
Cuando vemos un embalse, solemos pensar que sus reservas de agua solo sirven para el riego de los campos o el consumo humano. Pero estas gigantescas infraestructuras son uno de los pilares más importantes del sistema eléctrico español. Durante décadas, han funcionado como un gran “as en la manga” para encender la calefacción y mantener nuestra red a flote en las épocas más frías del año. Pero, con la expansión de las renovables, las reglas del juego energético van a cambiar de manera radical.
Un estudio de Funcas elaborado por investigadores del Instituto de Investigación Tecnológica (IIT) de la Universidad Pontificia Comillas-ICAI revela que la inminente transición energética hacia fuentes de energía limpia obligará a transformar por completo la forma en que gestionamos nuestros pantanos. En un futuro no muy lejano, el agua deberá guardarse cuidadosamente durante el invierno para ser utilizada en primavera y verano para acompañar a otras fuentes de energía como la solar.
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El auge renovable redefine el papel de las reservas hidroeléctricas
Históricamente, la gestión de las reservas hidroeléctricas en nuestro país estaba diseñada casi a medida para producir energía durante los meses de mayor demanda eléctrica, que tradicionalmente coincidían con el invierno. En los meses de más frío y pocas horas de luz, la necesidad de electricidad se disparaba y, en consecuencia, los precios en el mercado mayorista eran más altos. La estrategia consistía en que los pantanos abrían sus compuertas para turbinar agua (generar energía a partir de agua) cuando más falta hacía y cuando más rentable resultaba.
Pero el rapidísimo crecimiento de las energías renovables —especialmente la solar y la eólica, que según las previsiones del Gobierno llegarán a suponer casi el 80% de toda nuestra electricidad para 2030— ha hecho que cambien las dinámicas. Esta irrupción masiva ha provocado que la demanda neta de energía (lo que falta por cubrir cuando no hace sol ni viento) ya no siga los mismos patrones que en las últimas décadas. Así, el estudio explica que este aumento de energía renovable modificará drásticamente la operativa de las reservas hidráulicas, desplazando el uso del agua de los embalses hacia los meses estivales.
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¿Por qué se produce este cambio? La respuesta está en el cielo. La energía hidráulica tiene ahora una mayor utilidad para acomodar y complementar la enorme producción fotovoltaica de España. Durante un día de verano, el sol produce enormes cantidades de electricidad barata, cubriendo el grueso del consumo. Pero cuando llega la noche y los millones de aires acondicionados del país siguen funcionando a pleno rendimiento, el sistema necesita un respaldo potente e inmediato. En ese momento, los pantanos se convertirán en una gigantesca batería natural que entrará en acción para compensar la caída de la energía solar.
De hecho, en España, nuestros embalses tienen una capacidad de rampa (la velocidad a la que pueden aumentar su producción de energía) de 2.400 megavatios (MW) por cada hora, según datos del análisis de Funcas. Es decir, que en cuestión de minutos, pueden inyectar una cantidad masiva de energía a la red. En total, el sistema eléctrico español cuenta con 14.788 MW de capacidad hidráulica regulable (embalses tradicionales y bombeo mixto) y otros 3.649 MW de bombeo puro.
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El sobrecoste en la factura si no nos adaptamos
Además, adaptar los embalses a este nuevo ritmo también es una obligación económica para evitar que los costes del sistema se disparen. Los autores de la investigación han analizado qué pasaría si mantuviéramos una gestión “inflexible” de la hidroeléctrica, es decir, si siguiéramos usando el agua con el patrón tradicional de invierno.
Esta falta de flexibilidad penalizaría económicamente al país, obligando a aumentar las necesidades de instalación de grandes baterías al menos en un 10%. Exprimir al máximo la flexibilidad de la demanda y de nuestras centrales hidráulicas es clave, ya que reduce en gran medida la necesidad de acometer nuevas (y altísimas) inversiones en infraestructuras de almacenamiento, lo que a la larga repercutiría en lo que todos pagamos por la luz.
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¿Y qué pasa con el cambio climático?
Sin embargo, esta silenciosa revolución se enfrenta a un enemigo que todos tenemos en común: el cambio climático. Pedirle a nuestros embalses que funcionen como baterías choca con la realidad de que cada vez llueve menos en la península ibérica. El informe también advierte que para el año 2050 se espera una preocupante reducción de las aportaciones de agua en las diferentes cuencas hidrográficas de España, que caerán entre un 4% y un 13%.
Para hacernos una idea del impacto de la sequía, en un año hidrológico extremo, la energía producida por los saltos de agua puede desplomarse desde los casi 30 teravatios hora (TWh) de un año promedio a tan solo 18 TWh. Así, en 2050, la energía disponible en un año hidrológico promedio bajará a 21,5 TWh. Pero, si en ese año sufrimos un año excepcionalmente seco, la producción hidráulica podría desplomarse hasta unos críticos 13,1 TWh. En estas condiciones de extrema sequía, el sistema requeriría mucha más inversión en otro tipo de almacenamiento para garantizar que no haya apagones.
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Por último, el estudio advierte de un escollo puramente legal, ya que, según explica, las reglas económicas actuales no están preparadas para esta nueva realidad. El mercado mayorista de electricidad actual no envía señales de precios a largo plazo que incentiven a las eléctricas a guardar el agua estacionalmente hasta el verano. Es decir, hoy por hoy la regulación vigente no incentiva del todo que las empresas asuman esta flexibilidad de forma rentable. Si queremos que nuestros embalses cumplan con éxito con este nuevo rol de salvavidas veraniego, el sistema eléctrico tendrá que idear pronto nuevos mecanismos que premien la conservación a largo plazo de nuestro recurso más valioso.
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