Novak Djokovic es uno de los mejores tenistas de la historia, ganador de 24 Grand Slams, pero pese a ser dueño de numerosos récords deportivos, la crianza del serbio y su llegada a las canchas merece un capítulo aparte.
Tras cada saque, cada devolución y cada mirada fría sobre el césped londinense, habitan imágenes del pasado de su dura infancia, marcado profundamente por la guerra, la escasez y un entorno familiar volcado al esfuerzo cotidiano, que merece ser contada.
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Djokovic nació en Belgrado en 1987, en el seno de una familia de origen modesto, cuyos días estuvieron definidos por la inestabilidad política y la amenaza constante en la Yugoslavia de los años 90, como el tenista reveló a BBC Sports.
Según, Daily Mail, dos años después, sus padres, Srdjan y Dijana, se mudaron con él a la estación de esquí de Kopaonik con la esperanza de encontrar una vida mejor. Allí abrieron varios negocios, desde una pizzería hasta un local de ropa y una crepería, con la ilusión de resistir los coletazos económicos de un país jaqueado por el embargo.
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La montaña de Kopaonik, que seis meses al año quedaba sepultada bajo la nieve, se transformó en inesperado semillero de talento cuando instalaron tres canchas de cemento frente a los negocios familiares.

La llegada de la entrenadora Jelena Gencic, quien había descubierto a Monica Seles, fue determinante: “Dijeron que yo era un niño de oro”, recordó Novak en una entrevista con CNN, hace varios años. De inmediato, Gencic convenció a sus padres de invertir lo poco que tenían en una carrera tenística improbable, considerando el entorno.
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Según cuenta Daily Mail, los relatos de la época, describen cómo los Djokovic trabajaban de día como instructores de esquí y de noche servían en la pizzería para juntar el dinero que permitiera a Novak seguir jugando, aunque practicar costara 25 marcos (alrededor de 15 dólares) por hora, en plena hiperinflación.
La familia se esforzaba para darle a Novak todas las oportunidades posibles. Un momento decisivo fue la decisión de subarrendar unas viejas canchas de arcilla en el hotel Brzece, donde Novak mejoró su técnica durante los veranos bajo el ojo vigilante de Gencic, mientras que el resto de la familia trabajaba rentando las otras canchas para sostener los gastos del joven prodigio, según Daily Mail.
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La guerra que cambió todo
El conflicto bélico fracturó Yugoslavia y, hacia 1997, la falta de futuro empujó a mudarse de nuevo a Belgrado, con la convicción de que la ciudad ofrecía las condiciones mínimas para que Novak pudiera desarrollarse.
La herida más profunda de la infancia de Djokovic llegó en 1999, cuando la OTAN bombardeó Serbia durante 78 días en el intento de doblegar al régimen de Milosevic y expulsar tropas de Kosovo.
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Tenía 11 años cuando un estruendo y la vibración de vidrios quebrados lo despertaron en la madrugada del 24 de marzo; vio a su madre caer inconsciente y se deslizó junto a sus hermanos por las oscuras calles de Belgrado en busca de refugio, como relató en su autobiografía Serve to win.

El primer refugio lo encontraron en el sótano del edificio de su abuelo, donde pasaron meses junto a decenas de vecinos, entre humedad, miedo y noches en vela, escuchando caer las bombas.
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“Nos despertábamos dos o tres veces cada noche… Vivimos en el sótano de la casa de mi abuelo. Pasaba casi todo el día en ese búnker”, contó en CBS, agregando que solo salía en las mañanas cuando el cese del bombardeo le permitía golpear un rato la pelota.
En ese ambiente de incertidumbre, sobrevivir fue la consigna. Las colas a las cinco de la mañana para conseguir leche o pan eran parte de la rutina de miles de familias, tal como Novak ha recordado a Sony Sports Network.
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La madre de Novak, según relató al diario serbio Mondo, fue el pilar que sostuvo emocionalmente a todo el núcleo familiar en un diminuto departamento de setenta metros.

El padre, Srdjan, exfutbolista y esquiador, suplió la carencia material con inmensa convicción: “Tuve un ejemplo en mi padre, que fue perseverante y creyó en mí, incluso cuando yo no lo hacía”, admitió Djokovic.
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El miedo compartido se hizo costumbre: 20 familias amontonadas en el sótano mientras afuera estallaban puentes, hospitales y barrios enteros.
De esa experiencia, el tenista dice que obtuvo algo fundamental: “Saco varias cosas positivas de vivir en guerra, como tener más hambre de éxito”, dijo en el especial de CBS.
“Me hizo más fuerte y ayudó a convertirme en el número uno”.

En una conferencia de prensa en 2020, Djokovic lo resumió: “Ese fue mi fundamento: el hecho de venir literalmente de la nada y de la vida difícil, junto con mi familia y mi pueblo… Recordar de dónde vine siempre me inspira y me motiva a esforzarme aún más”.
Pese a las bombas y el apagón constante, la rutina del tenis nunca se detuvo. Durante esos días sin colegio, Jelena Gencic diseñaba una suerte de mapa de canchas en Belgrado: elegía aquellos clubes o lugares que habían sido bombardeados el día anterior, convencida de que los aviones evitarían los blancos repetidos, narró CNN.
Así, entrenaban hasta cinco horas diarias a merced de la suerte. “Decidimos dejar de tener miedo”, escribió Djokovic en su libro. “Después de tanta muerte y destrucción, simplemente dejamos de escondernos. Una vez que te das cuenta de que eres verdaderamente impotente, cierto sentido de libertad te invade”.

El niño que quería ser tenista profesional
El desarrollo deportivo de Novak continuó en el Club Partizan de Belgrado, donde encontró una segunda familia y formó lazos con otras futuras figuras como Ana Ivanović. “Es el club que tiene en su corazón”, sintetizó Dusan Grujic, presidente del club a BBC Sports.
A los 12 años, y con la guerra herida, pero sin frenar su motivación, la familia viajó a Alemania para que entrenara con Nikola Pilić, quien se transformó en una figura paterna del tenis y lo sigue aconsejando hasta hoy.

Djokovic representa para muchos serbios la perseverancia convertida en éxito tangible. Es héroe nacional y embajador de una imagen renovada, incluso cuando en la memoria colectiva todavía laten las heridas de guerra“.
“Mi meta es ser número uno”, afirmó en la televisión serbia con solo siete años. Cumplió su palabra años más tarde, en 2011.
Hoy, arrastra una historia que late mucho más fuerte que cualquier grito de estadio: la de aquel niño que aprendió, en medio de la guerra, a nunca dejar de pelear.
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