
Se tomaron pocos riesgos, no abundaron las definiciones y los pocos cruces que hubo fueron demasiado obvios e irrelevantes como para extraer conclusiones o despertar pasiones. Sobre todo, no hubo ganadores, con lo cual tampoco es esperable un cambio en las tendencias electorales.
Entre quienes desde la capital norteamericana observan con lupa las alternativas de la política argentina y desde las PASO intentan anticiparse al futuro, el primer debate de candidatos presidenciales del calendario electoral dejó anoche gusto a poco. Pero los analistas tomaron nota de un puñado de gestos y algunas frases significativas, con la mirada puesta casi exclusivamente en el candidato kirchnerista, Alberto Fernández.
“Yo no soy un dogmático”, fue una de esas frases, que pareció dirigida justamente a quienes temen un revival ideológico del último gobierno de Cristina Kirchner. “Van a ver de mi soluciones ortodoxas y también heterodoxas”, intentó tranquilizar el candidato opositor. A falta de señales más claras, la expectativa es que sea ortodoxo en materia económica y heterodoxo en otros terrenos. Y no al revés.
“Me asombró que no habló de déficit fiscal, esa fue una luz de alarma”, dijo a Infobae Nicolás Saldías, investigador del Wilson Center, un influyente centro de análisis de políticas públicas de Washington. “No dijo cómo se solucionará el problema del gasto público ni cómo será su política impositiva, sólo Mauricio Macri mencionó ese tema”, resaltó.
Para Daniel Kerner, director para América latina del Eurasia Group, un acierto en la estrategia de Fernández fue enfatizar la idea de que Macri “no entiende la gravedad de la crisis económica, que mintió y que fracasó en el terreno económico”. Insistir en este punto, comentó el especialista, “podría beneficiarlo electoralmente ya que la economía continúa siendo la principal preocupación de los votantes”.

El indicio más claro del candidato kirchnerista sobre las medidas que podría implementar para salir de la crisis pasó por reiterar que buscará potenciar la demanda y el consumo internos, como motores para el crecimiento económico, observó Kerner, para quien sin embargo el debate “no dejó grandes sorpresas y difícilmente haga alguna diferencia en términos electorales”.
La gestualidad y el tono de Fernández, creen los analistas en Washington, contribuyó poco a la idea de una renovación menos ideologizada. El dedo acusador, coinciden, recordó demasiado a la ex presidenta y su célebre atril. Y algunas expresiones hechas “para la tribuna” tuvieron un eco revanchista que tampoco ayudó a enfatizar un distanciamiento de ese kirchnerismo que el propio candidato criticó duramente en el pasado.
“El dinero que nos dio el Fondo se lo llevaron sus amigos, presidente”, acusó en un momento el ex jefe de Gabinete sobre los desembolsos que hizo el FMI en el marco del acuerdo stand-by, que en realidad se usaron para pagar vencimientos de deuda. Para el analista del Wilson Center, ese fue un ataque “feo y ridículo”, que en lugar de cerrar la grieta “apunta a abrir diferencias”.
Lo que más inquieta en Estados Unidos es la economía argentina y la orientación que un eventual gobierno kirchnerista le pueda dar a las relaciones internacionales. Después de la alianza estrecha que Macri tejió con la Casa Blanca, un respaldo al eje bolivariano o incluso la neutralidad frente a los atropellos dictatoriales en la Venezuela de Nicolás Maduro sería una muy mala noticia para la diplomacia norteamericana. También en este punto faltaron precisiones.
“Los dichos de Alberto Fernández sobre Venezuela fueron muy raros. Afirmó que todos sabemos lo que piensa sobre ese tema y la realidad es que no lo sabemos”, apuntó Saldías.
Acostumbrados a debates más elaborados, con intercambios reales entre los participantes y periodistas que hacen preguntas puntuales y no están allí sólo para tomar el tiempo de cada intervención, los analistas en Washington esperan que el segundo debate sea mejor. “Estuvo mal diseñado y eso no ayuda a clarificar las posiciones”, opinó el experto del Wilson Center.
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