
Cada vez son más las personas que deciden dejar atrás su país de origen e ir a probar suerte a otros lugares del mundo. Estudiar, trabajar, salir de la zona de confort: estos son algunos de los motivos principales que llevan a las personas a una transformación de su vida cotidiana. Estas experiencias confieren un aprendizaje, poniendo a prueba la madurez y fortaleciendo la capacidad de adaptación.
Así lo hizo Noah, una joven española que decidió dejar España y asentarse en Noruega. Allí ha podido hacerse un hogar y conciliar su vida personal con su trabajo como profesora. No obstante, si bien es cierto que su experiencia está siendo muy positiva, existen pequeñas cuestiones del país escandinavo a las que aún no ha conseguido adaptarse. En su perfil de TikTok (@noahtaboada) —donde documenta su experiencia— informa sobre las costumbres de la cotidianeidad noruega que aún se le resisten.
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Empieza su día temprano, como la mayoría en Noruega. Desayuna con calma una taza de café caliente, unas tostadas y un vaso de zumo de manzana. Ese momento tranquilo antes de salir de casa se ha convertido en una costumbre que le ayuda a empezar la jornada con energía. Poco después, se dirige a su trabajo en un colegio noruego, donde imparte sus primeras clases de la mañana.
La brecha sociocultural de Noruega
A las diez, cuando termina con su primer grupo de estudiantes, baja a la cantina junto al resto del personal y los alumnos. Es entonces cuando se enfrenta a una de las diferencias que más le llaman la atención: a esa hora, todos comen. En España, esa franja suele reservarse para un café o un tentempié, no para una comida principal. Lo que para sus compañeros y alumnos es algo rutinario, para ella representa un cambio importante en la manera de organizar su día.
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“Me cuesta entender que los niños puedan aguantarlo”, comenta, ya que pasan el resto de la jornada con esa única comida tan temprana. Esta diferencia de horarios no es solo una cuestión práctica, sino también cultural. Refleja cómo las rutinas diarias están profundamente ligadas a la forma en que cada sociedad estructura su tiempo y sus prioridades. En Noruega, los días comienzan antes, las comidas se hacen más pronto y, en consecuencia, las tardes quedan más libres. En España, en cambio, el ritmo es más pausado y las comidas se reparten de otra manera, dejando la cena para más tarde.
Para no romper del todo con su horario habitual, decide adaptarse de forma gradual. A las diez toma un pequeño almuerzo mientras los demás comen, y guarda su comida más abundante para las 12:15, cuando tiene otro descanso. Así mantiene un equilibrio entre sus costumbres y la dinámica noruega.
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Cuando vuelve a casa por la tarde, su rutina ya se ha ajustado. Cena entre las cinco y las seis, algo que al principio le parecía impensable. Con el tiempo, ha descubierto que adaptarse no significa renunciar a su identidad, sino aprender a moverse entre dos mundos distintos. Esa brecha sociocultural, que al comienzo le resultaba incómoda, hoy le permite entender mejor cómo las costumbres moldean la vida cotidiana.
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