
La Navidad es una época de alegría y, sobre todo, de descanso para la mayoría. Empiezan las vacaciones escolares y en muchos de casos se reduce la carga laboral porque todo está paralizado y buena parte de la plantilla de casi cualquier empresa libra. No obstante, hay españoles para los que estos días no traen reposo, solo más trabajo. En la mitad sur del país, donde el paisaje es de olivares, miles de personas se enfundan las botas y los abrigos para ir a la recogida de la aceituna. En muchos casos, más por obligación que por decisión propia.
Es el caso de Eva, ciudadrealeña de 25 años que no tiene otra opción. “Toca ayudar a la familia”, dice. Su familia forma parte de ese reducido grupo de agricultores que aún tienen explotaciones familiares y que recogen la cosecha entre hijos, hermanos y primos, sin tractores ni contratos a terceros de por medio. Eva explica a Infobae que, entre diciembre y enero, “a días sueltos”, recogen la aceituna, pero es en Navidad cuando realmente avanzan. “Cuando estaba en el instituto y en la universidad, aprovechaba que tenía estas semanas de vacaciones e iba todos los días con mi familia”, explica. Ahora, los días de recogida se llevan por delante sus días de vacaciones.
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Trabaja como interina en un juzgado en Tarragona y al mismo tiempo se prepara unas oposiciones, pero estos días no se libra de la aceituna en su pueblo, Almodóvar del Campo, al sur de Ciudad Real. “Estas dos semanas no descanso, incluso trabajo más. Me levanto temprano para ir al campo y volvemos después de comer. Me echo una siesta y otra vez a estudiar”, relata. Pero “terminas muy cansada y no disfrutas tanto de las fiestas”.

Cada mañana, Eva sale a las ocho de su casa y se va hasta el olivar que toque ese día. “Mira si hace frío que cuando vas con el coche por los caminos lo ves todo lleno de escarcha”, comenta. Luego, dice, se va derritiendo y el trabajo físico hace el resto. El frío desaparece y solo quedan horas de faena por delante. Dedica toda la mañana y parte de la tarde a “varear” y arrastrar las mantas por el suelo de un árbol a otro. Así, un día tras otro. La aceituna que recogen la llevan después al molino, pero ella, en otro de los coches, vuelve a su casa.
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La historia se repite desde que es adolescente. “En cuanto fui un poco más mayor, con 14 o 15 años, me empezaron a llevar para que ayudara. Me costaba un enfado porque yo me quería quedar en casa y ver a mis amigas por la tarde. Ahora veo que es lo que toca”, señala. Aun así, intenta sacarle un punto positivo. Durante estas jornadas puede pasar tiempo con su familia y con sus primos, a los que ve en contadas ocasiones desde que se mudó a más de 600 kilómetros para trabajar.
Eva también encuentra consuelo en no ser la única que pasa las fiestas navideñas de este modo. Dice que es la realidad de muchos de sus vecinos de Almodóvar, pero también del resto de los pueblos de la zona. “A algunas amigas les pasa lo mismo. Estos días son así y es otra forma de vivirlo. Sé, sobre todo desde que me mude, que trabajar en el campo en Navidad no es lo más extendido y que el resto del mundo sí que se dedica a desconectar y a descansar, pero bueno, tampoco queda otra”, dice.
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Sus padres y sus tíos, que en algunos años se jubilarán, le legarán a ella y a sus primos la responsabilidad de esas tierras, que podrán vender, arrendar o seguir trabajando. “Para eso queda mucho, ya se verá”, sentencia.
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