
Israel Sancho Sanzano, de Valladolid, es uno de esos ejemplos de superación que inspiran. A sus 31 años, trabaja como electricista autónomo en Santovenia de Pisuerga, donde vive desde los 19. Su historia está marcada por la pérdida, la responsabilidad y el amor por un oficio que aprendió desde niño de la mano de su padre.
“Soy una persona trabajadora y que tiene muchas ganas de tirar adelante con todo. Me encanta mi oficio y disfruto mucho con él”, ha asegurado Israel en declaraciones a El Español. Su padre falleció a principios de año y, tras el duro golpe, decidió continuar el negocio familiar, Instalaciones Eléctricas Sanzano, pero esta vez por cuenta propia.
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Israel recuerda con cariño su infancia en Valladolid y su adolescencia en Santovenia: “Participaba en varias actividades deportivas del pueblo y me gustaba estar con mi padre y ver el oficio desde pequeño. He tenido una buena infancia”.
Desde que terminó la ESO, tuvo claro su camino. Completó un Grado Medio de Instalaciones Eléctricas y Automáticas, y a los 21 años comenzó a trabajar junto a su padre. “Mi padre falleció en enero y la compañía se tuvo que disolver. Desde febrero trabajo como autónomo”, explica.
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Ahora, Israel se encarga de reformas integrales, instalaciones eléctricas y mantenimiento de alumbrado público, manteniendo los clientes que ya confiaban en la empresa familiar y sumando nuevos proyectos.
“Trabajo mucho para ganar 1.500 euros en un buen mes”

Su jornada no entiende de horarios. “Si hay una avería un fin de semana o de madrugada, hay que atenderla. Es una profesión muy sacrificada”, reconoce.
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El sueldo, añade, depende de muchos factores: “Trabajo mucho para cobrar unos 1.500 euros en un buen mes, pero hay que pagar seguros, almacenes y todo lo que conlleva ser autónomo. Al final, tenemos más gastos que ingresos”.
Aun así, se mantiene positivo. “No me puedo quejar. Tengo trabajo y clientes que confían en mí. Lo importante es hacer las cosas con calma y bien, porque así todo sale mejor”, asegura, recordando que nunca ha tenido accidentes graves, solo “algún calambrazo despistado”.
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“Los jóvenes ya no quieren trabajar”

Israel también reflexiona sobre el futuro de su oficio. “Creo que los jóvenes no quieren trabajar de nada. Están todo el día grabándose para subirlo a redes sociales, jugando al ordenador o a la Play Station. Se piensan que esa es la vida y aquí nadie te regala nada”, lamenta.
Según él, profesiones como la suya “están condenadas a desaparecer” porque “nadie quiere aprender”. Sin embargo, Israel no se rinde. “Hay que luchar por lo que nos gusta y yo amo la profesión de electricista. No hay que ver el trabajo como una obligación sino como una diversión. Yo me lo paso muy bien cada día que me levanto para hacer la faena”.
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Más allá del trabajo, lo que emociona a Israel es el recuerdo de su padre y la satisfacción de continuar su camino. Su historia refleja la historia de tantos trabajadores que, con esfuerzo y pasión, mantienen vivas las profesiones tradicionales frente a la modernidad y la comodidad.
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