
Los dichos de una diputada nacional oficialista, en los últimos días, de que es una desgracia y hasta una maldición que la Argentina sea un relevante exportador de alimentos no irrumpen descolocados. Provienen de una representante política de una fuerza (en el gobierno) que en pocos meses impulsó (sin éxito) la estatización de una importante empresa exportadora de granos, coqueteó antes con la idea de la vieja Junta Nacional de Granos, elevó en su hora impuestos a las exportaciones de productos de origen agropecuario, mantiene una brecha cambiaria que reduce el precio percibido por productores exportadores, restringe el acceso a bienes importados para la agro-producción y prohibió temporariamente las exportaciones de maíz.
Sobrevuela una histórica y errada idea relativa a que ser competitivos y exportar productos vinculados con la producción de agroalimentos afecta la calidad del acceso doméstico a esa misma producción. Y ello sigue afectando perniciosamente decisiones políticas.
Ha dicho George Gilder que la pobreza no es un estado de los ingresos sino un estado de la mente.
La experiencia muestra que, al contrario, el aliciente a producir a través de la ampliación de los mercados -gracias a las exportaciones- conduce a mas inversión, lo que aumenta la producción total y mejora la productividad. Lo opuesto se exhibió cuando hace tres lustros se prohibió la exportación de carnes vacunas y el efecto inmediato de ello fue la caída en la producción y el aumento consecuente de los precios por menor oferta.
De divorcios y otras falacias
No hay divorcio entre abastecimiento doméstico e internacional, tal como lo muestra el hecho de que los países más exportadores son los que mejor abastecimiento interno logran (entre ellos Estados Unidos, Alemania. Países Bajos, Japón). E incluso es falaz el argumento de que ser exportador de alimentos afecta el consumo doméstico cuando se constata que la mitad de todos los alimentos que se comercian internacionalmente en el planeta son exportados por la Unión Europea y Estados Unidos.
Para Argentina ser un relevante exportador de productos agroalimenticios es una virtud. El 70% del total de exportaciones argentinas de bienes (55.000 millones de dólares en 2020) se compone de productos de la cadena agroalimenticia, dentro de la cual hay bienes llamados primarios (granos, frutas, pescados), bienes de manufacturación intermedia (aceites vegetales a granel, harinas en pellets, jugos concentrados) y bienes finales (vinos, caramelos, lácteos). La agroproducción es precisamente el único terreno en que Argentina se ubica entre los 15 mayores exportadores del mundo. Contrario sensu, si se consideran la totalidad de los productos exportados en el planeta Argentina llega apenas al puesto 50 en el ranking mundial de exportaciones por país.
Argentina apenas genera 0,3% del total de exportaciones mundiales si se cuentan todos los rubros, pero en las exportaciones de agro y de alimentos llega a generar 2,05% del total global, casi siete veces más.
Si acaso ocurriera (como se ha insinuado) la temida puja entre la exportación y los precios locales (que se internacionalizan) ello ocurre porque las distorsiones internas reducen la capacidad de compra del salario argentino, los elevados impuestos domésticos impactan en los precios locales, el desorden macroeconómico impide la inversión y la cerrazón de la economía reduce la competencia.
Verde que te quiero, verde

En verdad, hay otra desgracia efectiva y no hipotética (entre otras) entre nosotros: la escasez de dólares. Y hay que decirlo: es una bendición que el sector exportador agroalimenticio aporte a la Argentina más de 40.000 millones de dólares anuales por ventas externas y demande por el contrario muy pocas importaciones (unos 8.000 millones de dólares anuales). Por ello es el único rubro que genera un holgado superávit externo intra-sector, obteniendo dólares netos que los demás rubros productivos no generan (son deficitarios, porque importan más que lo que exportan, las manufacturas industriales; los minerales, energía y combustibles; y los servicios).
Cinco beneficios
Al revés de los que temen a las exportaciones, los países que mas exportan se benefician por 5 vías: mejoran la calidad de su producción por la exigencia internacional; elevan la condición del empleo porque las empresas internacionales debe invertir en las personas; soportan menos estrés cambiario porque reciben dólares productivos, además de los financieros; elevan la tasa de inversión (doméstica e internacional, porque el comercio suprafronterizo no ocurre sin participar en cadenas transfronterizas de valor); y contribuyen a toda la economía local al aumentar la producción total, contagiar cadenas de proveedores y aumentar la recaudación fiscal.
La economía de la tercera década del siglo es global. Y la Argentina participa de ella esencialmente a través de la producción agroalimenticia internacional. Es verdad que el grueso de la exportación argentina en este sector es de insumos y no de bienes finales, pero ello debe analizarse a la luz de dos realidades: para exportar productos con mayor manufacturación hay que lograr inversión de calidad que se justifica en la participación en cadenas internacionales de producción a las que ingresa 70% del comercio mundial, pero solo 35% del argentino (como efecto del aislamiento autonomista del modelo regulativo productivo argentino que debería flexibilizarse); y por el otro que el hecho de exportar pocos bienes finales no escapa demasiado de la realidad de ese comercio mundial alentado por las cadenas transfronterizas, pues solo 20% de todo lo que se exporta en el mundo por parte de todos los países son bienes finales y los principales componentes del tráfico entre países de bienes es de productos que completan procesos productivos en redes supranacionales.
La exportación agroalimenticia, por ende, es la más virtuosa de nuestro país. Y si se logra una visión sistémica (la economía no está ya dividida en rubros sino integrada en ecosistemas) puede entenderse que gracias a que existe un muy competitivo sector agroalimenticio exportador hay un ambiente para que en Argentina se haya generado ingeniería genética de avanzada, producción automotriz -de pick ups y utilitarios- para abastecer al sector, software dedicado a la agroproducción, servicios de transporte y logística que transitan por nuestras atrasadas rutas y vías llevando la carga, manufacturación de alimentos elaborados que consumimos con nivel internacional y hasta recaudación fiscal por los mas altos impuestos del mundo que posibilitan políticas sociales.
Dice Paul Romer que el crecimiento económico se produce siempre que la gente toma recursos y los reacomoda de diversas formas para hacerlos más valiosos. Eso ocurre, al menos, con los agroalimentos argentinos.
Es curioso que un país que computa más fracasos que éxitos se apiade tanto de sus fracasos y lamente los efectos de sus virtudes. Que se tema tanto a los efectos riesgosos del éxito y se desatienda tanto a las consecuencias negativas del error. Quizá es esa manía la que impide el salto económico por tantos años esperado.
Ya creía Confucio que no son las malas hierbas las que ahogan las buenas semillas, sino que ello ocurre por la negligencia del campesino.
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