
La modificación en la modalidad de ajuste del techo de la banda cambiaria a partir de enero que anunció el Banco Central fue bien recibido por el mercado, en paralelo con la noticia del inicio del programa de acumulación de reservas. Sin embargo, también despertó dudas en relación a la continuidad del proceso de desinflación.
Este año la inflación nacional se ubicaría levemente por encima del 30%. La última estimación de los analistas que participan en el Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) es que en 2026 caerá al 20%, es decir una caída de 10 puntos. No obstante, muchos piensan que se trata de un supuesto demasiado optimista. Y seguramente en la próxima medición que se conocerá a principios de enero ese cálculo sería revisado levemente al alza.
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En el comunicado del Central que habla del inicio del proceso de remonetización de la economía, se indicó que “la programación monetaria definirá una trayectoria consistente para los agregados monetarios que permita compatibilizar el proceso de desinflación con la acumulación de reservas internacionales”.
Justamente, muchos observan que el orden de prioridades del Gobierno cambiará el año que viene en relación a lo que sucedió en 2025. Este año, con las necesidades electorales como telón de fondo, todo el foco estuvo puesto en derrumbar la inflación, tras el 100% del 2024. El objetivo se logró, más allá del repunte de los últimos meses. En este esquema la acumulación de reservas pasó a un segundo plano.
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Pero en 2026 luce distinto. El Gobierno pone como prioridad la acumulación de reservas a través del Central, con la consiguiente emisión monetaria para comprar esas divisas. El peligro es que ese incremento de la cantidad de pesos presione tanto sobre el tipo de cambio como también sobre la inflación.
El BCRA aclaró que no es una cosa o la otra, sino que habla de “compatibilizar” la necesidad de bajar la inflación con la de sumar reservas. Sin embargo, es difícil saber si lo logrará total o parcialmente.
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La decisión de ajustar las bandas cambiarias a la inflación de dos meses atrás fue vista por los consultores como una señal de una posible aceleración en el ritmo de incremento del dólar. Pero el propio Luis “Toto” Caputo se encargó de advertir que una cosa no implica la otra. Pero está claro que las compras que efectúe el Central a partir de enero generará emisión monetaria y eventualmente también podría impulsar la inflación futura.
Rodolfo Santángelo, economista de Macroview, consideró que la inflación podría tener algún impulso adicional por la puesta en marcha del nuevo plan. “No es tanto relevante si baja o no al 20%, si da 20 y pico tampoco es un gran problema”.
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A diferencia de otros planes anti inflacionarios, esta vez no se aplicaron medidas de shock para derrumbar a los precios, como sucedió con el plan Austral o en alguna medida también con la Convertibilidad.
Por lo tanto, la disminución se da de manera más paulatina. Es clave, sin embargo, que el proceso de desinflación continúe y ponerle un freno a las presiones alcistas como las que ocurrieron en los últimos meses. En noviembre el índice tocó un máximo de 2,5% y es posible que ese número se repita o se parezca mucho también en diciembre.
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Lo que permite un margen para ser optimista respecto a lo que podría suceder hacia adelante es la desaceleración de la inflación mayorista, que en noviembre fue de solo 1,6%. Incluso los insumos importados tuvieron una caída de 0,6%.
Se trata de una noticia que genera cierto alivio, porque significa que los costos para las empresas vienen subiendo por debajo de la inflación. En otras palabras, lentamente todo indica que el sector privado empieza un largo camino para recomponer márgenes, incluso en un contexto en el que muchos sectores no logran salir de una preocupante rentabilidad negativa.
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