
Charles Dickens dijo que “no hay nada en el mundo tan contagioso como la risa y el buen humor”. Y es cierto que la carcajada ajena durante un chiste o una escena cómica modifica la percepción de lo divertido. Sin embargo, una investigación de la University College London y publicada en la Royal Society Open Science, determina que el efecto varía entre personas autistas y neurotípicas. El hallazgo ha arrojado un poco más de luz sobre las complejidades del humor y la comunicación social para las personas con TEA.
La presencia de risas en programas de televisión, un recurso habitual desde hace décadas, parte de la premisa de que la carcajada humana funciona como un potente catalizador emocional. Según han detallado Sophie K. Scott, investigadora del proyecto, y Ceci Qing Cai, la autora principal, diseñaron un experimento para medir hasta qué punto escuchar a otros reír influye en la apreciación de diversas formas de humor.
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El estudio reunió a adultos autistas y neurotípicos con características demográficas semejantes. Los participantes evaluaron diferentes estímulos humorísticos: chistes verbales basados en juegos de palabras, sonidos cómicos no verbales como eructos y vídeos de comedia física al estilo de Charles Chaplin. Los estímulos se presentaron en tres condiciones: sin risa, con risa auténtica (espontánea) o con risa simulada (producida adrede).

Diferencias en las respuestas
Los resultados recabados dentro del grupo neurotípico fueron contundentes: añadir cualquier tipo de risa incrementó la puntuación de gracia para todos los estímulos humorísticos probados. Así, la risa genuina resultó especialmente eficaz en los chistes, los sonidos y las escenas de slapstick. Según los autores, este fenómeno responde a la sensibilidad del cerebro neurotípico a las señales sociales implícitas, que permiten identificar la autenticidad de la emoción y amplificar su propio disfrute.
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En cambio, para las personas autistas, el panorama fue distinto. Cuando los estímulos carecían de risa, este grupo valoró los chistes verbales y los sonidos cómicos como más graciosos en comparación con los neurotípicos, mostrando una preferencia real por el humor literal y directo. No obstante, la introducción de risas ajenas no generó el mismo efecto de contagio que en el grupo de control. Si bien la risa elevó levemente la percepción de gracia en los chistes verbales, no alteró la valoración de los eructos ni de los vídeos de comedia física.
¿Qué significa esta diferencia?
Los investigadores sugieren que las personas con autismo presentan una sensibilidad particular a la congruencia social. En situaciones donde la risa parece lógica —como tras un chiste verbal—, pueden experimentar una modulación del humor, aunque mucho menor que en los neurotípicos. En cambio, ante estímulos socialmente ambiguos, como los eructos o las caídas en el slapstick, la risa de fondo puede generar disonancia y anular cualquier incremento en la percepción de gracia.
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Según el equipo de University College London, el cerebro autista procesa de manera diferente las señales acústicas y sociales, especialmente cuando no se ajustan a las convenciones esperadas. De esta forma, la risa tras un eructo puede resultar desconcertante, ya que en la vida cotidiana este sonido suele ir seguido de incomodidad o disculpa, no de carcajadas.
Al final, la risa funciona como herramienta de conexión, más allá de su función como respuesta a lo gracioso. En la vida diaria, la mayoría de las risas no surgen de chistes, sino que cumplen roles sociales: establecer cercanía, mostrar acuerdo o transmitir emociones. En esta situación, las personas con TEA, al no utilizar siempre la risa como facilitador social, pueden enfrentar retos añadidos en las interacciones cotidianas, ya que pueden interpretar las carcajadas de forma literal o no captar matices como la cortesía o la burla.
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Estudios previos del mismo equipo ya habían señalado que, a nivel cerebral, los adultos autistas no activan ciertas áreas involucradas en la interpretación social de la risa. Si bien reconocen cuándo una carcajada es auténtica y cuándo es fingida, este reconocimiento no se traduce en una reconfiguración emocional tan intensa como la que experimentan los neurotípicos. Esta diferencia puede explicar por qué algunas bromas funcionan en ciertos contextos y fracasan en otros, y por qué las interacciones sociales pueden resultar más desafiantes para las personas autistas.
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