
Hay viajes que empiezan con una idea y terminan siendo una cosa completamente distinta. Es el ejemplo de Roberto Sastre, biólogo madrileño, que empezó un intercambio académico en Brasil y se ha convertido en una travesía de más de una década alrededor del mundo. No porque no haya querido parar, sino porque durante el camino encontró motivos, de cuatro patas y hocico húmedo, para seguir avanzando.
“Cocaí y Chai son mi familia. Son mis compañeras de aventuras y de vida. Lo mejor que me ha pasado en la vida”, reconoce el creador del blog Viajeros Perrunos (@viajerosperrunos) en conversación con Infobae. Con ellas, el viaje dejó de ser un proyecto personal para transformarse en algo compartido... familiar. “El viaje somos nosotros”.
Roberto tenía 23 años cuando llegó a Sudamérica gracias a una beca para terminar su carrera. Su plan era el de un estudiante cualquiera: acabarla y volver a España mientras trabajaba y hacía un doctorado. “Tenía muy claro que me quería dedicar a la ciencia”, explica. Pero algo cambió. Terminó sus estudios en Brasil y empezó a moverse por el continente. Le gustó. Entonces decidió tomarse “un año sabático”. Y parece que ese año nunca ha terminado.

Una “cachorrita” en Bolivia que cambió el rumbo
El punto de inflexión llegó en Bolivia, en 2013. Durante las celebraciones del Inti Raymi, en Samaipata, una cachorra enferma apareció en su vida. “Me encontré a Cocaí abandonada en unos cartones”. La recogió con la idea de cuidarla temporalmente. Estaba al borde de la muerte. “Me necesitaba. La jodida fue ganándose mi corazón poco a poco“, reconoce Roberto en su blog.
Lo que vino después fue el primer viaje que consolidó ese vínculo. La selva de Bolivia, Brasil, Perú y Ecuador. Diez navegando por el Amazonas, pasos fronterizos, pueblos remotos. Y así la decisión se transformó en evidente: “Ya no era un ‘voy a viajar un poquito más con ella’, era un ‘tú te vienes a Madrid conmigo’”.
Volver no fue fácil. Tuvieron que deshacer la ruta hasta Chile para poder volar a Europa por cuestiones de sanidad. Pero el viaje ya había hecho clic en Roberto. Ya no era solo moverse, sino compartir.

El nacimiento de Viajeros Perrunos
En España, la estabilidad duró poco. Era plena crisis económica y no encontraba trabajo ni doctorado. Mientras estudiaba Psicología en la UNED, surgió otra oportunidad: una beca en México. Volvió a marcharse con Cocaí.
Ese viaje se expandió hacia Estados Unidos y Canadá. Allí trabajó con una Working Holiday Visa y, en paralelo, empezó a construir lo que sería su proyecto de vida: “Abrí el blog de Viajeros Perrunos porque mucha gente me preguntaba sobre el tema de viajar con perro”.
Lo que comenzó como un espacio para resolver dudas creció hacia algo más amplio: visibilizar protectoras, contar historias y reflexionar sobre la relación entre humanos y animales en distintas culturas.

Nochebuena en el desierto: la llegada de Chai
El siguiente salto fue Asia. Su objetivo era llegar de Madrid a China en autostop. Sin embargo, no lo consiguieron debido a la pandemia. Aun así, el destino les tendría preparada otra sorpresa.
Era Nochebuena de 2019, en el desierto de Thar, en India. “Estábamos acampando en un desierto… apareció por la noche”, recuerda Roberto a este diario. Una cachorra surgió de la nada, sin rastro de madre ni población cercana. “Era una perra con mucha vitalidad y no sabemos cómo llegó hasta ahí”.
A lo largo de los días intentó encontrarle familia, pero no hubo suerte. “Como no hay agua en el desierto, me la llevé”. La llamaron Chai. Y, como había ocurrido antes, la idea de separarse se desvaneció.

“Viajar con perros es como viajar con niños”
Viajar con Cocaí y Chai transformó completamente su manera de moverse. Sin coche, su forma principal de transporte era el autostop. Entre pueblo y pueblo cercano. Las dificultades son constantes: veterinarios, enfermedades, calor, visados, comida... “La comida de perro también… parece una tontería”, dice entre risas. Aunque muchas veces cocinan juntos en un camping gas y comen lo mismo.

Pero el mayor cambio es de ritmo y mirada. “Viajar con perros es como viajar con niños”, explica. Todo se adapta a ellas. Y eso, lejos de ser una limitación, se convierte en aprendizaje: “Son grandes maestros… viven el presente y nosotros no”.

Asia: el momento más duro
Asia fue un espejo de cultura. En India y Pakistán vio realidades opuestas. Perros cuidados por comunidades y otros completamente abandonados. Es más, durante la pandemia colaboró para alimentarlos. En Irán, donde existen restricciones, vivió momentos inesperados: “Vi a personas emocionadas al tocar un perro por primera vez en su vida”. En Turquía, le impresionó la gestión pública de los perros callejeros.
Pero fue en ese viaje donde llegó el momento más crítico. EN Pakistán, Cocaí enfermó gravemente. “Vi que iba caminando y se caía… se estaba desangrando internamente”. Tras un diagnóstico improvisado, viajaron doce horas en taxi hasta Karachi.
Allí, Chai le salvó la vida. Había que hacer una transfusión urgente de sangre y el único perro cerca era su compañera de viaje. “Fue un momento muy duro, pero muy bonito”, dice. La operaron, le extirparon el bazo y sobrevivió.

África: el viaje más largo y transformador
Tras recuperarse, prosiguieron hasta África, el viaje más largo. Desde Marruecos hasta Sudáfrica por la costa y, ahora, rumbo hacia el norte. En el momento de la entrevista con Infobae estaban en Etiopía. El continente les mostró otra relación con los perros. “La gente les tiene un miedo atroz”, recuerda sobre Angola. En muchos lugares, el perro es funcional: guarda, caza o incluso alimento.
En Nigeria vivió un dilema. Compró un perro que iba a ser comido. “Salvé la vida de ese perro, pero probablemente con ese dinero comprarían más”, reflexiona. Pero también hubo impactos positivos. Tras conocerles, más personas quisieron adoptar mascotas e incluso les llamaban igual: Cocaí y Chai. “Dejar una marca en una persona ya vale la pena”, subraya.
En Tanzania visitó el refugio Mbwa wa Africa, donde comprobó cómo la cooperación local puede transformar realidades: vacunación, esterilización y erradicación de la rabia en una década.

El viaje como forma de vida
Su forma de viajar no ha cambiado: autostop, incertidumbre y contacto constante con personas. “Nunca sabes dónde vas a llegar”, explica. Pero eso es precisamente lo que busca. “Hemos viajado con camioneros, dormido en gasolineras… el autostop no es el medio de viaje, es el viaje en sí mismo”.
Las perras, lejos de ser un obstáculo, son puente. “Es un arma de atracción de personas”, dice. Gracias a ellas ha dormido en casas, conocido familias y generado conexiones imposibles de otra forma.

¿La siguiente parada?
Actualmente llevan meses recorriendo África. Su plan es cerrar el círculo y volver a España, aunque el conflicto en Sudán complica la ruta. Evita volar: “No quiero… lo pasan muy mal“. No sabe cuánto durará el viaje. Tampoco si habrá otro. “No estoy pensando en el siguiente viaje… estoy con la filosofía perruna de vivir el presente”.

“Tal vez ver Europa”, piensa sobre si será su próximo destino. Pero primero quiere estar un poco en España para ver a su familia y amigos. Aunque, sin duda, el siguiente viaje, si lo hay, será con sus mejores amigas. “Somos uno los tres”, sentencia.
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