
En el artículo publicado en Psychology Today, el profesional Loren Soeiro analiza los efectos ocultos de complacer a los demás y alerta sobre los riesgos de decir siempre que sí. El texto expone que, aunque la disposición de agradar suele interpretarse como una virtud social, mantener este hábito puede acarrear consecuencias negativas para la salud mental, física y emocional de quien lo practica.
Soeiro parte de la premisa de que la complacencia constante no solo afecta la percepción que los demás tienen de nosotros, sino que puede generar una desconexión con nuestro propio yo auténtico. A través de investigaciones en psicología social y estudios de colegas como Emily Impett y Dana Jack, el autor sostiene que la tendencia a priorizar las necesidades ajenas suele estar motivada por el temor al conflicto o al rechazo, más que por una auténtica generosidad. El artículo remarca que, aunque el objetivo sea proteger las relaciones o la propia identidad, “esforzarse demasiado por complacer a los demás puede convertirse en un patrón contraproducente”.
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El texto de Soeiro subraya que este patrón de comportamiento, lejos de fortalecer los vínculos, puede erosionarlos con el tiempo. Estudios citados en la publicación, como los de Impett et al., muestran que reprimir las propias emociones para evitar discusiones no solo disminuye el bienestar emocional de la persona que busca complacer, sino también el de quienes la rodean. Así, la aparente armonía inicial puede dar paso a resentimiento, frustración y un deterioro en la calidad de las relaciones.
Complacer a los demás perjudica más de lo que pensamos
El primer gran coste de la complacencia crónica es la pérdida de autenticidad. Cuando una persona reprime sus verdaderos sentimientos para evitar conflictos o decepcionar a otros, termina sintiéndose falsa o poco sincera. Los estudios de Emily Impett revelan que este tipo de comportamiento no pasa desapercibido: las parejas románticas suelen notar cuándo alguien actúa de modo artificial y, como consecuencia, la relación se resiente.
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Soeiro explica que forzarse a complacer, en vez de actuar desde la sinceridad, genera un círculo vicioso de insatisfacción. Cuando las acciones están motivadas por el miedo y no por el deseo genuino de ayudar, es habitual que la persona termine acumulando resentimiento. Esta emoción surge porque, después de muchos sacrificios, puede aparecer la expectativa de recibir algo a cambio. Si esa reciprocidad no llega, el malestar se incrementa. Así, “decir que sí diez veces seguidas puede parecer un acto de amabilidad, pero a la undécima vez puede parecer que empiezas a esperar algo a cambio de tus sacrificios, y si no lo consigues, el resentimiento puede acumularse”.
Otro aspecto relevante es el fenómeno del autosilenciamiento. La investigadora Dana Jack lo define como la tendencia a callar las propias necesidades para preservar la armonía en las relaciones. Este hábito, según sus estudios, se relaciona directamente con cuadros de depresión clínica y, en casos graves, con un mayor riesgo de problemas de salud física. En investigaciones longitudinales, Jack detectó que las mujeres que no expresaban sus necesidades durante conflictos de pareja presentaban un riesgo elevado de muerte prematura. Además, un estudio reciente en China halló que la tendencia a complacer a los demás se asocia con baja autoestima y mayor neuroticismo.
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Consecuencias en la salud y en las relaciones personales
La complacencia no solo afecta la vida emocional, sino también la salud y el entorno laboral. En el trabajo, decir siempre que sí puede convertir a las personas en blanco de explotación por parte de colegas o superiores. Según un estudio de Georgescu y Bodislav, quienes no ponen límites claros suelen asumir tareas adicionales, tolerar conductas poco éticas y ceder mérito de su trabajo a otros, lo que termina perjudicando tanto su rendimiento como su bienestar.

Existe una paradoja en la búsqueda constante de agradar: el intento de fortalecer vínculos acaba debilitándolos. Loren Soeiro cita investigaciones que demuestran cómo, al suprimir los propios deseos y emociones, la persona complaciente aumenta su resentimiento y, a la larga, se distancia de aquellos a quienes intenta agradar. El estudio de Romero-Canvas et al. evidencia que la represión emocional genera hostilidad, especialmente después de episodios de rechazo.
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Reprimir o negar las propias necesidades, lejos de proteger las relaciones, puede deteriorarlas. Loren Soeiro concluye que la alternativa a complacer no es el egoísmo, sino la autenticidad. Cuando los actos de generosidad provienen de un deseo genuino y no de la obligación o el miedo, las relaciones resultan más satisfactorias y saludables.
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