
Para la filósofa feminista australiana Kate Manne, la gordofobia va mucho más allá de la discriminación y el rechazo hacia las personas gordas y de los prejuicios que asocian la gordura con la pereza o enfermedad. Se trata, según describe en su último libro, Irreductibles. Cómo hacer frente a la gordofobia (Capitán Swing), de una herramienta de control patriarcal orientada a restringir la autonomía de las mujeres, porque “las mantiene sumisas, calladas y dóciles”.
“Muchas veces nos concentramos más en tratar de encoger nuestros cuerpos que en lograr condiciones sociales más justas, equitativas y tolerables para todos. Imagina lo que podríamos conseguir juntas, como feministas, si no viviéramos siempre con hambre y recuperáramos la energía, el tiempo y la atención que dedicamos a intentar ser más delgadas”, reflexiona la autora en entrevista con Infobae. En su libro no solo busca denunciar la opresión, sino que propone una nueva manera de mirar y habitar el cuerpo, donde el valor de cada persona no esté atado a su peso, sobre todo en el caso de las mujeres, para que no cedan ante las presiones de un sistema que busca limitar su presencia y su voz.
Manne, doctora en Filosofía por el Instituto Tecnológico de Massachusetts y profesora asociada en la Universidad de Cornell, analiza cómo la gordofobia genera prejuicios profundos sobre el atractivo, la fortaleza y la inteligencia de las personas, y cómo se relacionan con otros sistemas de opresión. Según la autora, la gordofobia es también responsable de diferencias salariales, malos resultados educativos y negligencias médicas.

La gordofobia se manifiesta de forma clara en la sanidad
En el ámbito de la salud, en concreto, la autora describe situaciones de discriminación que van desde el momento de subirse a la báscula hasta el trato recibido por parte del personal médico y los errores en los diagnósticos.
“A muchos pacientes con un problema grave simplemente se les recomienda perder peso, mientras que su verdadero problema queda sin diagnosticar y sin tratar”, advierte la autora. Para abordar la gordofobia en el sistema sanitario, Manne destaca la importancia de evitar el pesaje rutinario de los pacientes, reservando esta medida solo para casos en los que sea necesario, como la dosificación de ciertos medicamentos, si bien también considera clave que las consultas estén equipadas con “sillas, batas, camillas y material médico adaptado a distintos tamaños corporales”.
Además, subraya la autora, la formación de médicos y personal sanitario en la detección y reducción de prejuicios es esencial para garantizar una atención más justa y respetuosa para todas las personas.

Sueldos más bajos y menos oportunidades educativas
Más allá del ámbito sanitario, la gordofobia también impacta en el bolsillo y en las aulas, traduciéndose en sueldos más bajos y menos oportunidades educativas para quienes la sufren, señala la escritora, que asegura que detrás de esas desigualdades operan mecanismos sociales e institucionales que refuerzan estigmas. “Las personas gordas suelen ser vistas como perezosas, menos inteligentes e irresponsables en comparación con las personas delgadas, lo cual resulta muy injusto”, explica.
En ese sentido, la autora destaca que la genética es la principal causa por la que una persona puede tener un cuerpo más grande, junto con muchos otros factores que no se eligen, como enfermedades, discapacidades, medicamentos, embarazo y la falta de acceso a una dieta rica en alimentos frescos, así como a los medios para hacer ejercicio o dormir lo suficiente. Por ello, “corregir los prejuicios morales e intelectuales asociados a la gordofobia ayudaría a eliminar los sesgos irracionales que llevan a la discriminación en la educación y el empleo”, un problema que afecta de manera especial a las mujeres.
Manne sostiene que, para muchas mujeres, ser vistas como gordas no solo debilita su autoridad, sino que también actúa como una etiqueta que borra otras cualidades. “A menudo, cuando alguien ve a una mujer gorda, deja de notar si es inteligente, amable o interesante; solo ve el cuerpo y deja de escuchar”, señala. Manne reconoce que durante muchos años convivió con la sensación de vulnerabilidad y menosprecio que le generaba su propio peso, hasta que un día decidió dejar de obsesionarse y vivir en paz con su cuerpo, “aprendiendo a ser irreductible”.
En ese proceso, también eligió resignificar la palabra “gorda” desde el activismo, transformándola en una mera descripción física, sin vergüenza ni connotaciones negativas. “Así como decimos ‘baja’ o ‘alta’, ‘gorda’ y ‘delgada’ son solo maneras de existir en un abanico de cuerpos tan natural como valioso”, concluye. Al mismo tiempo, la autora subraya que el cambio individual no basta, sino que es imprescindible avanzar hacia políticas sólidas que enfrenten la raíz estructural y sistémica de la gordofobia.
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