
Los horrores vividos por las víctimas del Patronato de Protección a la Mujer son difíciles de olvidar, incluso después de 41 años de la desaparición de esta institución creada por el franquismo para “corregir” a las jóvenes que no encajaban en el modelo femenino que promovía el régimen. La humillación, los insultos o los castigos físicos dejaron en muchas de ellas heridas tan profundas que, aún hoy, algunas supervivientes no han podido compartir lo que sufrieron ni siquiera con sus familias, por miedo a la estigmatización. Pero, pese a todo, también otros muchos silencios se han roto y estas mujeres comienzan a ganar visibilidad al grito de “verdad, justicia y reparación”, una reivindicación que recibirá por primera vez un respaldo oficial este viernes 20 de marzo, cuando el Gobierno reconocerá a 53 supervivientes como víctimas del franquismo.
El Patronato de Protección a la Mujer privó de libertad a miles de mujeres jóvenes entre 1941 y 1985, por lo que estos centros gestionados por órdenes religiosas -que dependían del Ministerio de Justicia- continuaron funcionando durante una décadas más tras la llegada de la democracia. Las internas eran recluidas en reformatorios y, según sus testimonios, resultaban más duros que una prisión, pues ingresaban sin haber cometido ningún delito, sin juicio previo y sin posibilidad de recurrir a ninguna instancia, bajo un régimen especialmente represivo. Allí sufrieron sufrieron vejaciones, explotación laboral, aislamiento y un adoctrinamiento religioso extremo.
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El ingreso en estos centros solía producirse tras una denuncia presentada por autoridades civiles o religiosas, aunque en la mayoría de los casos, la presentaban los propios familiares. Muchas jóvenes fueron internadas porque sus familias, preocupadas por el qué dirán y la reputación, consideraban inaceptable su conducta y optaban por apartarlas del entorno social.
Así le ocurrió a Paca Blanco, que fue internada con 16 años tras volver de una verbena. La decisión partió de las mujeres de su familia, alarmadas por su participación en manifestaciones, reuniones clandestinas o sus salidas a bailar en minifalda. El antecedente de su padre, encarcelado por motivos políticos durante el franquismo, acentuó el temor familiar: “No querían que acabara presa como él”, relata. Lo que ignoraban era que aquel lugar podía ser aún peor que una cárcel.
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“A menudo me preguntan si he perdonado a mi familia. Pero pocos entienden el contexto en el que vivíamos. Mi familia atravesó una guerra y una posguerra muertos de hambre. El hecho de haber tenido un preso político en casa nos convertía en objetivo de la represión franquista. Mi familia estaba machacadita y vivía atemorizada, siempre pendiente de que nadie escuchara lo que se decía en casa. Qué les voy a echar en cara cuando todos hemos sido víctimas de la dictadura”, relata a Infobae esta histórica activista, que ahora a sus 77 años se enfrenta a una orden de desahucio.

Blanco, que pese a todo lo sufrido mantiene su energía intacta y continúa defendiendo causas sociales como el ecologismo y el derecho a la vivienda, recuerda que por aquel entonces nadie se refería a esta institución franquista como el Patronato de Protección a la Mujer, pero sí existía la amenaza habitual en las familias del “como te portes mal, te llevo con las monjas”. “Eso se decía en todas las casas y especialmente en las que había hambre”, explica. Se define a sí misma como una “rebelde con causa” desde bien pequeña y cuenta que durante los dos años que pasó en diferentes reformatorios del Patronato se escapó de todos.
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“O te casabas o te hacías monja”
Pero para salir definitivamente del “infierno” de los centros de internamiento donde sufrió tanto castigos físicos como psicológicos, “las únicas dos vías posibles eran casarte o hacerte monja” y ella optó por la primera, de forma que se casó a los 19 años y con solo 21 ya era madre de tres hijas. Su matrimonio, al igual que el de otras muchas mujeres que salieron del Patronato, terminó en una relación marcada por los malos tratos, aunque después de unos años, pudo escapar junto a sus hijas, “sin dinero, sin casa y sin pensión, tan solo con lo puesto”.

“Con 21 años, en vez de estar en la universidad, yo estaba casada con un maltratador. Podía haber sido abogada o periodista, o lo que me hubiera dado la gana, pero a mí me arruinaron la puta vida. Nunca tuve oportunidad de obtener un título porque entras en un bucle en el que te arrebatan la juventud”, dice indignada mientras explica que esta misma situación la vivieron muchas mujeres. “No me considero una heroína por ello, fue lo que nos tocó vivir, porque ser mujer en dictadura significaba no valer una mierda”.
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A Blanco le cuesta creer que ahora un 20% de la población joven -menores de 24 años- considera que el franquismo fue “bueno” o “muy bueno”, tal y como recogió el CIS en una encuesta a finales de 2025, por eso desde hace tiempo participa en charlas en institutos donde relata lo que significó la dictadura y la historia silenciada de las mujeres internadas en el Patronato. No obstante, también reconoce la implicación de muchos jóvenes que se comprometen con causas sociales.
Aunque este viernes el Gobierno organiza un acto para reparar a las mujeres que fueron recluidas en el Patronato y las reconoce como víctimas del franquismo, Blanco también recuerda que la institución funcionó hasta 1985, es decir, dos años después de la llegada al Gobierno socialista de Felipe González.
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