
La nueva película de Paul Thomas Anderson, Una batalla tras otra, no se basa en una historia real, pero algunas de sus escenas tienen raíces profundas en el mundo contemporáneo. Entre los elementos más llamativos del filme se encuentran unas monjas poco convencionales que cultivan marihuana, un detalle que el director tomó directamente de un grupo auténtico: Las Hermanas del Valle, un colectivo que ha ganado notoriedad mundial por combinar espiritualidad y activismo cannábico.
Un filme ambicioso con tintes sociales
Una batalla tras otra, que se estrenó el 26 de septiembre de 2025, tiene una duración de 2 horas y 42 minutos y está protagonizada por Leonardo DiCaprio, Benicio Del Toro y Teyana Taylor. La cinta se inspira libremente en el libro Vineland de Thomas Pynchon y sigue la historia de Bob Ferguson, un exrevolucionario venido a menos que debe regresar a la lucha cuando su hija desaparece misteriosamente.
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En su viaje, la joven Willa es rescatada por una mujer llamada Deandra, quien la lleva a un lugar insólito: un convento donde las monjas cultivan cannabis. Lo que podría parecer un detalle excéntrico del guion, en realidad está anclado en una referencia real: Las Hermanas del Valle, un grupo de mujeres que desde hace más de una década combinan la estética monástica con la producción de marihuana medicinal.

Quiénes son Las Hermanas del Valle
El colectivo Las Hermanas del Valle nació en 2014 en Merced, California, fundado por Sister Kate Meeusen, una exempresaria que decidió dedicarse a promover los usos terapéuticos del cannabis. Aunque no tienen ninguna relación con instituciones religiosas ni pertenecen a una orden reconocida, las integrantes del grupo visten hábitos similares a los de las monjas católicas y siguen los ciclos lunares para decidir cuándo plantar, cosechar y procesar la marihuana.
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Su filosofía combina el activismo feminista, la autosuficiencia económica y una espiritualidad que toma elementos del cristianismo y del neopaganismo. Las hermanas cultivan y procesan la planta para elaborar aceites, ungüentos y tinturas de CBD, productos que comercializan de forma legal en los estados donde el consumo de marihuana está permitido.
Con el tiempo, el proyecto se transformó en una empresa millonaria con presencia internacional. Además de su base en California, existen grupos afiliados en Nueva York y México, lo que refleja la expansión del movimiento y el creciente interés por el uso del cannabis con fines terapéuticos.
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De la vida real a la gran pantalla
La conexión entre el colectivo y la película se confirmó cuando Las Hermanas del Valle compartieron en su cuenta de Instagram varias imágenes del rodaje. En una publicación, expresaron su entusiasmo por participar en la obra de Anderson: “Un gran honor y agradecidas de haber sido invitadas a formar parte de esta obra maestra, una película que define nuestro tiempo. Una obra que resonará hoy y en las próximas décadas. No podríamos estar más orgullosas de su mensaje, su legado y todo lo que representa”, escribieron.
El propio equipo de producción reconoció la influencia directa de las hermanas en el diseño del filme. Florencia Martin, diseñadora de producción de Una batalla tras otra, explicó a Variety que el colectivo fue esencial para construir el hogar de las Sisters of the Brave Beaver, el grupo ficticio de monjas que aparece en la película. “No se ve realmente, pero tenían una gran sección de cultivo de marihuana en el convento”, comentó Martin.
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Las escenas ambientadas en el convento se rodaron en La Misión La Purísima Concepción, un complejo histórico de una misión católica española en Lompoc, California, que aún se conserva en pie y aportó autenticidad visual al universo espiritual y rebelde que Anderson quiso retratar.

Una comunidad contracultural y autosuficiente
La visión que Anderson plasma en pantalla coincide con la filosofía de las verdaderas Hermanas del Valle. Lejos de ser un convento de clausura, el grupo funciona como una cooperativa autosuficiente. Cada miembro participa en la siembra, producción y venta de los productos derivados del cannabis, promoviendo así una economía comunitaria y alternativa.
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Su activismo también ha sido político. Las hermanas han participado en campañas para reformar las leyes del cannabis en Estados Unidos y en la defensa de los derechos de los pequeños productores frente a la industria farmacéutica. Su mensaje, al igual que la película de Anderson, busca cuestionar las estructuras de poder y visibilizar a las comunidades que operan fuera del sistema tradicional.
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