
El impacto del hambre y la obesidad en El Salvador representa un costo superior a los 2,500 millones de dólares, cantidad que equivale a casi una décima parte del producto interno bruto.
Este dato resume no solo la magnitud del fenómeno sanitario y social en el país, sino también la urgencia de transformaciones estructurales, según el estudio publicado por el Programa Mundial de Alimentos en colaboración con la Comisión Económica para América Latina y otras organizaciones, citado por Noticias ONU.
Entre las consecuencias más graves, la pérdida de productividad debido al absentismo laboral y la muerte prematura por malnutrición han sumado cerca de 49.8 millones de dólares, y las enfermedades relacionadas con la obesidad representan el mayor peso sobre el gasto social en salud.
La coexistencia de desnutrición y obesidad, llamada doble carga de la malnutrición, se ha afianzado durante más de una década en la sociedad salvadoreña.
Este fenómeno afecta desproporcionadamente a las poblaciones más pobres, contribuyendo a la desigualdad y generando condiciones de vulnerabilidad persistente, explicó Herve Verhossel, portavoz del PMA, a Noticias ONU.
Actualmente, uno de cada seis niños sufre desnutrición crónica, mientras que seis de cada diez adultos presentan sobrepeso u obesidad, situaciones que limitan las posibilidades de desarrollo del país.

La prevalencia y el aumento del sobrepeso y la obesidad no son exclusivos de El Salvador.
De acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud, en 2022 más de 2,500 millones de adultos tenían sobrepeso y 890 millones eran obesos, lo que representa el 43% de la población adulta global con exceso de peso y el 16% con obesidad. Comparado con 1990, la obesidad en adultos se ha duplicado, y entre adolescentes ha llegado a cuadruplicarse.
En ese mismo año, más de 390 millones de niños y adolescentes de cinco a 19 años tenían sobrepeso, de los cuales 160 millones eran obesos. Solo en 2024, el sobrepeso afectaba a 35 millones de niños menores de cinco años.
La obesidad como enfermedad crónica
La OMS define la obesidad como una enfermedad crónica que implica un alto riesgo de recaídas y que obedece a la interacción de factores genéticos, biológicos, ambientales y sociales.
El aumento de este problema global se atribuye al crecimiento de la seguridad alimentaria y los cambios en los patrones de alimentación y estilo de vida propiciados por los sistemas alimentarios industrializados.
En los países de ingresos bajos y medios, que antes enfrentaban principalmente desnutrición y enfermedades infecciosas, la doble carga de la malnutrición se ha extendido rápidamente.
Niños y adolescentes están expuestos a alimentos ultraprocesados de bajo costo, ricos en energía pero pobres en nutrientes, lo que agrava el sobrepeso y la obesidad, al tiempo que las carencias nutricionales persisten.
El informe del Programa Mundial de Alimentos y las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud coinciden en la necesidad de combinar estrategias de salud pública, educación y regulación de los alimentos industrializados. Proponen la creación de entornos alimentarios saludables, la promoción de estilos de vida activos y la implementación de intervenciones específicas desde la infancia.

Escuelas saludables
La estrategia Crecer y Aprender Saludables en El Salvador, por ejemplo, integra acciones conjuntas de los Ministerios de Salud y Educación orientadas a la formación de docentes y cuidadores, la vigilancia de ambientes escolares seguros, el fomento de la actividad física y la atención médica preventiva integral.
Las escuelas saludables de El Salvador aplican una restricción estricta sobre la venta de productos ultraprocesados, bebidas azucaradas y comida con alto contenido de grasa, sodio y azúcar, de acuerdo con la normativa de los Ministerios de Educación y Salud.

El objetivo central de esta medida es combatir la obesidad infantil y promover hábitos alimenticios adecuados desde temprana edad. Como medida inmediata, se prioriza la oferta de frutas frescas, verduras, cereales integrales, sándwiches saludables, agua, agua de coco y jugos naturales sin azúcar.
Estas opciones buscan reemplazar los alimentos habitualmente disponibles en las tiendas escolares, fomentando el consumo saludable.
Productos prohibidos para vender
Entre los productos prohibidos se incluyen las gaseosas, bebidas energéticas, refrescos envasados, jugos con azúcar añadida y bebidas tipo “light”.
Además, está vetada la venta de papas fritas comerciales, galletas rellenas, golosinas, chocolates y botanas ultraprocesadas. La restricción abarca también la comida rápida alta en grasa, embutidos, sopas instantáneas, piezas como nuggets y preparaciones a base de manteca o margarina.
La normativa establece, además, la reducción significativa o eliminación de ciertos alimentos típicos como pupusas aceitosas, empanadas y pastelitos, reconociendo su aporte calórico y de grasas. También limita la presencia de pasteles, donas y pan dulce con altos niveles de azúcar en los establecimientos escolares.
En El Salvador, los datos de la Encuesta Nacional de Salud de 2021 revelan que, en áreas urbanas, el 8.3% de los menores de cinco años presentan sobrepeso y el 3% obesidad. El segmento más vulnerable corresponde a niños de dos a casi tres años, y los valores más altos de obesidad se concentran entre los cuatro y cinco años, cuando alcanza el 4.5% en este grupo etario.
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