
La fuerte baja de los dólares financieros y, sobre todo, la recuperación de los bonos en dólares tras el traspié que significó la caída de la ley ómnibus en el Congreso, dejó en evidencia la semana pasada lo permeable que es el mercado a la sólida convicción del Gobierno en el ajuste fiscal.
A última hora del viernes, el propio ministro de Economía, Luis Caputo, anunció el resultado de las finanzas públicas en enero que arrojaron un superávit financiero superior a los $500.000 millones, el mejor saldo desde 2012. Para esa altura, el mercado ya había premiado por anticipado la gestión con una nueva suba diaria de los títulos públicos, que acumulan un avance de 20% desde que se inició el año.
Aunque existen reparos respecto al alcance del método primordial para lograr ese ajuste, la licuación de pesos, el “ancla fiscal” parece funcionar, al menos por ahora. Una buena síntesis corrió por cuenta del economista Gabriel Caamaño: “Muy bueno el dato para refrendar el compromiso y la credibilidad fiscal. Gran arranque. El ancla fiscal está más viva que nunca. Ojo con vender que el trabajo está hecho. La licuación es en su mayor parte transitoria y la deuda flotante hay que cancelarla”, alertó. Una advertencia similar hacen sus colegas de Consultatio.
En una plaza “seca de pesos” y con una oferta de divisas inusual para febrero, también las cotizaciones del dólar acompañaron a la baja para aportar al buen clima financiero. Sin embargo, queda espacio para un cambio de tendencia que podría ocurrir apenas los inversores perciban endeblez en la estrategia para alcanzar el equilibrio.
“La cotización alcanzó el nivel más bajo desde diciembre de 2019 en términos reales y los factores que condujeron a la baja no son permanentes: el mercado puede darle la vuelta al CCL si comienza a dudar de la sostenibilidad del programa económico en los próximos meses”, escribieron en su informe semanal los analistas de la firma fundada por Eduardo Costantini. Tal vez en un fallido, el presidente Javier Milei pareció descartar esas preocupaciones cuando, en una entrevista televisiva, aseguró con contundencia; “La motosierra y la licuadora no se negocian”.
En cualquier caso, otro peligro más inminente también acecha la sostenibilidad del plan fiscal; la tolerancia social al derrape de la actividad y los fuertes aumentos de precios, esencialmente tarifas, que quedan por delante.
Otra vez Milei se anticipó: “Marzo y abril también serán muy duros”. Lo peor no pasó. Con todo, aseguró que ese sería el punto de inflexión para una marcada recuperación, estimación que es compartida por no pocos economistas privados.
Un atenuante en tiempos tan álgidos sería, eventualmente, lograr que los índices de inflación de esos meses ratifiquen una consistente desaceleración.
Por lo pronto, el dato que difundió el miércoles el Indec fue bien recibido por el mercado, que puso particular foco en la inflación núcleo, la cual registró una caída de 8 puntos porcentuales respecto del mes anterior, mayor a la del nivel general.
Pero la baja fue menor a la que marcaban las proyecciones más optimistas, que pronosticaban un índice entre 18% y 19%. Para ese mes, mediciones preliminares y datos de alta frecuencia que compartió Milei indican que la suba de precios corre al 10% en lo que va del mes. Ese indicador será una de las primeras pruebas ácidas que enfrentará el Gobierno en los próximos dos meses.
El lunes se conocerá el índice de inflación mayorista, del que se espera un derrumbe desde el 54% de diciembre, dada la estabilidad del dólar oficial desde entonces. Si se confirma, será el impacto del ancla cambiaria en acción.
“En resumen -escribió el economista Fernando Marull- esta semana el mundo se calmó, la inflacion cedió, la actividad empezaría a rebotar en marzo/abril y el mercado financiero sigue optimista”.
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