Según PISA, hay más de dos años escolares de distancia entre los chicos pobres y ricos de Argentina

El sistema educativo no logra revertir el “efecto cuna”. Entre los alumnos de hogares de mayores y menores ingresos, se registraron 100 puntos de diferencia en lectura, matemática y ciencias. Para la OCDE, 40 puntos equivale a un ciclo lectivo

En la prueba se registraron 100 puntos de diferencia entre los chicos de familias de mayores y menores ingresos
En la prueba se registraron 100 puntos de diferencia entre los chicos de familias de mayores y menores ingresos
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Un día después de la presentación de PISA, ya con la marea más baja, los resultados empiezan a desmenuzarse. El diagnóstico de la educación argentina es contundente: los resultados son bajos en las tres materias evaluadas, en lectura, en matemática y en ciencias. Aunque, probablemente, la peor noticia esté en que, además, el sistema es muy desigual y no logra equiparar las disparidades de origen. Lo que los especialistas suelen llamar “efecto cuna”.

El nivel socioeconómico de las familias, una vez más, aparece como el mayor condicionante de los aprendizajes de los chicos. No es un fenómeno exclusivo de Argentina, pero sí acá la brecha se agiganta. Entre los alumnos de hogares pobres y ricos, hay un promedio de 100 puntos de diferencia. La OCDE, encargada de la evaluación, calcula que una diferencia de 40 puntos equivale a un ciclo lectivo. Es decir, se podría estimar que entre unos y otros hay dos años y medio de escuela de distancia pese a tener la misma edad.

La OCDE estima el contexto de cada estudiante a través del índice de nivel socioeconómico y cultural (ESCS, por sus siglas en inglés). Ese número se genera con distintos datos: nivel educativo y ocupación de los padres, y posesión de algunos bienes como cantidad de libros, computadora y otros recursos didácticos en el hogar. El promedio de ESCS ubica a Argentina en segundo lugar en la región, aunque muy lejos de Chile.

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Sin embargo, un informe que el Ministerio de Educación Nacional le encargó a la UBA muestra las profundas diferencias que se dan entre el cuartil 4 (más rico) y el cuartil 1 (más pobre). En lectura los chicos más aventajados lograron 454,9 puntos, mientras que los más vulnerables alcanzaron apenas 352,5. En matemática sucede lo mismo: 429,7 contra 332,3. Y en ciencias lo mismo: 456,2 contra 356,1.

“Lo más grave es que el sistema no está pudiendo revertir las desigualdades de origen. Argentina es uno de los países más desiguales en cuanto a aprendizajes”, dijo a Infobae Irene Kit, responsable pedagógica del informe.

“Razones hay muchas: las malas condiciones en las que están esas escuelas, la didáctica que no encuentra cómo enriquecer el poco capital cultural que trae el chico de la casa. Los chicos son esponjas y absorben incluso de las conversaciones que se dan en el ambiente familiar. Y los alumnos de escuelas estatales, en general, al único profesional que escuchan es a su profesor. Se va generando una imposibilidad de acceder a ese capital”, explicó.

En la misma línea, Melina Furman, doctora en educación y profesora de la Universidad de San Andrés, consideró: “La diferencia es muy grande, en tanto se considera que una diferencia de 40 puntos en PISA equivale a un año lectivo. La falta de mejora en los resultados de PISA en dos décadas habla de que el problema de los bajos aprendizajes es estructural. Los resultados nos dicen que tanto en lengua como en matemática como en ciencias la mayor parte de los alumnos argentinos no adquiere competencias básicas de comprensión, resolución de problemas y pensamiento crítico analítico en la escuela”.

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Más allá de las diferencias notorias, tampoco los estudiantes de hogares más prósperos son ajenos a la crisis educativa. PISA tiene siete niveles en lectura y ciencias, y seis en matemática. Eso equivale a la excelencia total y casi ningún estudiante lo alcanza. Del otro lado, el nivel 2 representa el umbral mínimo para desenvolverse.

La distancia es tan amplia según el nivel de ingresos familiar que el salto de un cuartil a otro los ubica en distintos niveles de desempeño. A partir del tercer cuartil, la mayoría se posiciona en el nivel 2, con excepción de matemática donde ese salto recién llega en el cuarto cuartil. Los alumnos más vulnerables, en promedio, están en el nivel 1 o por debajo. Es decir, sus conocimientos son básicos o ni siquiera.

Hay otro dato elocuente de la desigualdad nacional: el de los llamados “estudiantes resilientes”. Ellos son los chicos de hogares más pobres que logran posicionarse en el grupo de las mejores calificaciones del país. En Argentina solo el 1,9% de los estudiantes lo logra. Esa marca, en la región, solo está por encima de Perú (1,4%).

Por dónde empezar a revertirlo

Irene Kit planteó la necesidad de repensar el ciclo básico de la secundaria (los primeros tres años) como un ciclo alfabetizador, donde se refuerce la comprensión lectora y la producción oral. “Tiene que ser un ciclo muy orientado a la lectura porque es la puerta de entrada a aspectos del mundo global, en los que los chicos manifestaron interés en la prueba. La lectura es un soporte transversal de todo aprendizaje”, planteó.

Para Melina Furman, en primera medida habría que enfocar los mejores recursos en las escuelas más vulnerables: “Revertir esa brecha implica avanzar con una política activa de apoyo a las escuelas con mayores índices de vulnerabilidad: con incentivos para atraer a los mejores docentes, con capacitación sostenida a esos docentes y equipos directivos, con recursos materiales como libros y con programas de trabajo con las familias”, señaló.

Las dos especialistas coinciden en la importancia de leer y en que se necesita una política activa de reparto de libros, incluso por fuera de la currícula. En los cuestionarios complementarios, el 36% de los estudiantes manifestó leer por placer. No obstante, solo 2 de cada 10 se mostraron de acuerdo con la afirmación: “Leer es una pérdida de tiempo”. Es probable, entonces, que no falten ganas, sino libros.

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