
Alain Supiot es un reconocido jurista y filósofo francés, profesor del Collège de France y de la Universidad de Nantes, que ha sido miembro de varias comisiones nacionales e internacionales sobre derecho y justicia social. Uno de sus trabajos más recientes acaba de ser traducido al español: El trabajo ya no es lo que fue: cómo pensarlo de nuevo en un mundo que cambió (y que nos tiene desconcertados), que salió por Siglo XXI, se centra en el impacto de la revolución digital y la crisis ecológica en la organización del trabajo.
En este texto, señala que esta era es comparable a la Revolución Industrial, y que, a medida que las máquinas y los algoritmos desplazan cada vez más a los trabajadores, es crucial preguntarse cómo se definirá el trabajo en un futuro próximo.
Según Supiot, la transferencia de tareas a las máquinas significa que el futuro del trabajo radica en el “trabajo creativo”. Es decir, en ocupaciones que requieren creatividad y pensamiento crítico.

Con una crítica planteada desde la izquierda francesa tradicional pero no dogmática, Subiot cuestiona el neoliberalismo y la gobernanza basada en números que predomina en muchas áreas de trabajo y de la investigación científica. Considerar al trabajo como una mercancía, dice, impone una relación en donde “la explotación del trabajo ya no se basa sobre la promesa de un enriquecimiento, sino sobre la amenaza del desclasamiento, de la pobreza y de la indigencia”, pero dado que “la reducción de las relaciones humanas a operaciones de cálculo de utilidad e interés solo puede llevar a la violencia”, es crucial entender una nueva forma del trabajo para lograr una sociedad más pacífica y justa.
En esta relación es necesario abordar el problema de la ciencia: la investigación solo puede desarrollarse libremente si tiene un entorno sin ostáculos políticos, ideológicos, religiosos ni económicos. Está claro —”es obvio”— que el científico debe recibir una remuneración.
La cuestión de fondo, dice Supiot, es asumir si el dinero que reciben es el medio o el fin. En otras palabras, el problema es determinar si el trabajo de los investigadores puede ser tratado como una mercancía. O mejor: cómo evitar caer en esa categoría “ficticia”. Para él está claro que la tarea académica requiere un enfoque basado en los “valores aristocráticos cultivados por el mundo científico desde el siglo XVII: desinterés, imparcialidad, compromiso con el servicio del bien público”.
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