
Hay una escena que se repite en escuelas, universidades, organizaciones, empresas de distintos países, con distintos tamaños de presupuesto: la dirección aprueba una partida para licencias de IA, los docentes y los empleados reciben acceso a la herramienta, y tres meses después nadie sabe bien qué hacer con ella ni cómo medir si sirvió de algo.
Moreno es CEO y Chief AI Officer de COMPLIA, y autor del Modelo COMPLIA de IA Responsable —un sistema de gestión para integrar la inteligencia artificial dentro de estructuras formales de cumplimiento, ética y gobernanza—. Tiene un máster en Sistemas de IA, certificaciones de IBM, Microsoft, Google y Oxford, y forma parte del Consejo Latinoamericano de Ética en Tecnología. Pero más que los títulos, lo que define su mirada es la convicción de que la tecnología, por sí sola, no resuelve nada.
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“Cuando no hay una estrategia de cómo adoptar la IA, definitivamente no hay retorno de inversión”, dice en diálogo con Ticmas. Y continúa: “Las instituciones adoptan licencias, las pagan para sus empleados, y lo que sucede es que se va con la moda: ‘veamos cómo lo podemos capitalizar’. Ese ‘veamos’ es el problema”.

La IA como commodity
A primera vista suena a optimismo: la inteligencia artificial se va a convertir en un commodity, dice Jaime. Algo tan disponible y cotidiano como el acceso a Internet. Está en los celulares, hay versiones gratuitas, forma parte del paisaje tecnológico de millones de personas.
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Pero aclara: commodity no significa democratización real. Las mejores herramientas siguen siendo pagas. Hay comunidades enteras sin acceso a un smartphone. Y sobre todo: tener acceso no es lo mismo que saber qué hacer con eso.
“Imagina que abres una cafetería que solo vende cafés. Con el tiempo te das cuenta de que la gente también pide té. Con la IA pasa algo parecido: cuando hacés bien el análisis de tu negocio, te das cuenta de que a veces la solución no es la inteligencia artificial. A veces es un cambio organizacional. A veces es simplemente una mejor gestión del tiempo”.
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Otra cosa que distingue a Moreno de cierta corriente del discurso tecnológico es que no trata la IA como si hubiera caído del cielo en 2022. Cuando se le pregunta por el origen de todo esto, su respuesta es casi arqueológica y menciona el sistema T9 de predicción de texto que traían los celulares antes de los smartphones. Eso ya era IA, aunque nadie lo llamara así. “En algún momento me preguntaban qué es la inteligencia artificial, y yo decía: es esto a lo que le pusimos nombre de algo que ya existía”.

Educación: el docente como orquestador
Jaime Moreno tiene vínculos con el mundo universitario y con organizaciones del tercer sector, y desde ahí observa “una transición fuertísima”, aunque las estadísticas sobre el impacto de la IA en la educación superior todavía sean incipientes.
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Pero ya hay dos cosas claras. La primera: los docentes tienen que dejar de resistirse a la tecnología y convertirse en lo que él llama arquitectos u orquestadores —figuras que no solo saben usar herramientas, sino que saben cuándo usarlas, para qué y con qué límites—. La segunda: los estudiantes necesitan guía. Ni prohibición ni permisividad sin criterio: guía hacia una adopción responsable.
Esa misma lógica, la de pensar antes de adoptar, se aplica para Moreno a cualquier tipo de organización. Lo que propone, en el fondo, es un cambio de postura. Pasar de organizaciones que reaccionan ante cada novedad tecnológica a organizaciones que gestionan la IA con criterio, con marcos, con capacidad de medir lo que hacen y de corregir cuando algo falla.
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No es un discurso anti-tecnológico. Es casi lo contrario: es tomarse la tecnología en serio, lo suficiente como para no dejársela a la moda.
Su propósito, el que repite con la convicción de alguien que lo ha construido con trabajo propio, es transformar la inteligencia artificial en una ventaja competitiva responsable, ética y confiable.
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