
Primero, una digresión: hay un bellísimo libro de Ella Sanders que se llama Lost in translation —como la película de Sofia Coppola— en el que recoge una serie de palabras intraducibles, como saudade, en portugués, que se refiere al deseo por algo que alguna vez quisimos y perdimos, o mangata, que para los suecos es el reflejo de la luna en el agua, o komorebi, que en japónes significa el juego de luces y sombras que hace el sol cuando se filtra entre los árboles.
¿No es eso, en un punto, la educación: la vocación por traducir lo intraducible, por extender la mirada hacia nuevos mundos y realidades, por conocer, reconocer y reconocerse?
Ikigai es uno de esos términos que no tienen traducción literal. Es un concepto japonés que puede definirse como aquello que hace que la vida valga la pena para ser vivida. Y es también el nombre del nuevísimo colegio que se inauguró hace apenas semanas en el Estado de México. El Ikigai tiene la misión de acompañar a que cada estudiante encuentre su pasión en la vida con una experiencia de aprendizaje única.

Bajo la dirección de John Kelly —Head of School & Technology Teacher—, unos 70 chicos se distribuyen entre el kínder y la primaria, en clases de no más de doce alumnos. La intención es crecer, pero no mucho más: el Ikigai apunta a ser una escuela boutique, ya que entiende que el eje prioritario está en la personalización de la educación. La trayectoria de Kelly merece, por sí misma, una mención especial. Es un docente británico con dos décadas de trayectoria, que trabajó en China, Colombia y México. Hasta que fundó el Ikigai dirigía el Thomas Jefferson.
Con una apuesta disruptiva y novedosa en cuanto al uso de la tecnología, el Ikigai tiene un modelo híbrido que va del metaverso a la presencialidad. De hecho, los estudiantes están en contacto directo con la institución australiana Edumetaverse a través de la aplicación Framevr, donde los niños de cada país socializan sus aprendizajes. La tecnología, parecen decir, está imbricada en nuestra vida y la educación no puede quedar al margen. Por eso, no solo hay una gran cantidad de objetos tecnológicos con función pedagógica —como tabletas, computadoras de gaming y gafas de realidad aumentada— sino que usan varias soluciones informáticas para abordar las distintas disciplinas y la comunicación con las familias.
El colegio organiza su modelo de enseñanza en torno al Aprendizaje Basado en Proyectos. Esta metodología permite un abordaje más profundo de los saberes, con prácticas situadas y contextualizadas en las problemáticas de los estudiantes, quienes, como protagonistas, desarrollan habilidades como el trabajo en equipo, la resolución de problemas, etc. Los estudiantes cumplen, así, un ciclo de aprendizaje de ocho semanas y utilizan el módulo de ABP que diseñó la experiencia educativa Ticmas. La intención es que todas las materias se puedan trabajar con la metodología de ABP.

Se decidieron por Ticmas, explica Kelly, porque es una plataforma fácil e intuitiva, que les va a dar soporte a los docentes en su trabajo con las “4C”: creatividad, comunicación, colaboración y pensamiento crítico. Ticmas, además, tiene la cualidad de responder con eficacia a los requerimientos de la reforma educativa que impulsó la Secretaría de Educación Pública.
Un rasgo más de la educación disruptiva que propone el Ikigai es que los estudiantes no van a tener exámenes cuantitativos periódicas, sino que se les dará un feedback cualitativo. Aquí de nuevo Ticmas aparece como un aliado: con las rúbricas y dianas competenciales se puede seguir la evaluación continua, pero también generar los reportes trimestrales que pide la SEP.
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