Wolf1 y Wolf2 ya habían salido a patrullar sobre el mar de Irlanda en la mañana del 1 de julio cuando KRAKEN comenzó su misión, realizando círculos a baja altura frente a la costa de Dublín. Un avión que transportaba a Volodímir Zelensky, presidente de Ucrania, estaba en camino, y las tres aeronaves del Cuerpo Aéreo Irlandés no querían correr ningún riesgo. En diciembre pasado, durante una visita previa de Zelensky, se habían detectado cuatro o cinco drones grandes de “estilo militar” vulnerando una zona de exclusión aérea en la ruta de vuelo utilizada por su avión. Los oficiales a bordo de un buque de la armada irlandesa los rastrearon, pero no pudieron abrir fuego por temor a herir a civiles.
Esa incursión de drones fue una de las cientos registradas en toda Europa entre 2024 y 2025. Muchos ingresaron al espacio aéreo de instalaciones de defensa, incluida la principal base de submarinos de misiles balísticos de Francia y aeródromos militares en Gran Bretaña y Alemania. Otros causaron interrupciones en vuelos civiles. Los reportes sobre presencia de drones llevaron a las autoridades danesas a cerrar brevemente el principal aeropuerto del país, cerca de Copenhague, en septiembre. Aunque se sospecha de forma generalizada de la participación rusa, varias investigaciones oficiales resultaron inconclusas. En junio, la policía danesa cerró su investigación argumentando que no pudo confirmar la existencia de ningún dron, y mucho menos determinar quién los había enviado. Esto llamó poderosamente la atención: un informe de las fuerzas armadas danesas, publicado a principios de ese mismo mes, señalaba que tropas experimentadas habían identificado claramente y abierto fuego contra un dron que sobrevoló una base de entrenamiento.
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Ahora, una exhaustiva investigación sobre los avistamientos de drones, así como sobre la posición de barcos vinculados a Rusia en esos momentos, sugiere con fuerza que todos formaron parte de una campaña coordinada por el Kremlin. El informe fue publicado el 2 de julio por el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, por sus siglas en inglés), un centro de investigación europeo. Mientras que las indagaciones gubernamentales solo habían analizado las incursiones de drones dentro de sus propios países, “es recién cuando empiezas a observar el patrón general que entiendes que hay algo más que una simple coincidencia”, señala Charlie Edwards, exfuncionario de seguridad británico y uno de los autores del informe.

El IISS recopiló una lista de avistamientos entre agosto de 2024 y febrero de 2026 utilizando datos de ACLED (Armed Conflict Location & Event Data Project), un grupo de monitoreo. Luego, excluyó aquellos atribuidos a aficionados, operadores comerciales o derivaciones de la guerra en Ucrania. De los 144 incidentes restantes, casi la mitad ocurrieron sobre instalaciones de defensa y una cuarta parte sobre infraestructura nacional crítica, incluyendo puertos e instalaciones energéticas.
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Uno de los hallazgos más impactantes del informe es que probablemente se utilizaron barcos vinculados a Rusia para lanzar y recuperar los drones, en particular los grandes aparatos militares con motores a nafta que se divisaron en algunos de los incidentes. El documento sugiere que los drones podrían ser variantes del Orlan-10, utilizado intensamente por Rusia contra Ucrania, o del Merlin-VR, un dron de vigilancia que puede lanzarse mediante catapulta y recuperarse con paracaídas, lo que lo vuelve apto para operar desde un barco. Esta teoría se ve respaldada por un caso ocurrido en febrero de este año, cuando la armada sueca inhibió la señal de un dron que detectó despegando de un buque de espionaje ruso, el Zhigulevsk. Ese dron voló hacia el Charles de Gaulle, un portaaviones francés que estaba amarrado en Malmö, una ciudad portuaria sueca.
Un barco vinculado a Rusia fue visto merodeando frente a la costa irlandesa en diciembre pasado, durante la visita de Zelensky. Más preocupante aún fue la presencia de un buque no identificado en la bahía de Dublín casi al mismo tiempo. La embarcación, que no transmitía su posición ni su identidad como lo exigen las normas internacionales, solo pudo ser detectada por satélite. Eso explicaría por qué el Cuerpo Aéreo Irlandés patrullaba con tanto cuidado esta vez, para asegurarse de que ningún barco fantasma con capacidad de catapultar drones pasara desapercibido.
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