
En la madrugada del 26 de abril de 1986, el reactor 4 de la central nuclear de Chernóbil (ubicada en Prípiat, en la actual Ucrania) explotó, arrancando la cubierta superior y liberando a la atmósfera una enorme cantidad de material radiactivo, con una nube que comenzó a desplazarse por Europa. Este fue el peor accidente nuclear de la historia.
En la explosión murieron dos trabajadores de la central. Meses después lo harían otros 22, así como seis bomberos, ya que recibieron elevadas dosis de radiación que terminarían con su vida. La evacuación de la población de Prípiat no se llevaría a cabo hasta el día siguiente.
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Más de 300.000 personas perdieron sus hogares a causa de la tragedia y las secuelas de aquella explosión radiactiva todavía permanecen en muchos de los supervivientes. Desde entonces, la zona de exclusión es un lugar prácticamente deshabitado por el ser humano. Sin embargo, la vegetación y la fauna salvaje se han expandido por la zona. En este contexto, un organismo parece haber aprovechado la radiación del lugar, convirtiéndolo en su modo de subsistencia.
El hongo Cladosporium sphaerospermum se encuentra aferrado a las paredes interiores de uno de los edificios más contaminados del mundo. Mientras que para otro ser vivo la radiación ionizante de Chernóbil supondría un severo daño, para este organismo es todo lo contrario: según algunos científicos, realizaría un proceso similar al que utilizan las plantas con la luz, la fotosíntesis, pero con la radiación, lo que denominan como radiosíntesis. Esto, sin embargo, continúa siendo todo un misterio para la ciencia.
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Posibles usos en misiones espaciales o en la medicina
En la década de 1990, un equipo dirigido por la microbióloga Nelli Zhdanova, de la Academia Nacional de Ciencias de Ucrania, realizó un estudio de campo en Chernóbil. El objetivo era descubrir si había vida en la zona de exclusión. Lo que encontraron allí fue una comunidad de 37 especies de hongos, con tonos oscuros o negros (ricos en melanina), entre los que destacaba la presencia del C. sphaerospermum, con niveles muy altos de contaminación radiactiva.
Los estudios que se realizaron con este organismo desde entonces han revelado que la radiación ionizante no supone un daño para el hongo. Esta puede provocar que los átomos se conviertan en iones, lo que resulta muy peligroso por ejemplo para los seres humanos; sin embargo, en el C. sphaerospermum podría motivar el crecimiento.
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En 2008, la radiofarmacóloga Ekaterna Dadachova y el inmunólogo Arturo Casadevall, del Colegio de Medicina Albert Einstein de Estados Unidos, propusieron que este hongo y otros similares parecían recolectar esa radiación y convertirla en energía, un proceso similar al que hacen las plantas con la luz durante la fotosíntesis.

No solo eso, sino que algunas investigaciones en los últimos años han comenzado a analizar la manera en la que este organismo podría utilizarse como escudo protector contra los efectos de la radiación. En 2020, un experimento de la Estación Espacial Internacional comprobó que una fija capa del C. sphaerospermum puede bloquear una parte significativa de este componente dañino. Así, podría utilizarse en misiones espaciales, ya que la radiación es uno de los grandes problemas a los que se enfrentan los astronautas.
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Además, también se estudia cómo podría utilizarse en medicina, en biotecnología y en producción de energía. Sin embargo, los científicos todavía desconocen por qué el hongo es capaz de sobrevivir a la radiación y si la radiosíntesis realmente es posible. Lo que está claro es que para este organismo que prolifera en Chernóbil, los compuestos que expulsaron de allí a los seres humanos no representan un peligro, sino que le ofrecen un ambiente donde puede crecer y adaptarse de formas que aún se están intentando comprender.
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