Las oficinas y tiendas de Bimba y Lola afrontaban la mañana del 22 de diciembre como cualquier otra jornada previa a la Navidad. El Sorteo Extraordinario de la Lotería de Navidad sonaba de fondo en muchos lugares de trabajo del país, pero sin alterar en exceso la rutina. Sin embargo, en cuestión de minutos, el anuncio del Segundo Premio, el número 70.048, alteró por completo el ritmo habitual de la firma gallega y convirtió un lunes laboral en una celebración compartida entre decenas de empleados.
El número, cantado en los primeros compases del sorteo, estaba dotado con 1.250.000 euros por billete, 125.000 euros por décimo. Aunque la venta principal se localizó en Madrid, la participación organizada por la empresa permitió que ese mismo número llegase a trabajadores de distintas sedes y tiendas repartidas por España.
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De la rutina al desconcierto en cuestión de segundos
Eran alrededor de las nueve y media de la mañana cuando la noticia comenzó a circular por la oficina. “Nos pilló a todos recién llegados a trabajo, café en mano”, recuerda Lidia Otero. La oficina, de concepto abierto, amplificó lo que empezó siendo un rumor confuso. Desde el fondo comenzaron a escucharse gritos: “¿Qué pasa? ¿Qué pasa?”. Nadie tenía del todo claro si se trataba de una broma o de uno de los habituales sobresaltos de cada 22 de diciembre.
La confirmación llegó casi de golpe. “De repente alguien se levantó y gritó: ‘¡Que nos ha tocado la lotería!’”, relata. Antes hubo dudas —“¿pero a ti o a todos?”—, pero bastaron unos segundos para que la noticia se asentara. “Ahí fue la explosión”, resume. Abrazos, lágrimas, risas nerviosas y teléfonos móviles descolgados para avisar a maridos, mujeres, padres, madres e hijos se sucedieron sin orden. “La gente estaba llorando, abrazándose… ha sido brutal”, insiste, todavía sorprendida por la intensidad del momento.
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Para muchos, la sensación era la de estar viviendo algo irreal. “Son esas cosas que ves por la tele y dices: ‘Ostras, que me está pasando a mí hoy’”, explica Otero. La empresa decidió cerrar uno de sus locales para que los trabajadores pudieran reunirse y celebrar juntos. “Estamos todos aquí celebrando”, decía durante la entrevista, subrayando que el valor del momento iba mucho más allá del dinero.
Un premio muy repartido
La clave de esa celebración compartida está en la forma en la que se adquirieron las participaciones. Según explica Otero, fue el departamento de Recursos Humanos el que envió un correo electrónico con los números y un enlace para comprarlos de manera online. “Te mandan un email y te dicen: ‘Este es el número, te dejamos el link para comprarlo’”, detalla. Las participaciones eran, en muchos casos, de cinco euros, lo que permitió que prácticamente todo el mundo se sumara.
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“Hay de todo”, explica. Desde quien compró una única participación mínima hasta quien invirtió cien euros y los repartió con hermanos u otros familiares. En su caso, la compra fue de veinte euros, es decir, un décimo. “Maravilloso”, repite entre risas. “Veinte euros… o sea, maravilloso”. Esa diversidad de cantidades no impidió que la sensación general fuese la de un premio muy repartido. “Lo más bonito es que está súper repartido entre todo el mundo. Es una felicidad como global”, insiste.
Pasada la euforia inicial, comenzaron las primeras reflexiones sobre el destino del dinero. Lejos de grandes planes o cambios radicales, las decisiones apuntan a cuestiones prácticas. “Lo primero que he pensado es en acabar de pagar el coche”, admite Otero. También contempla la posibilidad de dar la entrada para un piso y, sobre todo, compartir el premio con su entorno más cercano. “Pienso muchísimo en mis padres. Les digo: ‘Os voy a invitar a todo lo que queráis durante toda la Navidad’”.
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En su discurso aparece de forma recurrente una idea que se repite entre otros empleados de la firma. “No es un premio que te cambie la vida”, reconoce. “No te hace millonario, pero es una alegría infinita”. Una percepción que no rebaja la intensidad del momento vivido, sino que lo sitúa en un plano más realista, marcado por la tranquilidad económica y el alivio que supone contar con un ingreso inesperado.
La escena vivida en Vigo tuvo su reflejo en otros puntos del país, como Bilbao o Leioa, donde los trabajadores reaccionaron de forma similar tras recibir la confirmación a través de mensajes y grupos de WhatsApp. En todos los casos, la incredulidad inicial dio paso a celebraciones improvisadas y a la necesidad de comprobar una y otra vez que el número coincidía exactamente con el premiado.
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Mientras la prensa se concentraba a las puertas de algunos locales, la sensación de excepcionalidad se hacía aún más evidente. “Hoy lo decíamos un montón de gente en la empresa”, cuenta Otero, “viéndonos aquí celebrando, con la prensa fuera…”. Una experiencia que refuerza su convicción de seguir participando en el futuro. “El décimo de la empresa hay que comprarlo siempre”, asegura. “Imagínate si no lo hubiese comprado...”, sentencia Lidia Otero.
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