
El paquete de apoyo de USD20.000 millones del Departamento del Tesoro de Estados Unidos para Argentina alteró el panorama de la diplomacia financiera internacional y plantea interrogantes sobre los motivos y las consecuencias de la intervención, dice un artículo publicado por el Atlantic Council, el think tank con sede en Nueva York que en septiembre otorgó a Javier Milei uno de los Global Citizen Awards 2025, distinción que el presidente argentino recibió de manos del secretario del Tesoro de EEUU, Scott Bessent.
Se trata de un análisis de Martin Mühleisen, miembro del Centro de Geoeconomía (Geoeconomics Center) del Council quien afirma que la decisión anunciada por Bessent de usar el Fondo de Estabilización Cambiaria para ayudar a estabilizar la economía argentina representa un giro en la política de asistencia de EEUU pues, a diferencia del respaldo otorgado durante la crisis del peso en 1995 a México “un socio comercial clave al borde del colapso”, ahora la ayuda parece responder a una afinidad política y a evitar que una economía latinoamericana estratégica y rica en recursos profundice su dependencia de China para obtener ayuda inmediata.
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FMI, crisis económicas y diplomacia financiera
Mühleisen, que además fue funcionario del FMI y es presentado como un economista “con décadas de experiencia en el manejo de crisis económicas y diplomacia financiera”, se pregunta desde el título de su escrito si la ayuda fue “una acción positiva del Estado o un temerario acto de favoritismo político” y destaca que el compromiso “llega en un momento de máxima fragilidad política para la Argentina”.
Al respecto, recuerda la “significativa derrota” del gobierno en las elecciones bonaerenses, anticipo de “un escenario adverso de cara a los comicios legislativos y para el avance de su agenda de reformas”.
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La ayuda, dice Mühleisen, da a la Argentina acceso a liquidez en dólares para defender el peso sin agotar aún más las reservas del BCRA, que define como “un indicador clave en el actual programa con el FMI” y una señal a los mercados de que el país cuenta con un aliado poderoso y margen político para implementar reformas difíciles.

La evaluación es que la ayuda de EEUU no solo responde a intereses políticos compartidos pues tiene una justificación razonable: “el país ha avanzado en reformas económicas y en la reducción del déficit fiscal, aunque el proceso sigue incompleto y la falta de inversión impide retomar una senda de crecimiento sostenible”.
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Tras dos programas fallidos con el Fondo bajo gobiernos anteriores (por los de Mauricio Macri y Alberto Fernández), estima el autor, “el actual representa la mejor oportunidad para que Argentina supere su estancamiento”. Y agrega: “la inacción de Estados Unidos dejaría espacio a China, que podría aprovechar el vacío ante un eventual colapso del gobierno de Milei y un posible retorno del peronismo en dos años”.
Pero la asistencia, subraya el analista, “debe ir acompañada de condiciones claras: Argentina necesita mantener el rumbo de las políticas acordadas, y para ello será esencial una colaboración estrecha entre el Tesoro de Estados Unidos y el FMI”.
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Coordinación y supervisión con peso político
Esa coordinación, dice, no solo debe reflejarse en las exigencias al gobierno argentino sino también en la supervisión de su cumplimiento. “El FMI aporta legitimidad y experiencia técnica para diseñar programas adecuados, pero suele carecer del peso político necesario para garantizar que los países cumplan sus metas, rol que en este caso puede compartir el Tesoro estadounidense”.
El autor afirma que la historia económica de Argentina está marcada por “crisis recurrentes” y que el desenlace de la nueva etapa tendrá repercusiones para todos los actores involucrados.
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“La población argentina ha soportado las consecuencias de la mala gestión de sus dirigentes, y un retorno rápido al crecimiento con baja inflación aliviaría los efectos de los últimos años. Por su parte, EEUU no solo aporta USD20.000 millones del Exchange Stabilization Fund,; también pone en juego su liderazgo financiero internacional, tanto frente a los mercados —que pondrán a prueba la determinación de Washington— como ante China, “que previamente ofreció una línea swap pero se mantuvo al margen de las políticas económicas”.
La situación también plantea riesgos para el FMI, el mayor acreedor de la Argentina, pues -plantea Mühleisen, podría verse desplazado en decisiones clave del programa, debido a la influencia histórica de EEUU, su mayor accionista, pero sobre todo porque el organismo habrá desembolsado la mayor parte de su préstamo a fines de 2025, dejando a Estados Unidos en posición de definir los términos para los años restantes.
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Según el autor, el papel de Dan Katz, el subdirector del Fondo elegido por el gobierno de Trump, será “determinante”, pues el caso exige coordinación entre EEUU y el FMI y porque existe el riesgo de un “desenlace desordenado” del proceso de reformas en Argentina, posibilidad que considera “elevada dada la polarización interna, la tendencia a mantener un tipo de cambio sobrevaluado y la volatilidad de los mercados financieros, que reaccionan con rapidez ante cualquier señal negativa”.
Un escenario que plantea el texto es la posibilidad de que pese al aporte de fondos de EEUU y la exposición del Fondo a la Argentina, el país incurra en otra restructuración de deuda. ¿Cómo respondería la administración Trump? ¿Cuestionaría el estatus de acreedor preferente del FMI, basado en un acuerdo informal entre los miembros del Club de París, y exigiría prioridad en el reembolso?, se pregunta el autor. De ser así, responde, no solo pondría en aprietos al FMI, sino que afectaría la arquitectura global de la deuda soberana, al aumentar la carga para otros acreedores oficiales y privados.
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Por ese motivo, concluye, el apoyo de EEUU a la Argentina es “una desviación importante respecto a las prácticas de préstamo del pasado” y pondrá a prueba la relación entre el FMI y su mayor accionista.
En el mejor de los casos, concluye Mühleisen, la ayuda serviría para que la Argentina alcance finalmente un crecimiento sostenido; en el peor, podría debilitar la arquitectura financiera internacional, sustentada en el FMI como “prestamista de última instancia al servicio del interés global”.
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