
La salida del cepo cambiario luce cada vez más cercana, aunque en el Gobierno ya dieron muestras suficientes de no estar a favor de apurar los tiempos. Tanto el Presidente como el ministro de Economía coinciden en que no vale la pena arriesgar una salida de los controles cambiarios cuando el Banco Central aún tiene reservas netas negativas. No es en lo único que tienen coincidencias: también piensan que en la Argentina la flotación del tipo de cambio a la corta o a la larga conlleva graves problemas.
Por eso, entre los grandes fondos de Wall Street creen que lo más probable es que el régimen de salida de los controles se parezca poco a lo que ocurre en otros países de la región. El problema es que la dolarización lisa y llana ya fue descartada por la cúpula del FMI.
Esto significa que el modelo ecuatoriano que alguna vez tuvo en la cabeza Javier Milei no es aplicable en la Argentina. Al menos no mientras se mantenga un programa con el FMI, a quien se le debe más de USD 40.000 millones. Sencillamente porque el Fondo no estaría dispuesto a brindar fondos frescos ni a respaldar ese plan. Implicaría reemplazar todos los pesos en circulación por dólares, pero luego también avanzar con los depósitos en moneda local de la misma manera.
La “dolarización sintética” funcionaria como un esquema intermedio entre la dolarización plena y la flotación cambiaria. Se trata justamente de hacer convivir al peso y al dólar, dentro del concepto de “competencia de monedas”, pero con un detalle fundamental: el Banco Central dejaría de emitir pesos por cualquier concepto, no sólo para financiar al Tesoro como ocurre actualmente.

Esto significa que con el tiempo el peso tendería a su desaparición, ya que el proceso de “remonetización” de la economía no tendría lugar con mayor expansión monetaria, sino con un aumento del volumen de dólares que circulan en la calle y también en el sistema financiero.
La “dolarización sintética” es distinta a una suerte de “neoconvertibilidad”, porque no habría aumento de la masa de pesos aún cuando crezca la cantidad de dólares. La convertibilidad modelo 1991 implicaba la emisión de moneda local por cada dólar que adquiría el BCRA.
Esta posibilidad de avanzar en una suerte de “dolarización espontánea” implica que los pesos se volverán cada vez más escasos, por lo que una corrida cambiaria se volvería imposible. Con el tiempo, los dólares terminarían desplazando a la moneda local, pero el proceso sería más gradual que en una dolarización tradicional.
El “modelo peruano” es también seguido de cerca por Milei, pero en particular porque un artículo de la Constitución de Perú impide la emisión monetaria para financiar al Tesoro. Además, la Carta Orgánica del Banco Central de ese país prohíbe la aplicación de tipos de cambio múltiple.
Sin embargo, en Perú como en otros países de la región (incluyendo Uruguay y Chile), la estabilidad monetaria generó el efecto exactamente contrario: la moneda local fue desplazando al dólar, tanto para transacciones como en su función de ahorro.
Pero para Milei y Caputo esto es algo casi imposible de lograr en la Argentina. Aún en caso de cierto período de estabilidad, luego de tantas devaluaciones, default y crisis económicas, en la Argentina es casi imposible que las familias se vuelquen al ahorro en moneda local.
Incluso en momentos de crecimiento de plazos fijos y en general los depósitos en moneda local lo hace siempre referenciando al dólar. Si la divisa está quieta, entonces los ahorristas aprovechan para hacer “carry trade” y ganarle a la evolución del tipo de cambio. Pero ni bien la cotización sube, esas posiciones en pesos se desarman, sobre todo en un contexto de libertad cambiaria.
Por eso, la opción para no tomar riesgos ante la próxima liberación cambiaria sería restringir al mínimo la cantidad de pesos en circulación y darle mayor protagonismo al dólar, que se podría utilizar tanto para transacciones, como unidad de cuenta y ahorro. Los pesos no desaparecerían, pero quedarían solo como moneda para pequeñas transacciones o simplemente cambio chico.
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