
La ilustradora vasca Amaia Arrazola falleció el pasado 5 de noviembre a los 41 años tras una enfermedad que le había sido diagnosticada hace unos meses. Su muerte ha causado una fuerte conmoción en el País Vasco y en el mundo de la cultura, donde su figura estaba plenamente consolidada. Aunque residía en Barcelona, Arrazola mantenía un vínculo constante con Vitoria-Gasteiz, su ciudad natal, que estuvo siempre muy presente en su obra. Una de sus últimas creaciones fue el cartel de La Blanca 2024, las fiestas en honor a la Virgen Blanca, patrona de Vitoria.
El impacto ha conmocionado al entorno artístico y editorial. Su trayectoria era reconocida tanto por su cercanía personal como por un estilo gráfico muy propio. Ella misma definía su manera de trabajar como “una mezcla de lo que tengo en la cabeza y lo que me permite hacer la mano”. Su trazo espontáneo y colorido transmitía frescura y al mismo tiempo un mensaje social claro. El feminismo y la ecología formaban parte de su mirada y estaban integrados en muchas de sus piezas.
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Una producción artística internacional
La obra de Arrazola trascendió fronteras. Sus murales pueden encontrarse en ciudades de distintos continentes: Japón, Milán, Rabat, Madrid, Pamplona o el barrio de Gracia en Barcelona, entre otras. Su estilo se había convertido en una referencia en el ámbito del muralismo contemporáneo y en la ilustración urbana.
Las librerías también han expresado su pesar. La librería madrileña Grant fue una de las primeras en publicar un mensaje tras conocerse la noticia: “El mundo es un sitio mucho peor esta mañana. Te vamos a echar tanto de menos”. En redes sociales se multiplicaron las muestras de cariño, que resaltaban su capacidad para emocionar con un trazo mínimo y su actitud cercana y vital.
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Su trabajo no se limitó al arte callejero. Arrazola desarrolló una presencia constante en el mundo editorial. Es autora de obras como El Meteorito, Wabi Sabi: Un mes en Japón y Cosas que nunca olvidarás de tu Erasmus, títulos que ampliaron aún más el alcance de su creatividad.
Su camino hacia la ilustración profesional no fue inmediato. Amaia Arrazola era licenciada en Publicidad y trabajó como directora de arte júnior en la Agencia McCann antes de dar un giro a su trayectoria. Se trasladó a Barcelona para estudiar un máster en diseño y recuperar su vínculo con el dibujo, una vocación que había dejado de lado por presiones sociales. A los 23 años retomó esa pasión de forma definitiva. Su carrera como freelance creció rápido y la llevó a colaborar con grandes marcas.
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Su muerte deja un vacío notable en el panorama artístico, pero su obra seguirá presente en sus murales, en sus libros y en las muchas personas que conectaron con su propuesta.
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