
La aceleración de la inflación no sólo hace cada vez más evidente la pérdida de referencia de los precios, también está provocando que las compañías no tengan una noción acabada del nivel de consumo ni del factor principal que tracciona, por estos días, su nivel de ventas.
Esta distorsión o falta de claridad a la hora de analizar su propia performance es particularmente evidente para las empresas fabricantes de productos de consumo masivo, donde admiten que, ante la sospecha de estrategias de stockeo por parte de la cadena de comercialización, comenzaron a filtrar las órdenes de compra e incluso rechazar aquellas consideradas “especulativas”. Aun así, tienen la expectativa de que el reciente anuncio del pago de bonos para unos 13 millones de beneficiarios que implicará una inyección de más de $200.000 millones tendrá un claro impacto en el consumo de productos de la canasta básica.
Esto es particularmente cierto para las alimenticias, donde advierten un retroceso de las categorías más bajas, en las que la suba de la inflación hizo fuerte mella en el poder adquisitivo. “Se trata de un aporte muy, muy grande por parte del Estado que, si bien probablemente sea destinado por gran parte de los hogares a solucionar situaciones preexistentes como regularizar deudas y ese tipo de cuestiones, es indudable que una gran parte impactará positivamente en el consumo”, anticiparon a Infobae en una de las principales productoras de alimentos. “Estamos viendo que en los últimos meses las categorías más básicas han venido cayendo, tal vez no demasiado, pero con tendencia clara”, amplió.
Asimismo, en las firmas del sector confirman también que es notoria la práctica de “acopio”, aún mucho más evidente en los productos asociados a aquellas materias primas cuyos precios internacionales se han disparado en el contexto de la guerra en Ucrania, como el aceite de girasol. “Definitivamente, supermercados y mayoristas, en algunas categorías puntuales, están demandando mucho más que en meses anteriores y que en los mismos meses de años anteriores”, admitió un ejecutivo de otra empresa proveedora de alimentos.
En ese marco, las grandes empresas tienen dificultades para corroborar las estadísticas que señalan un crecimiento del consumo, aun cuando esos mismos registros también indican una desaceleración en ese ritmo de recuperación. “Las variaciones positivas del año pasado no pueden ser analizadas en porcentajes, la base de comparación estaba en un mínimo terminal. Hay que mirar los absolutos y ahí el dato sigue siendo dramático: el consumo per cápita está en el mismo nivel de 2002 y esto no es nuevo”, aseguraron en una de las grandes multinacionales del sector, donde explicaron que todavía no pueden medir a ciencia cierta el impacto de la inflación en la evolución de sus ventas porque, si bien la pérdida de poder adquisitivo es un factor frena la expansión, la demanda por el momento se mantiene firme.
“Lo que cuesta identificar es qué parte de esa demanda que seguimos teniendo va al consumidor y cuál se queda como parte del stock de la cadena. En ocasiones, rechazamos órdenes de compra”, aseguró una alta fuente de unas de las grandes compañías de consumo masivo del país, quien explicó que el proceso de filtrado es bastante sencillo y, paradójicamente, similar al que aplica el Banco Central para determinar el acceso a dólares a valor oficial para importar. “Si el pedido excede por mucho el promedio que venía demandando un mayorista o supermercado en los últimos meses y no se condice en absoluto con la realidad del mercado, ahí queda en evidencia que hay una intención especulativa”, afirmó. En este sentido, la operatoria oficial indica que los importadores tienen un cupo equivalente a un aumento de 5% del valor FOB de sus compras el año pasado o de hasta 70% de suba respecto de 2020. La suba de precios internacionales y aumento de costos logísticos hace que esos topes establecidos no sean suficientes para importar las mismas cantidades.
La política de topes, claramente, no aplica a la relación de ventas entre proveedores, distribuidores, mayoristas y supermercados pero sí es la noción de operaciones acorde a la realidad del mercado está presente para limitar algunas transacciones a las que induce, inevitablemente, la incertidumbre económica y la falta de freno al avance de precios.
Tampoco los programas de control de precios contribuyen a mejorar el análisis del mercado; por el contrario, profundizan las estrategias de acopio por parte de toda la cadena de comercialización, incluyendo al consumidor final. “En todo Precios Cuidados, la mayor demanda es acentuada y lo mismo en aceites, donde funciona el fideicomiso. Ahí existe una demanda genuina, porque el precio más competitivo hace que enseguida se vendan esos productos, y más si la lupa se pone en los derivados del trigo y el girasol. El diferencial de precio es tan grande que es obvio que toda la cadena pide más de lo que el fabricante puede entregar. En el resto, se nota el consumo planchado”, explican en las empresas.
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