
El ministro de Sanidad en Reino Unido, Wes Streeting, ha dimitido este jueves de su cargo. Un movimiento con el que busca presionar al Gobierno del país y forzar la convocatoria de elecciones internas dentro del Partido Laborista para sustituir al actual primer ministro británico, Keir Starmer —del que ha asegurado “haber perdido la confianza”—, de la jefatura de la formación tan solo dos años después de que este llegara al número 10 de Downing Street. Desde julio de 2024, cuando Starmer obtuvo una victoria aplastante en las elecciones al Parlamento británico y desbancó a los tories —Partido Conservador— del poder por primera vez en 14 años, su popularidad no ha dejado de caer.
Pero el Reino Unido lleva más de una década viendo cómo sus primeros ministros se suceden a un ritmo poco común dentro de las democracias occidentales. David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak desfilaron por Downing Street en apenas seis años. De ellos, Truss fue el caso más extremo, con tan solo 45 días en el cargo, y confirmó lo que ya parecía una ley no escrita en la política británica: sus primeros ministros caducan antes que una lechuga.
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Ahora, Starmer parece el siguiente en la lista. Porque, aunque Streeting ha sido el primero dentro de la primera línea del Ejecutivo en dimitir, no ha sido el único. Cuatro subsecretarios de Estado, que formaban parte del gabinete de Starmer, protagonizaron el martes una oleada de renuncias justo después de que el pasado 7 de mayo los resultados de las elecciones locales revelaran la profunda crisis de liderazgo que atraviesa el primer ministro británico dentro de su partido.
El batacazo electoral
Los resultados de las elecciones locales y regionales de hace una semana fueron el detonante inmediato de la crisis. Los laboristas perdieron casi 1.500 concejales en Inglaterra y cedieron el control del parlamento de Gales, el Senedd, por primera vez desde la descentralización en 1999. El batacazo fue tal que decenas de parlamentarios del propio partido comenzaron a pedir la cabeza de Starmer. “No voy a marcharme y sumir al país en el caos. Los resultados son duros, muy duros, y no voy a maquillarlos. Esto duele, y debe doler, y yo asumo la responsabilidad”, aseguró el primer ministro. Pero, extrapolados a unas elecciones generales, esos números apuntarían a una derrota catastrófica para los laboristas.
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Así de claro lo dejaba el diputado laborista Jonathan Brash en declaraciones a The Guardian el mismo día de los comicios: “Creo que lo mejor que podría hacer el primer ministro ahora es dirigirse a la nación mañana y establecer un calendario para su salida. Así podríamos tener una transición ordenada, una que, por cierto, asegure que todo el talento dentro del Partido Laborista pueda presentarse si así lo desea”. Y el otro gran factor de presión está siendo el ascenso de Reform UK, el partido populista de extrema derecha liderado por Nigel Farage, que fue el gran beneficiado de la debacle laborista y se consolida como una amenaza real de cara a las elecciones generales de 2029.
Pero, pese a esta situación, Starmer no está técnicamente obligado a marcharse. Las normas internas del Partido Laborista exigen que una quinta parte de sus diputados en la Cámara de los Comunes -81 parlamentarios- deben respaldar públicamente a un único candidato alternativo para que se active un proceso formal de relevo en la formación. Hasta ahora, alrededor de 80 diputados han pedido su dimisión o el establecimiento de un calendario de salida, pero ninguno ha logrado articular ese respaldo unificado en torno a un nombre concreto.
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Un primer año de tropiezos
Sin embargo, la crisis viene de mucho más atrás. Antes de que se cumpliera un mes de su llegada a Downing Street, el índice de aprobación de Starmer ya había caído a cero y más de la mitad de los británicos declaraban al instituto demoscópico Ipsos que el país iba “en la dirección equivocada”. El primer ministro y varios de su gabinete se vieron envueltos en el escándalo de los freebies —los regalos y prebendas recibidos de donantes del partido—, lo que obligó a Starmer a endurecer la normativa sobre obsequios a los ministros. La jefa de gabinete de Downing Street, Sue Gray, dimitió en octubre de 2024 en medio de filtraciones sobre su salario y enfrentamientos internos.
Después, la ministra de Economía, Rachel Reeves, marcó el tono económico del Ejecutivo desde el principio. Alegó haber heredado de los conservadores un agujero de 22.000 millones de libras en las cuentas públicas y anunció que habría “decisiones difíciles e impopulares”. La primera fue la supresión de la ayuda a la calefacción para los pensionistas, que dejó sin subsidio a diez millones de personas mayores e hizo saltar las primeras alarmas entre sindicatos, diputados laboristas y organizaciones.
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Además, los recortes a las prestaciones por discapacidad, el aumento del presupuesto de defensa a costa de la ayuda al desarrollo y el endurecimiento de las políticas migratorias empeoraron la situación y alejaron a una gran parte del electorado laborista. El proyecto de ley de bienestar, que incluía recortes en las ayudas a la dependencia, desató una rebelión sin precedentes, y más de 120 diputados del propio partido amenazaron con votar en contra, lo que obligó al Gobierno a retirar las medidas más polémicas a última hora. Aun así, 49 parlamentarios laboristas votaron contra el texto.
Quién será la siguiente lechuga
En Reino Unido ya se especula con quiénes podrían ser los sucesores de Starmer. El tabloide Daily Star ha señalado a la exviceprimera ministra Angela Rayner y al propio Wes Streeting como los dos grandes aspirantes a liderar el partido. Fuera de Westminster, el alcalde del Gran Manchester, Andy Burnham, aparece también en todas las quinielas como el candidato con mayor respaldo popular. Sus aliados aseguran que tiene un plan para regresar al Parlamento como diputado, requisito imprescindible para optar al liderazgo del partido.
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La otra sorpresa es Ed Miliband, secretario de Estado de Energía y Seguridad Energética, cuyo nombre ha ascendido como aspirante inesperado más de una década después de haber conducido a los laboristas a la derrota en las elecciones generales de 2015.
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