La firma del acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur, que Bruselas aspiraba a cerrar antes de final de año, ha vuelto a aplazarse hasta, al menos, enero, ante la falta de consenso entre los Estados miembros. El nuevo retraso pone de relieve las divisiones internas dentro de la UE: mientras países como España presionan para desbloquear el pacto, Francia (y en menor medida Italia) mantienen una posición reticente que sigue frenando uno de los acuerdos comerciales más ambiciosos para la Unión.
El pacto entre la UE y Mercosur, negociado durante más de dos décadas, pretende crear una de las mayores zonas de libre comercio del mundo, con acceso preferencial a un mercado de más de 260 millones de consumidores en Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Sin embargo, su entrada en vigor requiere el aval de todos los Estados miembros, un consenso que hoy parece lejano por los efectos que esta medida comercial podría tener en la economía y política de ciertos países.
Una de las principales demandas de Francia e Italia para apoyar la firma ha sido reforzar las salvaguardas agrícolas que protegen a los productores europeos frente a un aumento súbito de importaciones sensibles. París y Roma reclaman mecanismos más estrictos que permitan suspender temporalmente las preferencias arancelarias si se detectan daños a los mercados nacionales o incumplimiento de estándares de producción equivalentes a los europeos, incluida la reciprocidad en normas sanitarias, ambientales y de bienestar animal.
Hasta ahora, el Consejo de la UE y el Parlamento han acordado un reglamento provisional para activar este tipo de protocolos que fija umbrales como un aumento de las importaciones o caída de precios en torno a 8%. También se ha reforzado el monitoreo regular de los mercados y la capacidad de actuar en plazos más cortos si se detectan impactos adversos, pero los países reticentes consideran que estas medidas no son suficientes y demandan ajustes adicionales antes de respaldar plenamente la firma.
Fuertes presiones de los agricultores franceses
Francia se ha convertido en el principal foco de oposición. La razón central es la protección de su sector agrícola, uno de los más poderosos e influyentes del país. Ganaderos y agricultores franceses temen que la apertura del mercado europeo a productos latinoamericanos, como la carne de vacuno, azúcar, soja o etanol, suponga una competencia directa basada en menores costes y estándares ambientales menos exigentes. Este temor se traduce en una fuerte presión social y política, con movilizaciones recurrentes del campo que convierten cualquier concesión comercial en un asunto de alto riesgo electoral para el Gobierno.
A esta dimensión se suma el argumento ambiental. París insiste en que el acuerdo no ofrece garantías suficientes frente a la deforestación del Amazonas ni asegura el cumplimiento de los compromisos climáticos internacionales. Aunque estas preocupaciones son compartidas por otros países europeos, en el caso francés refuerzan una posición tradicionalmente proteccionista en materia agrícola y reflejan el malestar del campo por la imposición de exigencias en materia ambiental que sus contrapartes fuera de Europa no siempre están obligados a cumplir.

Italia, por su parte, adopta una postura más ambigua. No lidera el bloqueo, pero mantiene reservas similares, centradas en la defensa de su sector agroalimentario. Desde el punto de vista de los agricultores italianos, algunos productos con denominación de origen y alto valor añadido podrían verse presionados por importaciones más baratas, lo que explica la cautela de Roma. Otros países, como Austria y Bélgica, también han manifestado dudas sobre las garantías ambientales y de competitividad del acuerdo en las condiciones actuales.
España defiende otros intereses estratégicos
Junto con naciones como Países Bajos o Portugal, España se sitúa en el lado opuesto del debate. El Gobierno español defiende el acuerdo como una oportunidad clara para sus exportaciones y para las empresas ya muy implantadas en América Latina. A diferencia de Francia, la estructura productiva española compite menos directamente con Mercosur en los sectores agrícolas más sensibles, mientras que puede beneficiarse en ámbitos como el aceite de oliva, el vino, los productos transformados, las infraestructuras, la energía o los servicios.
Además, España es uno de los países europeos con mayor inversión directa en América Latina y considera el acuerdo una herramienta clave para reforzar la seguridad jurídica y la presencia europea en la región. Pese al optimismo del Ejecutivo, asociaciones de agricultores se han manifestado en Madrid en contra del acuerdo, por considerar insuficientes las grantías de protección al sector frente a este y los recortes en la Política Agraria Común (PAC).
A ello se añade una dimensión geopolítica: el pacto puede entenderse no solo como un acuerdo comercial, sino como una apuesta estratégica frente al avance de Estados Unidos y China en el continente. Mientras algunos países perciben el acuerdo como una amenaza a sectores sensibles, otros lo ven como una palanca de crecimiento e influencia internacional.
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