
El horno no está para bollos. Nuestro país tiene una suerte de relación de dependencia con Brasil, favorable para los precios del trigo. Por los acuerdos del Mercosur, las exportaciones de trigo argentino están exceptuadas del arancel externo común que es del orden del 10 por ciento.
Sin embargo, estamos jugando con fuego como si no tomáramos debida nota de que Brasil está explorando nuevos puntos de abastecimiento para satisfacer a la industria molinera.
Una vez consumida su propia producción, Brasil debe recurrir a la importación, fundamentalmente de nuestro país y, en menor dimensión, de Uruguay y Paraguay.
Brasil ha sido por décadas nuestro principal cliente. En las últimas tres campañas importó alrededor de 5 millones de toneladas por año. Se trata de más o menos el 50% de las exportaciones de trigo argentino.
La estrategia del vecino país es clara: desde hace años viene diversificando los orígenes del cereal. Y, recientemente, los movimientos del país están indicando que tal estrategia tiende a profundizarse. Ello exige de nuestro país elevar la calidad del producto, es decir mejorar la forma de clasificación de la producción triguera, por variedades y proteína.
Pero además, y sobre todo, demanda un manejo diplomático, hábil y delicado, en la relación bilateral. Se necesita más diplomacia, en resguardo de los intereses nacionales, por encima de cualquier especulación de política interna.
La estrategia brasileña de diversificación de los orígenes de sus importaciones de trigo eleva la competencia por este mercado, exigiendo a nuestro país –su principal proveedor- mejorar no solo la calidad sino la relación.
La distribución de las exportaciones argentinas a Brasil está sujetas a un componente estacional importante con ventas mensuales por encima del medio millón de toneladas en los primeros cinco meses de la campaña, tras la entrada de la cosecha.
La alarma está encendida. Hace pocos días, Brasil anunció la apertura de un cupo de 750.000 toneladas de trigo 2019/20, libre de aranceles para otros países. Ni tontos ni dormidos, EEUU y Canadá acechan en el horizonte comercial, con propuestas muy interesantes para ir ganando espacio en las importaciones del cereal. Y Rusia, el mayor abastecedor de trigo del mundo, no se queda atrás.
¿Qué duda cabe? La amenaza es creciente: la perspectiva del cupo libre de aranceles atraerá la competencia, con proveedores del hemisferio norte.
El mencionado cupo libre de arancel representa alrededor del 11% de las importaciones brasileñas y posibilitará una mayor penetración del trigo extra-Mercosur.
De no haber tal arancel, el trigo argentino debería cotizar en un nivel sustancialmente más reducido. Quizás, cerca de 25 dólares menos por tonelada.
Es fundamental que el próximo Gobierno lubrique la relación con nuestro vecino. El tema no es menor dada la personalidad de Jair Bolsonaro que tiende a liderar el país con cierto sesgo autocrático.
Pese a las diferencias personales y a la polarización ideológica extremadamente visible, el próximo Gobierno debería mantener una política de cooperación y evitar todo riesgo sobre la supervivencia de una asociación estratégica, con más de treinta años de existencia.
(*) Manuel Alvarado Ledesma es Profesor de la Maestría de Agronegocios de la UCEMA
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