
Las elevadas tasas de interés y las fuertes necesidades de financiamiento por parte del Estado están causando estragos en el crédito al sector privado, que cae de manera estrepitosa en términos reales. En septiembre, el volumen de préstamos que los bancos dedican a financiar al público y a las empresas subió 2,9%, contra una inflación que aumentó cerca de 7%, según sondeos privados.
No se trató, sin embargo, de un dato aislado. En el acumulado del año se nota mucho más esta caída del crédito: la suba puede impresionar porque llega al 43%, pero está significativamente por debajo de la inflación, que en nueve meses supero el 62% (el dato oficial de septiembre recién se conocerá el 14 de octubre).
Esta fuerte desaceleración del crédito al sector privado contrasta con el fuerte aumento de los depósitos. Esto significa que los recursos que dejan las empresas y los individuos en los bancos para aprovechar las altas tasas de interés no vuelve al sector privado, sino que se dirige a financiar al Estado.
Todas las líneas crediticias crecen por debajo de la inflación. Tanto los adelantos en cuenta corriente y descuento de documentos, dirigidas a empresas, como los préstamos personales y financiamiento con tarjeta, que son las principales opciones de financiamiento para el público. Claro que con tasas que superan el 100%, son pocos los que optan por endeudarse.
Solo en septiembre el aumento de los plazos fijos del sector privado fue del 10,4%. Los ahorristas se vieron atraídos por los altos rendimientos, ya que el Banco Central estableció una tasa mínima de referencia de 75% anual, que al reinvertirse todos los meses alcanza el 105% anual.
El Estado que desplaza al sector privado a la hora de conseguir financiamiento, una situación que en la jerga financiera se denomina “crowding out”. Es un fenómeno típico de países con fuerte déficit fiscal, agravado en el caso argentino por las dificultades para conseguir fondos frescos en los mercados internacionales. Por lo tanto, la única fuente genuina de recursos se obtiene en buena medida del sector bancario.
Claro que nada es gratuito. Semejante nivel de desaceleración real del crédito tendrá un impacto negativo en la actividad económica. Se trata, por otra parte, de un comportamiento inducido por el propio Banco Central, que salió a esterilizar de manera agresiva la expansión monetaria de los últimos 60 días.
Con menos dinero en la calle, el objetivo del ministro de Economía, Sergio Massa, es reducir la presión sobre los dólares financieros y achicar la brecha. Esto lo consiguió al menos parcialmente, ya que tanto el dólar MEP como el contado con liquidación siguen lejos de los máximos que tocaron allá por fines de julio, hace ya más de dos meses.
El economista Diego Giacomini alertó que desde que asumió Massa como ministro, al base monetaria se achicó en $ 278.000 millones, a pesar de haber acumulado una inflación de 15% en dos meses. Las elevadas tasas de interés, por otra parte, tenían ese objetivo de “secar la plaza”.
“Massa destruye la cantidad de dinero en términos reales y esto se va a sentir mucho en el nivel de actividad de octubre a diciembre, se va a enfriar mucho la economía”, concluye el economista.
Las dudas pasan por lo que podría ocurrir a partir de fin de año, cuando estacionalmente crece la cantidad de dinero por motivo de las fiestas, medio aguinaldo y vacaciones. En general a partir de fines de enero llega la “resaca” y es cuando retoma la presión sobre el mercado cambiario.
El fuerte aumento de las tasas y los pasivos monetarios, más la acumulación de vencimientos de deuda en pesos del Central entre abril y junio plantea un escenario sumamente desafiante para el 2023.
No es extraño, en este contexto, que JP Morgan haya calculado un nivel de inflación de 112% para el año próximo, es decir un escalón por encima de este año.
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