
La inflación en la Argentina viene desacelerando rápidamente desde abril de 2024 -cuando alcanzó un pico interanual de 289,4%, al 117,8% de diciembre último-, debido a una coordinación entre una devaluación controlada -13 meses de “crawling peg” de 2% mensual- y tasas de interés elevadas para los bonos del Tesoro en pesos que permitieron una monumental absorsión de pesos excedentes. A la par, la caída real de salarios y jubilaciones y la caída de la actividad económica se complementaron con las medidas financieras como para enfriar la demanda y forzar el colapso inflacionario.
Este escenario habilita al Banco Central a reducir la tasa de devaluación al 1% mensual a partir de febrero, con firmes expectativas de una mayor desaceleración de la inflación. Los analistas que participaron del último REM (Relevamiento de Expectativas de Mercado) del Banco Central proyectaron que la inflación nivel general se moderará en 2026 hasta 15,3% interanual y hasta 10% en 2027. De mantenerse esta tendencia, podría alcanzarse para el final del mandato del Javier Milei una convergencia de las tasas de interés, de devaluación y de suba de precios minoristas en niveles internacionales.
Por ejemplo, la Reserva Federal de los EEUU fijó un target de inflación de 2% anual, mientras que el Banco Central de Brasil estableció la meta de inflación en 3% para el periodo que inició en enero de 2025, con un intervalo de tolerancia de más o menos 1,5 punto porcentual, mismos valores establecidos para 2024.
Es por esto que los analistas financieros empiezan a enfatizar los factores exógenos que pueden incidir en la evolución del tipo de cambio en la Argentina, dado el camino de normalización cambiaria y monetaria que consiguió afianzar el Gobierno en el último año.
En este sentido, tuvo una muy buena recepción en los mercados internacionales el último informe de inflación subyacente en los EEUU, pues la tasa de inflación norteamericana es al mismo tiempo la pérdida de valor del dólar. Los datos de la Oficina de Estadísticas Laborales publicados este miércoles mostraron que una métrica clave de inflación disminuyó por primera vez desde julio.
Tras el dato, los índices de Wall Street treparon hasta 2% por la mañana, pues una inflación en descenso permitirá a la Fed un recorte de tasas más rápido, que brindará mayor margen para el crecimiento económico en EEUU -y su derrame sobre la actividad global-.
Sobre una medición “básica” -que excluye los costos más volátiles de los alimentos y los combustibles-, el índice de precios al consumidor (IPC) de diciembre subió en los EEUU un 0,2% con respecto al mes anterior, una desaceleración respecto del aumento mensual del 0,3% de noviembre. Esto es una inflación anual de 3,2 por ciento.
La inflación “básica” o subyacente en los EEUU registró una desaceleración por primera vez desde julio
Los analistas consideran que la inflación subyacente es un indicador económico que mide la evolución de los precios de los productos y servicios de consumo, sin incluir la energía y los alimentos no elaborados. Este indicador es más preciso que la inflación general, ya que permite medir los cambios de precios a corto y medio plazo.
Puede decirse que a través de un dólar débil, EEUU “exporta” su inflación al resto de los países, que ven encarecerse su producción de bienes y servicios medidos en moneda norteamericana. Si esta tendencia se revierte y el dólar se estabiliza en base a una inflación controlada en EEUU, también contribuye a estabilizar los precios de las materias primas, como los productos del agro y de energía, hoy matrices de las exportaciones argentinas, y ayuda a eliminar presiones devaluatorias para el peso.
¿Qué pasa con las importaciones? Desde la perspectiva argentina, una tasa de devaluación doméstica que corre bien por detrás de la de inflación, abarata los productos importados en términos reales, lo que se observa en la llamada “apreciación real del peso” y es medido por el Banco Central a través del Índice de Tipo de Cambio Real Multilateral.
El tipo de cambio oficial finalizó 2024 en 1.032 pesos, con aumento de unos $223,55 o 27,7% desde los $808,45 de fin del año pasado, contra una inflación de 117,8 por ciento. Esto significa que la inflación en dólares fue de 70,6% o, lo que es lo mismo, la pérdida de poder adquisitivo del dólar fue de 41,4% en el último año en el mercado interno.
Juan Manuel Franco, economista Jefe del Grupo SBS, precisó que “aún con lo doméstico más ordenado que hace un año atrás -aún con los riesgos en materia de stocks en dólares versus stocks en pesos-, los factores exógenos deberán seguirse muy de cerca este año. Por ello, si bien consideramos que el status-quo doméstico puede mantenerse hacia los próximos meses, y que el sendero de desinflación que descuenta el mercado, pese a ser optimista, podría materializarse, destacamos nuevamente que esto dependerá de mantener la calma cambiaria. Dentro de los factores exógenos destacamos principalmente a la debilidad del real brasileño y a los precios internacionales de la soja, que vienen jugando en contra desde hace meses. A esto último debe agregársele también el factor climático, con varias proyecciones de cosecha que podrían recortarse de persistir la ausencia de lluvias, en especial en lo relacionado a soja y maíz”.
“En tanto, las condiciones financieras globales serán otro foco de atención por su efecto en el plano cambiario local, ante políticas fiscales y comerciales del nuevo gobierno de Estados Unidos que posiblemente tengan como consecuencia una tendencia a la debilidad en precios de commodities y monedas de mercados emergentes, un mix que podría llevar a una dinámica de flujos de capitales hacia EEUU que podría presionar, junto a la ya mencionada debilidad del real, sobre un tipo de cambio real que viene apreciándose consistentemente desde hace más de un año”, subrayó Franco.
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