
Cada vez más personas reconocen sentirse desbordadas por pensamientos que no dan tregua. No se trata únicamente de preocupaciones puntuales, sino de bucles mentales que anticipan escenarios negativos una y otra vez. La mente, lejos de ofrecer soluciones, parece amplificar los posibles riesgos hasta hacerlos casi inevitables.
La hiperconectividad, la sobreinformación y la exigencia de control sobre todos los aspectos de la vida contribuyen a que muchas personas vivan en una especie de alerta constante. Pensar demasiado deja de ser una simple manía para convertirse en una experiencia agotadora, difícil de detener.
En ese contexto, distinguir entre una preocupación razonable y un patrón mental desadaptativo que tiende a la catastrofización es fundamental. Sin embargo, no siempre es sencillo identificar cuándo esa anticipación deja de ser útil y empieza a convertirse en un problema que afecta al bienestar emocional y físico.
“Esto es para personas que lo pasan fatal con cosas que todavía no han ocurrido y que son capaces de imaginarse 47 escenarios catastróficos de una misma cosa”, apunta la psicóloga Alba Guijarro (@talcualtia en TikTok), en uno de sus vídeos publicados en redes sociales.

El papel del sistema nervioso
“Lo que te está pasando no es ni ansiedad sin más ni es que pienses mucho. Esto es que tu sistema nervioso en algún momento aprendió que el peligro podía llegar en cualquier momento sin avisar”. La clave, por tanto, no está únicamente en los pensamientos, sino en el aprendizaje previo del propio cuerpo. Ese estado de alerta constante no surge de la nada, sino que responde a experiencias pasadas en las que anticiparse pudo ser útil.
En palabras de Guijarro, ese aprendizaje deriva en una estrategia que parece que es “buenísima”, que es “anticipar, controlar mentalmente todos los escenarios posibles para que ninguno te pille desprevenida”. Sin embargo, lo que en un momento pudo servir como protección acaba volviéndose en contra de la persona.
“El problema es que esta estrategia no distingue un peligro real de una conversación incómoda que tienes que tener mañana con alguna amiga. Para tu sistema nervioso, las dos activan la misma alerta”. Así, situaciones cotidianas y manejables se perciben como amenazas de gran magnitud. “Esto es como un detector de humo, no distingue si el humo viene de un incendio real o si es de la tostada que se te ha quemado un poco, pero la alarma se activa exactamente igual a lo sálvese quien pueda”. El cuerpo reacciona con la misma intensidad ante estímulos muy distintos, generando una respuesta desproporcionada.
La consecuencia de este estado sostenido de alerta es el agotamiento, no solo mental, sino también físico. El desgaste acumulado de vivir en previsión constante pasa factura.
En su práctica clínica, Guijarro observa este patrón de forma recurrente: “Es que veo cada día en consulta personas que me dicen: ‘Jolín, es que siento que no me pasa nada grave, pero estoy fatal’”. La explicación, insiste, no está tanto en los hechos como en la anticipación constante: “No es lo que te pasa, es lo que tu cabeza está gestionando todo el rato por si acaso pasa”. Ese “por si acaso” se convierte en el motor de una maquinaria mental que no se detiene.
En última instancia, este funcionamiento responde a una lógica interna: “Esto es lo que hace un sistema nervioso que en algún momento tuvo motivos para estar siempre alerta”. Comprender ese origen no elimina el problema, pero sí permite abordarlo desde una perspectiva menos culpabilizadora y más consciente.
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