
Aunque las desmentidas del Gobierno son reiteradas y no hay indicios claros de que el equipo económico esté evaluando avanzar en esa dirección -más bien luce enfocado en lo contrario-, la expectativa del mercado y el consenso de los economistas privados es que, tarde o temprano, se producirá una devaluación. Corrección administrada del tipo de cambio o salto discreto forzado por el mercado ante la escasez de reservas son ambos escenarios posibles pero, en cualquiera de los dos, existe una consecuencia inevitable: el fogonazo inflacionario, por encima incluso del índice de julio.
“No hay margen para devaluar si no tenés dólares, cómo hacés para pararlo una vez que se empieza a ir el tipo de cambio”, admiten funcionarios del área económica, que anticipan que la inflación de agosto cierra en niveles “similares a los de julio”, es decir, mucho más cerca de 7% que de 6%. “Es una pésima noticia”, aseguró una fuente oficial, que reconoció que ese ritmo de aceleración de precios resta margen de acción para cualquier tipo de corrección cambiaria.

Esto a pesar de que, en virtud de las fuertes restricciones a las importaciones, la reposición de stocks por parte de las empresas corre, en muchos caso, al precio del dólar en el mercado financiero, al contado con liquidación. Sin embargo, todavía más de la mitad de los precios de la economía, particularmente los de alimentos, el rubro por lejos más sensible, sigue atada al valor del dólar oficial. El dato, que surge de un relevamiento reciente de la consultora Analytica dirigida por el economista Ricardo Delgado, constituye uno de los principales impedimentos que advierte el Gobierno para avanzar en un proceso de ajuste del tipo de cambio. Otros factores que conspiran contra una “devaluación exitosa” o, al menos, lo menos costosa posible, son la creciente proporción de deuda indexada y atada a la evolución del dólar además del volumen de contratos de dólar futuro. Esta última dificultad ya se atravesó hace seis años cuando el gobierno anterior levantó el cepo cambiario, aunque hoy su magnitud es mucho menor.
Pero, en cualquier caso, el más inmanejable de los efectos e inmediato de los efectos es el riesgo de espiralización inflacionaria. Sin embargo, tal como advierte el informe de Analytica, con la amplia brecha cambiaria también se están incubando las condiciones para un nuevo rebote inflacionario, ya que los precios de los bienes siguen rezagados respecto a la evolución del dólar bursátil. En este sentido, el relevamiento de la consultora que indagó sobre cuál es el tipo de cambio que define la estructura de costos de empresas y comercios reveló que las cotizaciones financieras se están incorporando cada vez más, lo que anticipa los riesgos devaluatorios, pero que esto aún no ocurre de manera masiva. “En promedio, los precios de los bienes, corregidos por la inflación de los Estados Unidos, evolucionan en línea con el tipo de cambio oficial”, indica el estudio donde se lee también que “la dinámica sectorial revela una importante heterogeneidad en la dinámica de ajuste de los precios. El 57% de los bienes y servicios del índice de precios al consumidor sigue la variación del tipo de cambio oficial y la inflación norteamericana, principalmente porque así lo hacen las alimenticias y los productores de bebidas no alcohólicas, que representan el 27% del total. Del mismo modo responde el rubro de equipamiento del hogar, dentro de los cuales figuran electrodomésticos, bienes no durables y el servicio doméstico con peso mayoritario”.

En contrapartida, los precios en el sector de indumentaria, los textiles y el calzado, cuya participación en la canasta de consumo es de 9,9%, siguen las variaciones de los dólares financieros. Algo similar sucede con el sector automotriz y los productores de combustibles.
A su vez, el informe privado buscó analizar en qué medida la incorporación a los precios de las cotizaciones financieras del dólar anticipa una devaluación. La conclusión, otra vez, fue que “aún no existe un masivo comportamiento anticipatorio de devaluaciones en los precios minoristas” pero se advierte que una intensificación de las expectativas de devaluación en el corto o mediano plazo podrían impulsar un “adelantamiento generalizado en las posiciones de cobertura”, lo que en definitiva se traduciría en más inflación aunque la devaluación no ocurra.
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