
El nombre de Adriano volvió a aparecer en el mundo del fútbol, como alguna vez lo hizo en la década de los 2000 cuando fue catalogado como uno de los mejores futbolistas del momento, pero en esta ocasión se debe por los crudos relatos de su vida y los diferentes contratiempos que tuvo que atravesar, o quedar en el camino. Como los momentos de lujuria que el brasileño pasó y contó en la autobiografía “Adriano, meu medo maior”. Una de las anécdotas data del año 2015, cuando se fue de fiesta con un grupo de 18 mujeres en Río de Janeiro.
Con su carrera ya venida a menos y con diversos problemas que lo alejaban de los terrenos de juego, el atacante estaba a detalles de abandonar el Atlético Paranaense para sumarse al Le Havre de Francia, que por entonces militaba en la Ligue 2, segunda división del país. Tras inconvenientes entre las partes involucradas para concretar el traspaso y firmar el contrato, todo se cayó y el Emperador se quedó en su país.
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Allí, para ahogar las penas, armó una fiesta con sus amigos en la parte sur de Río, en un burdel llamado Motel Vip’s de Copacabana. “Me puse la bata, pedí mi whisky y comencé a relajarme. Me volví hacia los muchachos y les dije: ‘Hoy los voy a llevar a todos. Hoy será la fiesta de Adriano en el Vips’“, contó el exfutbolista, haciendo alusión al nombre del establecimiento.

“Le mandé un mensaje a unas conocidas y organicé la Zona. No exagero. Llamé a 18 chicas. ‘Puedes venir y yo pago. La fiesta estará buena’. Llegamos al hotel 18 chicas y 3 tipos. Uno de los guerreros se enamoró y pasó la noche con una sola. Quedaron 17 para dos de nosotros, pero siempre me gustaron los grandes partidos, nunca me dejaron intimidar los desafíos de la vida”, narró el acontecimiento Adriano.
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De hecho, según informó el medio brasileño Extra en su momento, el ex atacante del Inter gastó más de USD 17 mil en una sola noche e incluso, para evitar que los dueños del lugar teman por cualquier inconveniente, cada vez que la cuenta llegaba a USD 800, él pagaba y seguía la fiesta.
Al mismo tiempo, en su relato con The Players’ Tribune, en el que contó una carta a corazón abierto que está recorriendo el mundo, Adriano rememoró el día que empezó a tomar bebidas alcohólicas. “Tenía 14 años y en nuestra comunidad todos estábamos de fiesta. Tomé un vaso de plástico y lo llené de cerveza. Aquella espuma amarga y fina que bajaba por mi garganta por primera vez tenía un sabor especial. Un nuevo mundo de ‘diversión’ se abrió ante mí. Mi madre estaba en la fiesta y vio la escena. Se quedó callada, ¿no? Mi padre… Mierda. ‘Para ahí mismo‘, gritó. Corto y grueso, como siempre”.
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Precisamente, el fallecimiento de su padre fue lo que marcó el devenir de su carrera profesional. Era 2004, Il Emperador era una de las máximas figuras en el fútbol con el Inter y Brasil, marcaba 28 goles en 42 partidos a nivel de clubes y se consagraba campeón de la Copa América, pero recibió la noticia de la muerte de Almir Leite Ribeiro, alias Mirinho, su papá. “La muerte de mi padre cambió mi vida para siempre. Hasta el día de hoy, es un problema que aún no he podido resolver”.
Dicho acontecimiento, que se sumaba a la lejanía de su pueblo natal, Vila Belmiro, más el dolor de no poder pasar las fiestas con su entorno más cercano, rompieron el corazón vacío de Adriano. “Llamé a casa. ‘Hola, mamá. Feliz Navidad’, dije. ‘¡Hijo mío! Te extraño. Feliz Navidad. Todos están aquí, el único que falta eres tú’, respondió. Pude ver la escena que estaba frente a mí con solo escuchar el ruido por el teléfono. Me puse a llorar de inmediato”. Una vez cortó el teléfono, todo se vino abajo: “Estaba destrozado. Cogí una botella de vodka. No exagero, hermano. Bebí toda esa mierda solo. Me llené el culo de vodka. Lloré toda la noche. Me desmayé en el sofá porque bebí mucho y lloré.
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Al mismo tiempo, otro de los extractos más desgarradores de su carta se basa en el momento que está atravesando en su vida: “¿Sabes lo que se siente ser una promesa? Lo sé. Incluyendo una promesa incumplida. El mayor desperdicio del fútbol: yo. Me gusta esa palabra, desperdicio. No solo por cómo suena, sino porque estoy obsesionado con desperdiciar mi vida. Estoy bien así, en un desperdicio frenético. Disfruto de este estigma. No tomo drogas, como intentan demostrar. No me gusta el crimen, pero, por supuesto, podría haberlo hecho. No me gusta ir a discotecas. Siempre voy al mismo lugar de mi barrio, el kiosco de Naná. Si quieres conocerme, pásate por aquí”.
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