La ciencia en ficción, o cómo la literatura puede ser un canal para difundir los saberes científicos

Diego Golombek y Patricio Zunini participaron en el ciclo “Dejar una huella” en el Concejo Deliberante de Tigre

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Diego Golombek
Diego Golombek es profesor universitario e investigador de CONICET (Foto: Movant Connection)

El ciclo “Dejar una huella” se realiza cada mes en el Concejo Deliberante de Tigre. La invitación es a encontrarse con alguien que tiene algo para decir: una conversación abierta, una sala dispuesta a escuchar. El ciclo —dirigido por Julia Martín— apuesta por el diálogo como forma de pensamiento, la conversación como una forma de dejar marca.

Con la presencia de Adriana Valdez, secretaria de Educación del municipio, la charla de este mes estuvo dedicada al cruce entre ciencia y literatura, y participaron Diego Golombek y Patricio Zunini. Ante un salón lleno de público entusiasta, la conversación entrelazó ciencia y ficción: cómo una novela puede incorporar datos científicos sin caer en tecnicismos, qué sucede cuando el relato exige precisión sin sacrificar ritmo.

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Durante poco más de hora, el recorrido siguió lecturas, películas, teorías científicas, episodios de la historia de la ciencia y la epistemología, siempre con el foco puesto en el modo en que esos elementos pueden integrarse en una narración. “No es lo mismo decir ‘ciencia y ficción’, que decir ‘ciencia en la ficción’”, explicó Golombek al comienzo. “Esa preposición no es menor. Lo que está en juego es cómo se produce el cruce, cómo se sostiene, cómo se convierte en una forma de contar”.

La frase ordenó buena parte de lo que vino después: la ciencia no aparece en la literatura solo como un dato. Puede ser un marco, una excusa, una textura o incluso un personaje. Puede aparecer con naturalidad —o con torpeza—. Lo que importa es que sea verosímil. “Cuando un dato científico está bien puesto en una ficción, no te saca del relato. Al contrario: te mete más adentro. Te hace creer que eso que leés es posible.”

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Mary Shelly y Frankenstein
Mary Shelly y Frankenstein

El ejemplo de Frankenstein fue inmediato. Mary Shelley sitúa el origen del monstruo en la electricidad. En la novela —igual que en las películas— un rayo cae sobre el cuerpo inerte y lo anima. Esa decisión, explicó Golombek, no es caprichosa: Shelley había leído a Galvani, había asistido a presentaciones públicas donde se mostraban experimentos eléctricos, había visto cómo una descarga podía hacer contraer un músculo. “No es trivial que el monstruo cobre vida por un rayo. Eso tiene un sustento. Y ese sustento vuelve más potente a la ficción.”

En ese punto, Zunini llevó la charla hacia un tema que atravesó todo el encuentro: cómo se construye verosimilitud. Mencionó cómo en Los pichiciegos, Fogwill incorpora el detalle técnico de un avión que retrocede después de lanzar un misil. Es un dato “minúsculo,” pero que para alguien que conoce de aviación refuerza toda la trama. “Ese tipo de detalles no están ahí por acumulación”, dijo Golombek. “Están ahí porque sostienen. Le dan espesor al mundo que se está contando.”

La conversación fue ramificándose hacia ejemplos más recientes: Sábado, de Ian McEwan, con su operación neuroquirúrgica contada con precisión casi clínica. Las novelas de Guillermo Martínez, donde la matemática se convierte en estructura narrativa. Las de Rosa Montero, donde lo científico opera como eje argumental. Las de Jorge Volpi, que pueden ser leídas como thrillers pero también como reconstrucciones históricas sobre física nuclear. Y las de Benjamín Labatut, que en los últimos años volvió a poner en primer plano una literatura de ideas.

Benjamín Labatut portada
Benjamin Labatut y su novela "Maniac", que explora los efectos de la IA

“El problema es cuando la ciencia se mete por la ventana”, señaló Golombek. “Cuando aparece como si uno hubiera buscado en Wikipedia y copiado. La ciencia puede estar al servicio de una historia sin desbordarla. Si está bien usada, no frena la lectura. Le da densidad”. Entre las ideas más potentes que aparecieron estuvo la de “ciencia de contrabando”. Golombek la explicó con claridad: “Si vos decís ‘te voy a hablar de ciencia’, el lector o el espectador se cierra. Pero si hablás de fútbol, de cocina, de amor, y en medio aparece la ciencia, funciona. La ciencia entra cuando no se la espera. Cuando no se anuncia.”

El diálogo exploró cómo contar la ciencia sin achatarla, cómo evitar que la literatura se vuelva un vehículo didáctico, cómo se sostiene la curiosidad sin transformar al narrador en un profesor. Golombek, que además de científico es dramaturgo y divulgador, lo resumió así: “Contar ciencia es contar una historia. Si no hay historia, no hay forma. Y si no hay disfrute, no hay lector”.

La charla también tocó otras formas narrativas. El teatro, por ejemplo. Mencionaron la obra Copenhague, donde Heisenberg y Bohr conversan en la posguerra sobre decisiones que marcaron el curso del siglo XX. “El teatro puede corporizar una idea científica. Puede ponerla en cuerpo, en gesto, en voz. No la explica: la encarna. Y eso es irremplazable”. Y la poesía, claro. No como género menor, sino como modo de mirar. Zunini trajo a Bachelard y a Luis Sagasti. Golombek citó a Paul Dirac, Nobel de Física y poeta aficionado (“En ciencia, se intenta contar, de forma que todos lo entiendan, algo que nadie sabía antes; en la poesía, es justo lo contrario”), y mencionó a Juan Ramón Jiménez, a Ernesto Cardenal, a Edgar Allan Poe. “Entender algo científicamente no le quita belleza. Le da otra belleza. Una belleza que también emociona”, dijo.

Patricio Zunini, Julia Martín y Diego Golombek
Patricio Zunini, Julia Martín y Diego Golombek

Hacia el final, la charla entró en los momentos eureka y el ejemplo de August Kekulé, que, soñando con la serpiente que se muerde la cola, y formuló la estructura del benceno. Golombek matizó el entusiasmo con una frase de Pasteur: “La inspiración solo favorece a las mentes preparadas”. El hallazgo puede venir en un sueño, sí, pero si no hubo trabajo antes, no hay forma de interpretarlo.

El cierre de la charla fue con un espacio de preguntas del público: se habló de cómo la ficción interviene en el imaginario científico, de cómo la ciencia necesita del lenguaje tanto como de los laboratorios, y de cómo la ficción —cuando se anima a usar esos recursos— puede llegar más lejos, más hondo, más exacto.

Golombek tiene una forma particular de hablar de ciencia: evita los tecnicismos, no compite con nadie, no cita para deslumbrar. Todo lo que dice está al servicio de una idea. Y cada idea se articula con una historia, una escena, una imagen. Por eso se lo escucha con atención. Porque no da respuestas rápidas. Porque no busca explicar: busca comprender.

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