Sonia Barber, psicóloga: “Dejar de compartir tus problemas seguramente sea lo más efectivo para solucionarlos”

Insistir para hablar de los problemas puede ser contraproducente y agravarlos

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Dejar de compartir tus problemas
Dejar de compartir tus problemas seguramente sea lo más efectivo para solucionarlos. (Freepik)

Durante años, la idea de verbalizar los problemas ha sido el primer paso para dar un paso hacia adelante y resolverlos. Algo que Amanda Rose, profesora de Psicología en la Universidad de Missouri, denominó como “co-rumiación” en 2002 y definió como el fenómeno de hablar repetidamente con otras personas sobre los problemas, sus causas y el malestar que generan.

“Al menos en las culturas occidentales, se piensa que sacar los problemas de nuestro pecho nos hace sentir mejor”, escribió Rose, aunque también advirtió que “la idea de que hablar sobre los problemas podría hacernos sentir peor puede parecer contraintuitiva”. Algo que ha defendido la psicóloga Sonia Barber en un vídeo publicado recientemente en sus redes sociales. “Dejar de compartir tus problemas seguramente sea lo más efectivo para solucionarlos”, ha afirmado.

Barber ha advertido de que hablar de los problemas de forma constante puede tener efecto contrario al deseado. “Estar dedicándonos constantemente a preguntarnos por qué ha pasado esto, lamentándonos, nos hace estar en un estado negativo constante”, ha señalado. Un estado que, lejos de aliviar, “aumenta la magnitud de estos problemas”.

La psicóloga ha subrayado que no niega el valor terapéutico de compartir en determinados momentos, pero insiste en que convertirlo en rutina puede reforzar el malestar. “Donde ponemos nuestra atención, ponemos nuestra energía”, ha explicado. Desde esta perspectiva, el cerebro juega un papel determinante. “El cerebro aprende a recorrer ciertos caminos que cuanto más los transito, más accesible son”, ha afirmado Barber.

La intención de hablar: una pregunta clave

Para Barber, el problema no es hablar, sino para qué se habla. “¿Con qué intención se lo cuento a alguien? ¿Busco soluciones? ¿Simplemente busco ser escuchado? ¿Qué temas de conversación elijo?”, ha planteado. En este sentido, concluye que “seguramente, dejar de compartirlos, aceptarlos y dejarlos ir, en algunas ocasiones puede ser lo más efectivo”, una idea que conecta con conceptos psicológicos ampliamente estudiados.

En muchas ocasiones de la vida, el conflicto es inevitable. No importa el carácter pacífico de la persona, pues a veces no hay manera de prevenir una conversación incómoda o una discusión con un amigo, un compañero de piso, la pareja o un compañero de trabajo.

Cuando hablar se convierte en parte del problema

Desde la práctica clínica, la terapeuta Alicia García Aguilar defiende en su página web que “en el momento en que se comprende que cuanto más se habla, más se empeora el problema, exactamente igual que si echáramos un fertilizante a una planta, la expresión pasa a ser de estupefacción”.

Según la terapeuta, este fracaso se debe a aplicar una lógica racional y lineal a problemas que responden a una “lógica no ordinaria”. “Cuanto más se intenta emplear la lógica ordinaria lineal, más se despierta la lógica no ordinaria que estructura el problema”, señala. Por ello, resume su enfoque en: “Si insisto y el problema no mejora, es que debo dejar de insistir en lugar de insistir más y mejor”.

No obstante, frente a estas advertencias, la psicología también reconoce los beneficios de verbalizar el malestar cuando se hace con intención y contención. Hablar con un amigo de confianza, expresar emociones en pareja o acudir a terapia puede ayudar a procesar lo vivido.

Si insisto y el problema
Si insisto y el problema no desaparece, debo dejar de insistir. (Freepik)

Callar también puede ser una estrategia

El consenso que emerge no es un “hablar sí” o “hablar no”, sino una cuestión de medida, intención y repetición. Como ha sintetizado Sonia Barber, “dejar de compartirlos, en algunas ocasiones, puede ser lo más efectivo”. O como dijo Hemingway: “Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”.