
No sabemos cuánto tiempo va a durar esta pandemia del coronavirus y si se encontrará la solución al problema. Lo cierto es que de extenderse en el tiempo esta crisis, inevitablemente cambiará la forma de trabajar. Desaparecerán millones de puestos de trabajo y se crearán otros.
En lo inmediato hay sectores que recibirán el impacto negativo de la pandemia en forma plena: compañías aéreas, comercios en los aeropuertos, hoteles, restaurantes, bares, shopping centers, teatros, cines y todo lo que tenga que ver con el espectáculo. Incluso los salones que se alquilan para conferencias pierden ingresos al suspenderse congresos, seminarios, etc., lo cual afecta, por carácter transitivo, al sonidista que contratan y vive del trabajo que le brindan esas conferencias, los servicios de catering, el que filma la conferencia, etc. De manera que cabe prever mucha gente que la va a pasar muy mal, y esa gente es toda del sector privado.
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Ni hablar de sectores como inmobiliarias o las concesionarias de autos. Si ya venían mal, con este tema es muy probable que la gente postergue las escasas decisiones de invertir en una propiedad o cambiar el auto. ¿Quién suelta un dólar ahora?
El señor del kiosco, que trabaja con lo que le vende a la gente que pasa por su negocio, también va a tener menos ingresos por el menor flujo de gente. Otro que va a sufrir las consecuencias económicas.
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Considerando el sobredimensionamiento del Estado, luce razonable que los empleados públicos ligados a la burocracia, de todos los niveles de gobierno, también hagan su aporte y cobren un sueldo menor al que reciben. Ellos viven de los impuestos que genera el sector privado, el cual estará colapsado por la falta de ventas que le impedirá pagar impuestos. Por lo tanto, no habrá plata para sostener un aparato burocrático sobredimensionado. Ese menor sueldo se lo puede compensar parcialmente con los empleados estatales quedándose en sus casas y ahorrándose transporte y comidas fueras del hogar.
Esfuerzo compartido
No luce lógico que mientras el sector privado agoniza económicamente, la burocracia estatal siga cobrando como si en el mundo no pasara nada. Justamente, en este momento de crisis, es fundamental que el gobierno decrete una amplia desregulación de la economía para que se tengan que hacer menos trámites que complican la operatoria del sector privado, al punto que en épocas normales tienden a paralizar las operaciones de las empresas. Eliminando regulaciones, habrá menos trámites que realizar, menos movimientos de personas y menos empleados públicos utilizando medios de transporte con el riesgo de esparcir el virus.
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Por ejemplo, hoy existe la tasa de abasto, que es una tasa que cobran los municipios a quienes entran con productos alimenticios. Un camión con que lleva hamburguesas a los comercios de un partido a otro tiene que hacer el trámite para abonar ese cargo, que es una especie de aduana interna. Esto es muy común en la provincia de Buenos Aires, y puede eliminarse, hay en toneladas de casos en todo el país.
Pareciera complicado declarar un cese de actividades por 10 días o más, porque hay mucha gente que vive de su ingreso diario, como el de un taxista que alquila el auto con el que trabaja, y por tanto no cuenta con ingresos suficientes previos para poder resistir ni una semana.
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Pero dentro de todas las malas noticias que se presentan para la economía por el coronavirus, la buena noticia es que hoy se dispone de un salto tecnológico que permite seguir realizando muchas tareas a distancia. Por ejemplo, las secretarias pueden trabajar perfectamente desde sus casas y comunicarse con sus jefes por Skype, WhatsApp, mail, teléfono o celular. Pueden hacerse puentes para recibir y transmitir llamados telefónicos.
Las reuniones presenciales de trabajo se pueden hacer en forma grupal en cualquier plataforma que sea un meeting room virtual, como ya están practicando muchas consultoras de profesionales con sus clientes de empresas que antes se hacía presencialmente.
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Experiencia propia
Las aulas virtuales no son algo nuevo. Por lo menos existen desde hace 20 años. Mi hermano, fallecido, fue un pionero en dar clases de postgrado por internet.
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Personalmente he dado clases en sus cursos en aulas virtuales donde había alumnos que entraban al aula virtual en forma simultánea desde Tucumán, México, Colombia, Guatemala y otros países de Centro América, que era donde se había enfocado el mercado de esos postgrados. De manera que las clases de colegios y universidades pueden seguir dándose sin problema. Hay aulas virtuales que permiten seguir normalmente con las clases.
También el Papa Francisco optó por esa modalidad para mantener sus compromisos con la comunidad. Lo mismo se pueden seguir haciendo conferencias online en meeting rooms que aceptan hasta 200 participantes simultáneamente.
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Las compras online son otro mecanismo que permiten seguir teniendo actividad económica sin aglomeraciones. Si la epidemia se extiende en el tiempo, posiblemente los supermercados tiendan a desaparecer y aparezcan más comercios de barrio. No es nuevo el delivery. 50 años atrás existía el almacén de la esquina al que uno le llevaba el pedido y lo traía “el chico del almacén” en un gran canasto de mimbre. Ahora se modernizó y hay aplicaciones en los celulares que permiten hacer las compras online y llega la moto o un camión de reparto. El que tenga el sistema más eficiente para recibir y entregar los pedidos ganará más mercado.
En lo que hace a las fábricas, tienden a estar automatizadas. Ya no es tan común que en las industrias haya legiones de operarios en la planta. Un auto lo fabrica un robot, no legiones de operarios pintando el auto, poniendo tornillos y ruedas.
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En definitiva, la mayor cantidad de puestos de trabajo hoy día está en el rubro servicios y dicho rubro en gran medida puede hacerse vía internet. El tema consistirá en tener un buen servicio de Internet y logística de distribución.
Y ahí se advierte que muchos puestos de trabajo en el Estado no cumple ninguna función útil y obligan a mantener muchos trámites que sólo constituyen trabas que inventan los mismos burócratas para justificar su puesto de “trabajo”. Esos también tienen que reconvertirse como cualquier ser humano del sector privado que todos los días se levanta para ver cómo hace para sobrevivir.
En definitiva, ante la cruda realidad del coronavirus, todos tendrán que repensar la forma de trabajar y, tal vez, sea el momento en que el Gobierno reformule toda esa inmensa burocracia que ya no podrá ser solventada por el sector privado y entorpece el funcionamiento del sector productivo.
Todos deberían poner las barbas en remojo y no hay sector que se sienta con el derecho a ser privilegiado como es la burocracia estatal.
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