
La Historia se ocupa de los grandes hechos: guerras, migraciones, descubrimientos. Pero no sólo de eso. Mientras una parte de los académicos mira esos sucesos, otros se ocupa de cuestiones aparentemente menores pero que, en realidad son igual de significativas: la vida cotidiana. O tal vez hay que decir que el hecho más grande de la Historia está compuesto, en realidad, por las miles y millones de historias mínimas que la conforman.
En los últimos siglos, la dificultad para reconstruir el presente histórico se puede resolver con la literatura. La novela es el género del presente perpetuo, la foto del instante. París se cuenta con los ojos Flaubert, de la misma manera que Londres con los de Dickens y Buenos Aires con los de Esteban Echeverría. Pero cómo ir más allá en el tiempo y, en lugar de 200 años, retroceder 2.000.
En el excelente libro Roma, Un día hace 2.000 años (colección Crítica de la ed. Paidós), Germán Moldes aborda una investigación asombrosa con la que consigue reconstruir con una precisión sorprendente cómo era la moda, el sexo, la muerte y hasta la composición de los barrios de la ciudad capital del imperio más grande de la historia.
Santiago Kovadloff, hiperbólico, compara en el prólogo a Moldes con Pierre Grimal —el famoso autor del Diccionario de la mitología griega y romana—. “Es indudable”, dice Kovadloff, “que el entusiasmo del autor por aquello que nos cuenta nos contagia línea a línea. Y si bien es cierto que se trata de alguien que ya sabe de qué habla aún antes de escribir, no menos lo es que redescubre con emoción, a medida que lo narra, todo lo que sabe y nos dice. Y lo transmite. Y nos entusiasma. Es así como, en su compañía, resulta posible recorrer una infinidad de matices de ese día en la Roma de hace dos mil años”.
El “paseíto” que Moldes nos invita a recorrer comienza con la estética, el ocio, la vestimenta y el peinado, y sigue por las carreras y el circo, la religión, las relaciones, ¡el amor!, el sexo, la esclavitud, la prostitución, la muerte. “No sé ustedes”, escribe Moldes casi en el final, “pero yo lo he pasado bien, ha sido un lindo día. Hemos podido ver a los antiguos romanos más de cerca, alegrarnos con ellos en los momentos felices, como aquella fiesta en los tiempos de Domiciano que nos contó Estacio, y entristecernos en sus horas más aciagas, como los días del incendio que nos pintó Dion Casio”.
Lo más destacado del libro de Moldes es cómo, por un rato —por lo que dura la lectura y un poco más—, logra contar la historia viva de romanos. Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si no fueran tan distintos de nosotros.
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