Martín Guzmán se siente, por estos días, más tranquilo. Aunque su permanencia en el puesto sigue siendo puesta en duda ocasionalmente dentro de algunos sectores que integran la coalición de Gobierno, la intensidad del asedio se ha calmado. La negociación inevitable con el Fondo Monetario así lo requiere y los funcionarios más identificados con el Presidente Alberto Fernández, como el ministro de Producción, Matías Kulfas, además del propio Guzmán, viven una suerte de primavera. Perciben cierto repliegue de los funcionarios más radicalizados, que habían cobrado rápido protagonismo como Roberto Feletti. “Nunca en el Gobierno trabajamos mejor, todos alineados, más coordinados”, escucharon hace poco decir al titular del Palacio de Hacienda algunos hombres del sector privado afines a la gestión.
Sin embargo, después de dos años al frente de la cartera económica, el profesor de Columbia que desembarcó en Yrigoyen 250 y que, contra todos los pronósticos, se mantiene en su cargo, tiene un balance con demasiados pendientes.
Su principal misión, que en un lejano diciembre de 2019 en la Casa Rosada calificaban como “urgente”, se centró en reestructurar la deuda, tanto con los acreedores privados como con el Fondo Monetario. Los resultados y las dilaciones en una y otra hicieron mella en la estabilidad financiera, con la profundización de la brecha cambiaria y la dramática pérdida de reservas, a pesar del nivel de ingreso récord de divisas. Pero no sólo eso. También le costaron al ministro credibilidad, margen de maniobra y predicamento entre aquellos quienes lo consideraban la última reserva de racionalidad dentro del Gobierno. Eso ya no es así.
De las palmadas en la reunión de gabinete por haber cerrado el acuerdo con los acreedores privados y de los “aplausos para el asador” de los empresarios a principios de año, se convirtió prácticamente en un blanco móvil para el kirchnerismo duro y uno de los primeros a los que se etiquetaba como uno de los “funcionarios que no funcionan”. Aun así, cuando tras el resultado de las PASO, se desató la crisis política en el Frente de Todos, fue la propia vicepresidenta la que se ocupó de poner a Guzmán a resguardo, a fin de no arriesgar también una nueva crisis cambiaria. Sin embargo, hoy resulta difícil identificar cuál es el mayor éxito de su gestión. Se destaca, en cambio, su principal yerro, la batalla contra la inflación, que este año superará por 20 puntos su proyección, volcada en el Presupuesto de este año al que denominó su “plan económico” y “hoja de ruta”.
Con el riesgo país oscilando entre los 1.700 y 1.900 puntos básicos, no existe nadie en el mercado, ni siquiera aquellos que colaboran en mejorar el diálogo del funcionario con los inversores, que no considere un rotundo fracaso la reestructuración de la deuda en manos privadas. “No generó demanda de activos argentinos, que es para lo que se hacen las reestructuraciones”, explican. A pesar de eso, la expectativa por la discusión que ahora se presume definitiva con el Fondo alienta la llegada de representantes de fondos de inversión.
Guzmán recibió la semana pasada a dos grupos de inversionistas convocados por el banco Barclay’s y, aunque no participó, se ocupó de enviar un mensaje a una comitiva que también acercó Jefferies Group. En los próximos días, se espera además la llegada a Economía de un peso pesado de Wall Street. Con precios de remate, ninguno se quiere perder una oportunidad regalada pero la tolerancia al riesgo es casi inexistente.
Pero sin dudas el mayor daño a Guzmán, su figura y su gestión, se lo propinó el enfrentamiento político dentro del Gobierno por el acuerdo con el FMI. Desde el principio, el ministro abogó por un pronto entendimiento que permitiera ahorrar este año los pagos por más de USD 4.000 millones que se le hicieron al organismo y también conservar los DEG’s que se aplicarán al último vencimiento en los próximos días. Esa recomendación chocó con un tozudo rechazo de la Vicepresidenta y de La Cámpora, que lo sometió a desautorizaciones públicas y demolió su imagen. “Sigue teniendo intenciones de racionalidad, pero el día a día lo lleva a no poder demostrarlo”, sintetizó un empresario quien, como la mayoría de quienes dirigen compañías de distinto tamaño, tiene una sola preocupación que excede el acuerdo con el Fondo Monetario pero que es, tal vez, exactamente la misma que tiene Guzmán. “La devaluación está a la vuelta de la esquina. Y eso sí puede costarle el cargo”, señaló el hombre de negocios.
Existen dos factores que pueden ser determinantes en ese devenir. Uno de ellos, le juega a favor: aunque no conoce ni entiende al mercado, es prácticamente el único dentro del Gobierno que sabe moverse en el ámbito de los organismos internacionales y también en la relación con colegas de otros países desarrollados. Eso puede valerle que sea el propio FMI que, una vez sellado el nuevo acuerdo, apoye su continuidad en calidad de garante del cumplimiento de lo pactado. Le juegan en contra la política y la propia dinámica de la economía argentina.
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