Unos 60.000 argentinos teñirán de celeste y blanco la ciudad de Miami para acompañar a la Selección en los dieciseisavos de final del Mundial frente a Cabo Verde. Otra vez, la Scaloneta jugará prácticamente de local en el Hard Rock Stadium. Argentina no solo exporta futbolistas: también exporta hinchas.
Todos viajan para acompañar a la Selección. Pero, en el fondo, también quieren asegurarse de ver una vez más a Lionel Messi con la camiseta argentina.
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Cada ciudad que recibe a nuestro pueblo, tiene el privilegio de asomarse, aunque sea por unos días, a una de las manifestaciones futboleras más genuinas y pasionales del mundo. Las parrillas improvisadas en la calle, las banderas gigantes de Diego Maradona, las camisetas celestes y blancas que copan cada rincón y las canciones que parecen no terminar nunca. Es la locura nacional, esa que convierte cualquier rincón del planeta en una pequeña extensión de casa. Costumbres argentinas.
Hay pocas expresiones culturales capaces de movilizar semejante cantidad de personas a miles de kilómetros de casa. El fútbol, en nuestra tierra, atraviesa barrios, escuelas, familias y generaciones. Es una pasión heredada, un idioma común y una manera de vivir.
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En Miami convivirán dos formas muy diferentes de construir una identidad futbolística: la de un país donde el fútbol es patrimonio cotidiano y la de otro que encontró en los hijos de la diáspora la posibilidad de hacerse visible frente al mundo. Argentina juega con la fuerza de una cultura futbolera que nunca dejó de producir talento y Cabo Verde lo hace con algo muy poderoso y diferente: el deseo de volver a reunir, aunque sea por noventa minutos, a un pueblo repartido por los cinco continentes.
Mientras que en Argentina la mayoría de los futbolistas del plantel, salvo escasas excepciones, fueron formados por clubes nacionales, el caso de Cabo Verde responde a una lógica completamente distinta: gran parte de sus jugadores se formaron lejos del territorio que hoy representan. La selección caboverdiana es, en buena medida, una selección de la diáspora.
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El siguiente dato lo resume perfecto: en el plantel hay más jugadores nacidos en Rotterdam que en Praia, la capital del país. Seis futbolistas caboverdianos nacieron en la ciudad neerlandesa: Jamiro Monteiro, Deroy Duarte, Laros Duarte, Garry Rodrigues, Dailon Livramento y Sidny Lopes Cabral.
La explicación también está en la diáspora. Rotterdam alberga la mayor comunidad caboverdiana fuera del archipiélago y es conocida como la “undécima isla”. Allí, entre las décadas de 1960 y 1970, se asentaron miles de caboverdianos que emigraron para trabajar en la industria marítima. Hoy, sus hijos y nietos mantienen ese vínculo con sus raíces y muchos lo representan a través del fútbol.
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Ese recorrido explica parte de su crecimiento, aunque todavía esté lejos del grado de desarrollo de otras selecciones africanas que hoy compiten entre las mejores del mundo.
Hay una realidad innegable: Cabo Verde no tiene nada que perder ante la actual campeona del mundo. Nadie esperaba, a priori, que lograra romper el grupo de Uruguay y clasificarse como segundo detrás de la gran España. En ese sentido, la presión de jugar contra un rival de menor envergadura recae claramente sobre Argentina.
Sin embargo, esto no se trata de subestimar. Todo lo contrario: el respeto es la primera herramienta para ir a buscar el pasaje a octavos de final.
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En sintonía con el duelo qué se viene, es importante resaltar qué las selecciones africanas han confirmado en esta Copa del Mundo una tendencia ascendente del fútbol de la región. Ya no aparecen únicamente como equipos sostenidos en la rebeldía individual, la velocidad o el biotipo: muestran bloques cada vez más organizados tácticamente.
Tampoco hay qué caer en una lectura uniforme del fútbol africano. El crecimiento de la región es evidente, pero no todas sus selecciones atraviesan el mismo punto de maduración. Marruecos, por ejemplo, ya aparece como un proyecto consolidado, con años de inversión, estructura y una identidad competitiva que le permite pelear de igual a igual contra cualquier potencia.
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Cabo Verde, en cambio, representa otra escala dentro de ese mismo fenómeno: un proyecto más reciente, menos desarrollado, pero que empieza a mostrar frutos concretos.
Pero más allá de las virtudes de Cabo Verde, la principal referencia sigue siendo la propia Argentina. Buena parte de las respuestas del partido estarán del lado del campeón del mundo y de un equipo que, fiel al ciclo de Lionel Scaloni, no modificaría demasiado una estructura que ya conoce de memoria.
Las dudas pasan más por los nombres que por la idea: Medina o Tagliafico en el lateral izquierdo, Cuti Romero u Otamendi en la zaga, y Julián Álvarez o Lautaro Martínez como acompañante de Lionel Messi.
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Si no surge ningún contratiempo de último momento, el posible equipo de Scaloni sería: Emiliano Martínez; Nahuel Molina, Cristian Romero o Nicolás Otamendi, Lisandro Martínez, Facundo Medina o Nicolás Tagliafico; Rodrigo De Paul, Enzo Fernández, Alexis Mac Allister, Thiago Almada; Lionel Messi y Julián Álvarez o Lautaro Martínez.
Más allá de esas tres incógnitas, el resto del equipo parece estar definido. La columna vertebral se mantiene intacta, con un mediocampo que combina recuperación, circulación y llegada, y con Lionel Messi como ancho de espadas de un equipo que tendrá la responsabilidad de llevar las riendas del partido, asumir el protagonismo y encontrar los caminos para romper el orden defensivo de Cabo Verde.
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Será fundamental para Argentina no desesperarse si el partido se hace largo. Cabo Verde intentará sostener el cero en el arco de Vozinha, achicar espacios y esperar el momento para salir de contragolpe. La Albiceleste tendrá que apelar a una de las grandes virtudes que construyó durante el ciclo Scaloni: entender qué pide cada momento del partido.
La ansiedad y la frustración forman parte del escenario que buscará provocar el rival. Por eso, Argentina deberá alejarse de la expectativa de resolver el encuentro en los primeros minutos y aceptar que, muchas veces, la paciencia también es una forma de atacar. Habrá que domesticar el tiempo, mover la pelota con criterio y confiar en que los espacios, tarde o temprano, terminarán apareciendo.
Argentina rara vez juega mejor cuando se acelera. Juega mejor cuando logra que el partido se juegue al ritmo que ella decide.
Aunque preferiría olvidarlo y pasarlo por alto, me es importante remarcar algo. Estamos en tiempo de descuento en la carrera albiceleste de Lionel Messi y, pase lo que pase, no queda más que disfrutar, aplaudir y ser conscientes de la leyenda que todavía estamos viviendo en presente.
Cada partido tiene algo de privilegio. Más allá del resultado, de las obligaciones y de la exigencia competitiva, todavía nos queda Messi. Y mientras quede Messi, también queda una razón para emocionarse, agradecer y guardar cada imagen como parte de una historia irrepetible.
Qué lo disfrutes Capitán.
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