
El año pasado Larry Fink, CEO de BlackRock, la compañía de administración de fondos más grande del mundo y cabeza del grupo “Ad Hoc”, el comité que negoció más duramente la restructuración de la deuda externa argentina, tuvo un aumento de 5%, que llevó su “salario básico” a USD 25,3 millones, el más alto del mundo, según una compilación de las remuneraciones de 31 gerentes de grandes fondos europeos y norteamericanos.
A su vez, Fink recibió USD 50,8 millones en acciones no “adquiridas” ni convertidas a “cash”. Tomando en cuenta estas cuestiones, señalaron expertos en remuneraciones al Financial Times, el ingreso anual de Fink (salario, más bonus, más valuación de acciones) fue de USD 31 millones, unos USD 20 millones menos que los USD 51,3 millones que había ganado en 2018. Según la lógica del negocio, el CEO de BlackRock se ganó la suya, porque atrajo nada menos que USD 429.000 millones en nuevos fondos a administrar.
Fink, de 68 años, inició BlackRock en 1992, después de pasar por First Boston y pelearse con sus socios de BlackStone, otro administrador poderoso, y su reputación de mago de las finanzas tiene dos pilares: mucho poder computacional y algoritmos de análisis para administrar “científicamente” los activos a su cargo, y una red de contactos políticos y empresarios que cultiva personalmente volando en su jet personal y visitando decenas de países a lo largo del año. Uno de ellos es Andrés Manuel López Obrador, el presidente de México a quien Alberto Fernández le pidió interceder para ablandar las pretensiones de BlackRock. También Miguel Galuccio, fundador de Vista Oil y ex presidente de YPF, hizo un acercamiento a Fink por pedido de Cristina Kirchner.

Detrás de Larry
El ingreso conjunto de los 31 administradores fue de USD 233 millones, a un promedio de USD 7,5 millones, bastante por debajo de Fink. Según el diario británico, el ingreso de estos ejecutivos es motivo de crecientes cuestionamiento en un mundo en el que los salarios de empleados y trabajadores rasos permanece básicamente estancado y en el que, además, los fondos que administran tienen resultados bastante pobres. Además, los suculentos premios que se auto-asignan los inhiben de cuestionar las sumas que también se auto-asignan los ejecutivos y directivos de las firmas en cuyas juntas de accionistas se sientan y cuyas acciones administran para -se supone- controlarlas en beneficio de los accionistas.
El propio FT reconoce que la lista y las sumas de su ranking son incompletas, ya que algunos fondos guardan muy celosamente esa información. Lo que también pone en duda, dice el diario, el compromiso que declaman con causas ambientales y formas más “sostenibles” de capitalismo.
Otra crítica es que el sistema de fijación de remuneraciones a estos supuestos gurúes del dinero está viciado, porque depende de “comités” de compensación cuya paga depende del mismo administrador, lo que hace más atractivo palmearle la espalda que morderle las manos.
Otros CEOs de fondos de inversión con títulos argentinos y que tienen hasta el 24 de agosto para decir si aceptan o no la restructuración diseñada por Martín Guzmán son William Stromberg, de T.Rowe Price, cuyo “básico” fue el año pasado de USD 14,6 millones, Greg Johnson, de Templeton, que se llevó a casa USD 10,4 millones; Seth Bernstein, de AllianceBernstein, con USD 9,4 millones, y Mark Coombs, de Ashmore, que anduvo debajo del promedio, con un básico de “apenas” USD 4,7 millones.
Un caso particular es el del Yves Perrier, veterano CEO de Amundi, que ganó USD 3,2 millones de “básico” pero en abril pasado anticipó que donaría la mitad de su “bonus” de 2 millones de euros a un fondo de ayuda para la lucha contra el coronavirus establecido por el banco francés Crédit Agricole.
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