En la primaria se enseñan herramientas que los chicos van a necesitar durante toda su vida escolar. Sin embargo, quienes se preparan para dar clases en ese nivel tienen poco tiempo de formación específica en matemática: esa materia ocupa apenas el “8,8% del tiempo” de los profesorados de primaria en Argentina.
El dato aparece en un contexto de bajos aprendizajes, contenidos que se van demorando y dificultades que muchos alumnos llevan a la secundaria y, más tarde, a la universidad.
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Sol Alzú, Analista de Datos y Política Educativa de Argentinos por la Educación, explicó en Infobae A las Nueve que el problema está en la distancia entre lo que un futuro maestro necesita saber y las horas que tiene para aprenderlo.
“La mayor parte se dedica a la didáctica de la matemática”, señaló. Es decir, se trabaja mucho sobre cómo enseñar, pero queda menos tiempo para profundizar los contenidos que después deberán explicar en el aula.

La formación docente deja poco tiempo para aprender matemática en profundidad
Alzú sostuvo que esa carga horaria debe analizarse junto con el punto de partida de los estudiantes que ingresan a los profesorados. Muchos llegan con dificultades en matemática y la carrera no siempre exige un examen de ingreso ni una instancia obligatoria para nivelar conocimientos.
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Durante la formación, el reto no pasa solo por aprender a preparar una clase. “Menos de la mitad del tiempo” puede destinarse al conocimiento específico de la materia, advirtió. Para enseñar fracciones, proporcionalidad u otros temas, un docente necesita comprenderlos bien, detectar errores y responder preguntas que pueden aparecer fuera de lo planificado.
La matemática no se limita a hacer cuentas. También sirve para relacionar datos, resolver problemas y comprender contenidos de otras materias. Para Alzú, su impacto se extiende fuera de la escuela.
“Es un gran predictor del salario”, afirmó al hablar de la relación entre el desempeño en matemática, la continuidad de los estudios y las posibilidades laborales. También indicó que los alumnos con mejores resultados en esta área suelen rendir mejor en lectura y ciencias, aunque esa relación no siempre se da a la inversa.
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Las condiciones del aula también definen qué y cómo se enseña
En las escuelas se usan métodos distintos. Algunos parten de una consigna y muestran una serie de pasos para resolverla. Otros proponen que los estudiantes busquen su propia estrategia y expliquen por qué eligieron sumar, multiplicar o usar otra operación.
El primer enfoque ayuda a aprender procedimientos y a automatizar cálculos básicos. El segundo apunta a que los alumnos entiendan lo que hacen. Alzú planteó que llegar al resultado correcto no siempre alcanza: la dificultad aparece cuando un chico tiene que decidir qué operación necesita frente a un problema nuevo.
Pero la estrategia que elige un maestro no depende solamente de una decisión pedagógica. Los cursos numerosos, los problemas de convivencia y la dificultad para acompañar a cada alumno cambian el trabajo diario.
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“Muchas veces se hace lo que se puede”, resumió Alzú. En esas condiciones, el trabajo en grupos y el seguimiento individual quedan más acotados. También puede ocurrir que algunos temas previstos para el año se posterguen o no lleguen a darse antes de que termine el ciclo lectivo.

Esa demora se nota en los niveles siguientes. Los contenidos que no se aprendieron se acumulan y muchos jóvenes ingresan a la universidad con una preparación menor a la que necesitan las carreras.
Alzú vinculó ese recorrido con las evaluaciones internacionales. “Ocho de cada diez chicos no alcanzaban los contenidos mínimos necesarios”, dijo sobre los estudiantes argentinos de 15 años que rindieron PISA. En primaria, agregó, cerca del 45% de los alumnos no logra los aprendizajes esperados, lo que muestra que las dificultades aparecen bastante antes de la universidad.
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Las provincias enseñan los contenidos en años diferentes
En Argentina existen los núcleos de aprendizaje prioritarios, que indican qué temas se deben trabajar en cada grado. Sin embargo, no todas las provincias los organizan del mismo modo. La multiplicación y la división de fracciones, por ejemplo, deberían enseñarse en cuarto o quinto grado, según explicó Alzú. En algunas jurisdicciones se ven más tarde y en otras recién aparecen en la secundaria.
“Hay una diferencia enorme”, afirmó. Esa desigualdad marca el punto de partida con el que los alumnos llegan al secundario y luego a la educación superior.

Una pregunta de PISA 2022 refleja parte de ese problema. El ejercicio pedía calcular la distancia entre Neptuno y el Sol a partir de una equivalencia entre una unidad astronómica y kilómetros. Alcanzaba con aplicar una regla de tres simple.
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“Solamente el 27% de los alumnos de Argentina podía responder a esta pregunta”, señaló Alzú al referirse al nivel mínimo que mide la prueba. La analista aclaró que algunos estudiantes pueden hacer una multiplicación si la consigna lo indica de forma directa, pero tienen dificultades cuando deben decidir solos qué operación usar.
Las brechas también aparecen entre mujeres y varones, sobre todo en matemática y en carreras vinculadas con la informática o las ingenierías. “No hay diferencia en una primera instancia en el rendimiento”, sostuvo Alzú.
Según explicó, al comienzo de la escolaridad no hay una distancia natural de capacidad. La diferencia surge después, a medida que influyen las expectativas de las familias, las escuelas y la sociedad, que muchas veces orientan a las alumnas hacia otras áreas.
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“Una cuestión más bien cultural”, definió. A eso sumó la ansiedad ante los exámenes: según indicó, PISA registra altos niveles de tensión entre los estudiantes cuando tienen que resolver ejercicios.
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