
Durante siglos el espectáculo del cielo ha maravillado a la humanidad. El Sol se ha convertido en la máxima deidad de muchas culturas, los planetas eran hados del destino, los eclipses batallas estelares. La astronomía no solo determinó religiones pretéritas: la idea de la Tierra como centro del universo fue una verdad a la que el cristianismo le dio estatus de dogma y aún hoy la estructura del Cielo y el infierno, aunque metafórica, responde, en buena medida, a eso. El firmamento nos desafía, nos empequeñece, nos hace creer que hay algo más.
De todos los cuerpos celestes, tal vez los más misteriosos sean los cometas. Hasta no hace mucho, su presencia genera terror en la gente. En 1910 —bien entrado ya el siglo XX—, la llegada del cometa Halley fue cubierta por los medios que anunciaban la catástrofe. “El cometa Halley podría acabar con la vida en la Tierra”, decían. Mucha gente vivió ese tiempo entre el caos y la desesperación. No podemos juzgarlos con demasiada dureza: por un lado, la teoría más aceptada dice que los dinosaurios se extinguieron por la caída de un asteroide —aunque no es lo mismo un asteroide que un cometa—; por otro lado, cada tanto Hollywood incita nuestros miedos con la promesa de un apocalipsis llegado desde el espacio.
Todavía hay mucho por conocer de los cometas y las sucesivas misiones de exploración han dado nuevos saberes. Sin embargo, ya desde el siglo XVIII se sabía que los comentas mantienen órbitas regulares alrededor del sol, que, en general, son muy alargadas. Hoy la ciencia puede predecir con certeza cuándo y cómo aparecerán, cuánto tiempo se los verá, y también de qué está compuesta su cola. Su cola o su caballera: la palabra “cometa” deriva de otra latina que significa “cabello”. Los hombres de la antigüedad veían en ese pelo desordenado el dolor de una mujer que presagiaba desastres.

En 1950, el astrónomo holandés Jan H. Oort señaló el origen de los cometas. Oort, que entre sus grandes logros cuenta con haber logrado determinar el centro de la Vía Láctea a 30.000 años luz de la Tierra, sugirió que alrededor del sistema solar habría una gran nube de miles de millones de planetoides —”la nube de Oort”—, de la que, cada tanto, debido a la atracción gravitatoria de las estrellas más próximas, alguno de ellos vería frenado su movimiento orbital y comenzaría a precipitarse hacia el Sol. De ahí en adelante conservaría la nueva órbita y constituiría la clase de objeto que nosotros llamamos cometa.
Más o menos por ese entonces, el astrónomo norteamericano Fred Whipple señaló que los cometas estaban compuestos principalmente por sustancias de bajo punto de ebullición como el amoníaco y el metano, incluyendo en su interior granos de material rocoso. Mientras el cometa está en la nube de Oort, el amoníaco, el metano y las demás sustancias permanecen congeladas. Pero al entrar en las regiones interiores del sistema solar, el calor cada vez mayor que recibe del Sol hace que sus hielos comiencen a evaporarse. Las partículas rocosas atrapadas en la capa de hielo superficial quedan libres y eso hace que el núcleo del cometa quede rodeado por una nube de polvo y vapor.
Pero además del calor, recibe también el viento solar —que son las partículas subatómicas que emergen del Sol en todas direcciones—, que ejerce una fuerza superior a la propia atracción gravitatoria del cometa y empuja a la nube de polvo y vapor hacia afuera del núcleo. Cuanto más cerca del Sol está el cometa con más intensidad lo recibe y, por lo tanto, más larga es la cola. No deja de ser bellamente poético que lo que vemos de un cometa sea, en realidad, su cabellera despeinada por el viento.
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