“Mi vida cambió completamente y esto es lo mejor que me ha pasado”.
Roger Federer tenía 19 años, aún no había ganado títulos en el circuito ATP y apenas era reconocido como una joven promesa por haber conquistado Wimbledon Junior dos años antes. Nadie podía imaginar lo que finalmente conseguiría el suizo como profesional, pero sí muchos temían que ese fuego de juventud que tenía en la cancha se desviara hacia afuera del court demasiado pronto después de haber cruzado miradas con una tenista en la villa olímpica de Syndey 2000.
Aquel torneo era una buena prueba para el joven que ya había disputado -y perdido- dos finales, Marsella y Basilea, por eso su entrenador, Sven Groeneveld, se preocupó cuando el suizo le comentó algo sobre una chica de 24 años con la que había cruzado algunas palabras en la ciudad australiana. Ante el terror de que un amorío veraniego acabara con las posibilidades del deportista de triunfar en el torneo, el coach neerlandés fue contundente: “No”.
La mujer se llamaba Mirka Vavrinec, tenía 24 años y formaba parte de la delegación suiza. Pese a haber nacido en Bojnice, Checoslovaquia (ciudad que hoy es territorio de Eslovaquia), sus padres habían emigrado a Suiza cuando ella tenía 2 años y por eso había adoptado esa nacionalidad para participar de los Juegos Olímpicos. En la Villa donde se hospedan los atletas mantuvo varias conversaciones con el joven Federer, casi cinco años menor que ella, y esas charlas iban mucho más allá de lo estrictamente deportivo.
“Preguntó a todos si debía estar con Mirka. Todos le dijimos que no lo hiciera, que era muy joven, que mejor seguir libre. No lo hizo y tomó la mejor decisión de su vida”, reveló Sven Groeneveld en una transmisión en vivo por redes sociales en 2020, cuando además recordó que en aquel momento “Roger no estaba emocionalmente formado todavía”.

Lo cierto es que Federer escuchó a sus maestros durante un tiempo y en el torneo llegó hasta las semifinales, instancia en la que perdió ante el alemán Tommy Haas en dos sets, para después caer frente al marroquí Arnaud Di Pasquale y quedarse sin la medalla de bronce. Antes de que cada uno siguiera su camino, el suizo desobedeció a sus guías y optó por seguir su corazón: “Yo era un novato y no tenía idea de cómo organizarme. La realidad es que en esas dos semanas en Australia construimos una hermosa química. Y el último día, cuando todos partíamos a distintos destinos, llegó eso que fue algo más que un beso. Derivó en algo extraordinario para los dos”, contó mucho tiempo después el deportista.
El destino quiso que la carrera de Vavrinec se truncara y en 2002, agotada por una lesión en uno de sus pies, decidió retirarse como profesional sin haber ganado títulos, pero habiendo llegado al puesto 74 del ranking de la WTA. Después de eso, y completamente enamorada de Federer, se convirtió en una piedra fundamental de la vida y la carrera de su pareja.
Es que quienes siguen a Federer desde sus comienzos recuerdan que su carácter no era demasiado agradable en las canchas. Su ambición por ganar lo llevaba por momentos a convertirse en alguien que no despertaba la simpatía de la mayoría del público o de algunos de sus rivales, algo que con el tiempo fue cambiando hasta que adoptó una personalidad asombrosa que lo convirtió en uno de los deportistas más carismáticos y más ganadores de la historia. Y en un verdadero caballero.

En una entrevista al diario La Nación en 2019, el propio Roger reconoció que fue su esposa una de las claves en este cambio: “Ella tuvo un profundo impacto en mi carácter. Quizá no en mi juego, pero sí en mí como profesional, porque fue tenista profesional antes que yo, porque tenía más experiencia cuando yo llegué al tour, y porque sabía lo que era el trabajo duro; yo estaba aprendiendo lo que era. Me hizo crecer y madurar en los primeros años. Después, el apoyo que recibí de ella fue siempre amor incondicional. Siempre estuvo ahí para ayudarme. Me hizo más fácil la vida, sin importar que yo ganara o perdiera. Siempre voy a tenerla en mi esquina y me da gran estabilidad”.
La presencia de Vavrinec en las gradas durante los partidos del suizo se hizo tan común como verlo levantar trofeos. En abril de 2009, la pareja dio el sí en el altar y un par de meses después, en julio, nacieron las gemelas Myla y Charlene. En mayo de 2014, se sumaron al clan los mellizos Leo y Lenny para completar una familia de seis que ha recorrido el mundo viendo a Su Majestad ganar 103 títulos en el circuito y 20 de ellos de Grand Slam.
Lo cierto es que todo nació con aquella desobediencia de Federer, quien estaba convencido de lo que hacía: “Desde que la conocí, siempre quise formar una familia. Mi vida cambió completamente y esto es lo mejor que me ha pasado”, contó en una entrevista Federer al sitio británico The Mirror. Y en otra charla con The Sunday Times declaró: “Me niego a dormir en la cama sin mi esposa. Siempre quisimos tener hijos, pero mi sueño era estar con ella en la misma habitación, no en otro cuarto o en otro piso, me compensa cambiar una tonelada de pañales con tal de vivir mi sueño con Mirka”.
En 2022, el suizo anunció su retiro como profesional. Aquejado por las lesiones en su rodilla, tuvo su Last Dance en la Laver Cup. Y la vida familiar dejó de ser nómade, más allá de su estatus eterno de leyenda.
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