
En la Argentina, el envejecimiento del parque automotor ha alcanzado niveles sin precedentes. Según recientes reportes publicados por la Asociación de Fábricas Argentinas de Componentes (AFAC), la antigüedad promedio de los vehículos en circulación ya llega a 14,3 años, mientras que casi el 60% supera los 10 años desde la fecha de fabricación. Esta realidad incide en el bolsillo de los usuarios, la seguridad vial, e incluso alcanza al sistema de seguros.
De acuerdo a los informes expuestos recientemente en el 5to Encuentro de Líderes del Mercado de Reposición, esta tasa de envejecimiento se intensificó por la fuerte caída en la venta de automóviles nuevos de los últimos años, especialmente en 2023, cuando se registraron 414.000 vehículos contra más de 803.000 de 2018.
Distintos actores del sector señalaron que el recambio de unidades está lejos de compensar el desgaste del parque actual. Consultado al respecto, Gabriel Bussola, presidente de Libra Seguros, afirmó que para revertir la tendencia y estabilizar la edad promedio, el mercado debería incorporar más de un millón de automóviles nuevos cada año.
“El envejecimiento del parque automotor argentino alcanzó un récord histórico y ya condiciona a toda la cadena de valor del sector”, advirtió Bussola. El contexto plantea desafíos para talleres, aseguradoras, fabricantes y consumidores. Dos de cada tres pesos facturados en los talleres provienen actualmente de autos con más de diez años, cuando apenas unos años atrás los vehículos nuevos tenían una participación muy superior. Hoy, solo representan cerca del 10% de ese mercado.
El impacto de un parque envejecido no se limita a variables económicas. Los argentinos enfrentan mayores gastos de mantenimiento derivados de la dificultad para conseguir repuestos, el aumento de precios y la necesidad de recurrir a piezas alternativas.
Estos factores provocan que “el costo de asegurar un vehículo se vuelva más alto por una razón simple: los repuestos son más caros, más escasos y muchas veces hay que recurrir a piezas alternativas o importadas. Eso encarece la reparación y, por lo tanto, también la póliza”, explicó Bussola.
Los efectos también son notorios en los hábitos de consumo y movilidad. Según los datos expuestos en el evento de autopartistas, muchos propietarios han optado por acortar los trayectos en automóvil y conservar sus unidades por más tiempo. La suba de los combustibles y el encarecimiento de las reparaciones fomentan estrategias de ahorro y dilatan la decisión de renovar el vehículo.

“Un paragolpe con sensores o un faro con tecnología LED pueden costar casi lo mismo que un auto usado completo. Eso tensiona al sistema y muestra lo desajustado que está el mercado de repuestos”, explicó el directivo de la aseguradora consultada.
Esta situación se refleja directamente en el seguro automotor. Las pólizas tienden a encarecerse porque los autos más viejos no solo tienen más siniestros, producto de sus condiciones mecánicas y de seguridad, sino que también las reparaciones exigen mayores desembolsos. En los últimos años se ha generalizado la situación de dar un certificado de “destrucción total” a un vehículo que puede repararse, pero esto es debido a que el costo del arreglo supera el valor de mercado de la unidad.
Frente a este panorama, el propio Bussola sostuvo que “la renovación del parque no solo ordena al mercado asegurador, sino que beneficia al conjunto de la sociedad y se convierte en una palanca de reactivación económica”. Un parque moderno reduce la frecuencia y gravedad de los accidentes, baja la litigiosidad y permite ofrecer coberturas más predecibles y accesibles para los usuarios. Para el sector asegurador, esto representa un entorno menos riesgoso y más sencillo de administrar.
La Seguridad Vial y el cuidado del medio ambiente también son impactadas por un parque automotor antiguo. Los vehículos con más de diez años tienen menores capacidades de protección activa y pasiva, pero también tienen estándares más bajos de emisiones contaminantes, además de ser menos eficientes y consumir más combustible que los vehículos de nueva generación.

Desde estas perspectivas, la introducción de un “Plan canje” —una propuesta que recorre los despachos tanto del sector privado como del ámbito público— podría generar un movimiento positivo de largo alcance.
“Un plan de canje sería positivo para todos. Para el asegurado, porque accedería a vehículos más seguros y eficientes; para las compañías, porque bajarían la frecuencia y la severidad de los siniestros, los tiempos de reparación y los litigios. Y para el país, porque modernizar el parque no solo es más empleo y más producción: también es menos accidentes, menos juicios y un sistema de seguros más previsible y accesible”, declaró el presidente de Libra Seguros.
La presión impositiva que recibe la industria automotriz, junto al encarecimiento del crédito y la informalidad en la compraventa de autos usados, obstaculiza la recuperación del sector. Los estudios indican que los argentinos destinan, en promedio, un 10% de su presupuesto mensual en mantener su auto, pero ese porcentaje sube en los modelos más antiguos.
La renovación es vista como imprescindible para dinamizar la economía. Cada auto nuevo activa la producción de partes, la red de concesionarios, talleres y servicios de logística, “generará empleo e incluso una mayor recaudación fiscal”, finalizó el empresario.
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