
La estimación preliminar del PBI por parte del Indec correspondiente al cuarto trimestre y al cierre de 2020 trajo buenas y malas noticias, algunas esperadas, y otras no tanto porque no forman parte del seguimiento habitual por parte de las consultoras económicas, y menos todavía de los funcionarios de Gobierno, en particular cuando no los favorece, como es la conversión a dólar del nivel de actividad.
Entre las novedades positivas se destacó que por segundo trimestre consecutivo el nivel general de actividad, o producto bruto interno en términos reales en pesos aumentó en comparación con los tres meses previos, 4,5%, aunque marcando una apreciable desaceleración respecto a 13,1% previo, no obstante que aun no llegó a recuperar el efecto pleno de las tres disminuciones previas de 1,5% que el gobierno de Alberto Fernández prácticamente heredó de la administración Cambiemos; 4,5% del primer trimestre en ejercicio pleno del Frente de Todos y del 15,9% en que se desplomó en el segundo, con el impacto en seco de la irrupción de la crisis sanitaria que generó la llegada del covid-19 a la Argentina. En todos los casos en valores corregidos por estacionalidad, para posibilitar una comparación homogénea de los datos.
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También puede inscribirse en el terreno de las notas positivas que aportaron las estimaciones de la Dirección Nacional de Cuentas Nacionales que informó el Indec que en el último trimestre 2020 se registró una nueva desaceleración consecutiva del ritmo de caída interanual del PBI, tras la depresión de 19% que acusó en el segundo trimestre -casi 3 puntos porcentuales más intensa que en el primer cuarto de 2002-, se atenuó a 10,1% en los tres meses siguientes y a 4,3% en el último.
De ahí que, en el promedio del año, con el agregado de la baja inicial de 5,2% entre enero y marzo, la estimación oficial arrojara una contracción de 9,9%, levemente inferior a las expectativas del mercado, que la ubicaban por arriba de 10 por ciento.
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Otra lectura de los números
Por el contrario, las malas noticias provinieron cuando los niveles de actividad agregada se los mide en una relación más cercana a los consumidores y las empresas, como es el dólar, sea al tipo de cambio oficial mayorista, principal referencia para el comercio exterior y las transacciones financieras habilitadas por el Banco Central, o peor aún, al nivel más alto de la paridad libre, porque desde el inicio de la presidencia de Alberto Fernández reapareció la brecha cambiaria, tras casi cuatro años sin marcadas diferencias.
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En el primer caso, al tipo de cambio oficial a partir de un PBI que para el promedio del 2020 fue estimado por la Dirección Nacional de Cuentas Nacionales – Indec en poco más de $27 billones ($27.021.238 millones) y una población de 45,3 millones de habitantes, el ingreso medio por habitante cayó 15,4%, a unos USD 8.426, el nivel más bajo desde la crisis de las hipotecas en los EEUU y Europa, cuando pasó de USD 9.100 en 2008 a USD 8.288 el año siguiente. Fue el menor en 11 años.
En tanto, en el segundo caso, según el tipo de cambio libre, como el contado con liquidación y Dólar-Bolsa, que comenzaron a ganar protagonismo como referentes del mercado, a partir de la constante agudización del cepo a la venta de divisas, no sólo para ahorro, sino también para turismo e importaciones de las empresas, el derrumbe del PBI por habitante en 2020 fue de casi 46%, al equivalente a USD 5.386, menos de USD 450 por mes. Ese valor fue el más bajo de la serie oficial desde 2005, cuando la actividad estaba aún en el camino de la depresión de 2002, y había avanzado a USD 5.145 por persona por año.
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El análisis retrospectivo de las cuentas nacionales permite ver con claridad, como el manejo de la política cambiaria, como ancla de la inflación y de las expectativas de los empresarios tiende a “inflar” el nivel del PBI en su equivalente en dólares, mientras que cuando ya no se puede sostener porque no fue acompañada por sólidas políticas macroeconómicas: fiscales, monetarias y de apertura de la economía, provoca el efecto opuesto, y genera más incertidumbre, y transporta los índices de pobreza a valores tan altos que resulta muy complejo para bajarlos.
Y si se vuelve a comparar el PBI en pesos en valores constantes, ajustado por inflación, otro resultado negativo que dejó el cierre de 2020 fue que, pese a la parcial recuperación de la actividad en la segunda mitad del año, cuando el Gobierno había logrado revertir las expectativas sobre el control de la crisis sanitaria y comenzó a flexibilizar la circulación de la población y rehabilitar, el nivel del cuarto trimestre fue el más bajo para ese tramo del ejercicio en los últimos 11 años.
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Expectativas para el corto plazo
Hasta ahora el consenso de las expectativas de mercado anticipan una recuperación parcial en 2021, a partir principalmente de:
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1) “arrastre estadístico” del año anterior, esto con solo mantenerse constante en valores reales el nivel de cierre de 2020 el PBI aumentará en un rango de 5% a 6%;
2) aceleración del ritmo de vacunación contra el covid-19 y la consecuente eliminación de las restricciones que aún prevalecen para el uso del transporte público y masivo de pasajeros, como buses y trenes;
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3) continuidad de condiciones climáticas favorables para el desarrollo de los cultivos pampeanos;
4) levantamiento de las restricciones a las importaciones de insumos necesarios para la producción de bienes de uso intermedio en las cadenas de valor, como para la venta final a los mercados internos y de exportación;
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5) no se atrase el tipo de cambio respecto de la inflación real, para no afectar el flujo del comercio exterior, en particular de salida al resto del mundo; y
6) no vuelva a elevarse la presión impositiva sobre las empresas y consumidores, no solo en el orden nacional, con el cambio de Ganancias y Monotributo, sino también en provincias y municipios con la suba de alícuotas sobre los Ingresos Brutos y los activos.
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