado profundamente en quienes han atravesado pérdidas similares.
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Carbonero no maquilla el sufrimiento. “Como si me hubiesen quitado una parte del cuerpo”. Es la descripción de una amputación emocional. Sin embargo, en medio de ese retrato del dolor, emerge la figura de Goyi Arévalo como una mujer excepcional. Sara la describe como alguien “buena, generosa, dulce, valiente y discreta”, una persona que “nunca tuvo una mala palabra hacia nadie” y que vivió con la discreción por bandera pese a la fama de su hija mayor.

El funeral en Corral de Almaguer fue la prueba definitiva del impacto que Goyi dejó en su entorno. “No sabes lo que te quería la gente”, le dedica Sara, recordando cómo la iglesia se llenó de vecinos y amigos que quisieron arropar a la familia. Para la periodista, ese reconocimiento colectivo es una medalla de honor: “Qué orgullo tan grande ser tu hija”.
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En este complicado momento, Sara se apoya en los pilares que quedan en pie: su hermana Irene y sus hijos. “Somos más piña que nunca”, asegura, destacando que la tragedia las ha unido en un bloque inquebrantable para honrar los valores de unidad que su madre siempre les inculcó. Aunque reconoce que la aceptación es un proceso tortuoso y que sigue pensando que su madre “debería seguir aquí”, ella hace el esfuerzo de levantarse cada día porque sabe que es lo que ella querría.
La carta concluye con una promesa que asegura que el diálogo no ha terminado: “Te escribiré cada día. Dirección el cielo”. Y como broche final, una frase que ya se ha convertido en el lema de esta despedida: “y yo a ti más, mamá”. Es el mismo mensaje que figuraba en la corona de flores del funeral, un código privado entre hermanas y madre que resume una vida de afecto. Porque, como bien ha aprendido Sara en estas difíciles semanas: “tanto amas, tanto duele”.
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