
Nuestra forma de comer es uno de los principales elementos determinantes de nuestra salud. Desde una dieta variada a otra más restringida pero bien planificada pueden ser un factor clave en nuestra salud, pues es importante que el cuerpo obtenga todos los nutrientes necesarios para vivir. Sea como sea, siempre hay alimentos que suelen tener más presencia que nosotros en estas rutinas, y el pollo suele ser uno de ellos, por su versatilidad en las recetas, su alto contenido en proteínas y su bajo coste comparado con otras carnes.
Sin embargo, el pollo también puede ser algo realmente perjudicial para nuestra salud física si no nos cuidamos de algunos rasgos que tiene, como el de la contaminación bacteriana, más proclive en este tipo de comidas. Este es el principal motivo por el que siempre que alguien compra esta carne, salvo que la vaya a comer en el momento, decida guardarla en la nevera o en el congelador. Esto alargará el tiempo en el que el pollo siga siendo “comestible”, aunque también estará sujeto a unos plazos que habrá que cumplir si no nos queremos volver a arriesgar.
Cuánto dura el pollo en la nevera y el congelador
Varias entidades especializadas en la salud de los alimentos, como la Administración de Medicamentos y Alimentos de Estados Unidos o el Departamento de Agricultura del mismo país, han dejado muy claro que el tiempo máximo que puede permanecer es uno o dos días, siempre y cuando permanezca a una temperatura de uno o dos grados. Esto es algo que en general se aplica a todas las aves crudas que conservamos en nuestros frigoríficos. Si en vez de estar crudo está cocido, el rango aumenta a los 3 o 4 días.
En el congelador, en cambio, el plazo se estira mucho más. Y es que el pollo crudo puede durar hasta nueve meses a una temperatura inferior a cero grados si está troceado, e incluso un año si está entero. Aquí la relación con lo cocinado se invierte, puesto que si lo hemos cocido, su duración en el congelador de entre 2 y 6 meses.
Como se puede apreciar, a menos que llevemos una nutrición planificada que sigamos al pie de la letra es probable que, tarde o temprano, nos encontremos en un momento de duda frente a si lo que nos íbamos a comer está malo o no. En este sentido, la fecha de caducidad siempre es una muy buena guía que podemos seguir, al igual que cambios en el color del animal. También el olor ácido suele ser una característica fiable a la hora de procurarse en salud, así como la textura, que se vuelve más viscosa cuando la carne empieza a estar en mal estado.
Los peligros de comer pollo contaminado
Cuando nos enfermamos a causa de algo que hemos comido decimos que hemos sufrido una intoxicación alimentaria. De igual forma, si el pollo se echa a perder, es muy probable que pueda causarnos un problema así. La carne ya viene con una importante cantidad de bacterias en su superficie, y es cuando se cocina bien que estas desaparecen en su mayoría.
Sin embargo, si antes de someterla a estas altas temperaturas el pollo ya estaba contaminado, aunque ya no queden estos seres vivos que la habían poblado sí que restan las toxinas que dejaron a su paso, lo cual puede ser también sinónimo de intoxicación y todo lo que ello conlleva: fiebre, debilidad, diarreas, vómitos, nauseas, sangrado en las heces y deshidratación. Si no se trata adecuadamente, puede ser incluso causa de ser ingresados en un hospital o de acabar muriendo allí.
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