
Aunque se ha demostrado que está lejos de ser infalible, la tradicional estrategia electoral de atrasar el dólar en los meses previos a los comicios se repitió sin excepción en los últimos ocho años, cuando la carrera entre la inflación y la evolución del tipo de cambio se convirtió en el problema central de la economía argentina . Este año, sin embargo, se incorporó un hecho novedoso que altera la eficacia de la fórmula obligada. El salto inflacionario que sucedió a cada elección en la que se atrasó el dólar para luego caer en una corrección de mayor o menor magnitud, parece haberse anticipado. En otras palabras, en esta ocasión la suba de la inflación se anticipó a la devaluación.
El dato de septiembre, que sorprendió por lo alto incluso a quienes tenían los pronósticos más pesimistas, quebró la tendencia a la baja que mostraba el índice de precios al consumidor desde su máximo en marzo, a fuerza de controles, congelamientos y atrasos de las variables clave. Y, hasta en el propio Gobierno lo admiten, se sabe ya que el registro que difundirá el Indec apenas cuatro días antes de las elecciones tampoco reflejará una mejora. Así, por primera vez desde 2013, el oficialismo llegará a una elección con el dólar planchado como indica el manual, pero con una aceleración inflacionaria que no encuentra sus causas en la devaluación. Esto es una novedad, poco auspiciosa por cierto.
De acuerdo a un repaso minucioso realizado por el economista Amílcar Collante, las cuatro últimas elecciones -tanto legislativas como presidenciales- estuvieron caracterizados por un período previo de marcada calma cambiaria seguido, una vez ya finalizado el recuento de votos, por un período de también marcada corrección cambiaria. Es la conclusión a la que arribó tras repasar el precio dólar durante los seis meses previos y los seis posteriores a cada elección.

El salto devaluatorio post elección de 2013 implicó una suba del dólar de 38,2%, que derivó en una inflación estimada en torno a 40% para el año siguiente, en base a fuentes alternativas dada la intervención de las estadísticas del INDEC en esos años. Dos años más tarde, tras la elección de 2015, el salto del dólar trepó a 60%, levantamiento del cepo mediante, mientras que en los seis meses posteriores a 2017 la corrección fue mucho más leve, con un ajuste de “apenas” 17%. La disparada se iniciaría exactamente un mes más tarde, a fines de abril, con determinante impacto en la inflación de 2018. Finalmente, en 2019 llegó un nuevo salto tras el resultado de las PASO de ese año, con 41% de suba que no llegó a traducirse en una inflación mayor en 2020 en virtud de la distorsión económica que provocó la pandemia.
Lo curioso, y también preocupante, en 2021 es que, a pesar de que el mercado da por descontado un ajuste devaluatorio en los próximos seis meses, el avance de los precios comenzó a acelerarse antes de que el ajuste de tipo de cambio se produzca. La magnitud y velocidad de la corrección, por supuesto, es el misterio que falta develar pero lo concreto es que, cuando se produzca, el impacto en los precios ya recalentados sería inevitable.
“Siempre después de un atraso o desequilibrio cambiario, viene la corrección. Eso es sistemático de 2013 en adelante y acelera los procesos de inflación, cuando el ritmo de suba de precios podía pasar de 20-25% a 40%, como pasó en 2014. Este año se repite ese esquema: el dólar se movió en los últimos seis meses 7-8%, pero la inflación ya está disparada, en parte por la enorme emisión monetaria de la pandemia”, explicó Collante. A partir de octubre del año pasado, la economía entró en una aceleración inflacionaria que, tras alcanzar el máximo seis más tarde, inició un lento descenso. Esa desaceleración, sin embargo, duró hasta agosto y ya la economía entró nuevamente en fase de aceleración de precios, dos meses antes de la elección general de 2021 e incluso antes de producirse la devaluación más anunciada.
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